La idea de que la libertad es un bien absoluto debe cogerse con pinzas. Porque ni siquiera los bienes humanos absolutos son absolutos, es decir exentos de condiciones y condicionamientos en su ejercicio concreto. Para entenderlo en su radicalidad: podría discutirse incluso que Dios, si existiera y si fuera un ente personal, fuera un bien absoluto incondicionalmente. ¿No arrastra la creación acaso la sombra del mal? Claro que hay bienes humanos casi absolutos a diferencia de otros relativos. Entre los primeros, el amor, la libertad, la justicia o la belleza, la nobleza. Entre los segundos el interés, la posición, la propiedad, la igualdad social, la utilidad y la comodidad, la prosperidad, etc. Pero incluso los primeros han de sujetarse en su concreción al equilibrio que hace posible la humanidad del ser humano.
Sugiere esta reflexión la aplicación de la eutanasia a una joven de vida atribulada y de sufrimiento infinito, pero cuyo espíritu es tan humano y libre como el de cualquier otro ser humano. Tras años de pugna ha conseguido que se le aplique la eutanasia. Su verdad es su libertad y un sufrimiento psíquico que se le ha hecho insoportable. Su espíritu no se ha elevado sobre ello en lo que hubiera sido una hazaña de autosuperación definitiva. Víctima de la amargura de la vida, el Estado le ha ofrecido la ayuda de dejar la vida. En nombre de la libertad y el padecimiento se clausura una vida en barbecho que estaba por sembrar y cultivar.
¿Puede certificarse objetivamente cual es el umbral de un malestar psíquico insuperable? ¿Puede existir un malestar de tal naturaleza que sin embargo no afecte a la soberanía de la libre voluntad? ¿Podemos saber hasta donde las fuerzas oscuras de la psique pueden contaminar la libre voluntad? De hecho la moral vigente tiene sus reparos sobre la obligación del Estado de respetar la libertad que se puede ejercer en perjuicio de uno mismo. Por ejemplo la libertad de las madres de alquiler, la libertad de acceder al consumo de drogas o de dañar gratuitamente a los animales para propia satisfacción. Se sobreentiende que facilitar esas conductas convertiría al Estado y a la sociedad en cómplices de inhumanidad. Incluso conductas libremente consentidas entre varios que afectan a la dignidad humana, como el sadismo, el incesto, la poligamia, repugnan tal ejercicio de complicidad y consentimiento.
Hasta aquí la elemental reflexión moral sobre el determinismo psíquico y el aval libre que justificaría el derecho a que el Estado ofrezca la ayuda del suicidio. De bruces estamos ante la esencia abismática de la vida y de la libertad. Los filósofos greco latinos que defendieron el derecho al suicidio y que incluso presentaban ese derecho como la perla de la libertad humana, lo pensaban respecto a una vida cumplida o en la que no cabía nada por hacer. No para una vida abierta a posibilidades. Ni tampoco para una vida lacerada por el dolor, ya que es el reto humano la superación del dolor. Por esta posibilidad de trascender el dolor el suicidio contradice absolutamente el nirvana para Buda. ¿No existe sin embargo a pesar de la reducción budista de la vida al sufrimiento una prevención compasiva que alerta de una posible positividad y alegría? De no haber transmigración y rueda del Samsara, para el puro sufrir que es la vida ¿no sería el suicidio la medicina más expeditiva para una concepción negativa de la realidad?
Anunciando el siglo XX el seguidor de Schopenhauer, Philip Mainländer, preconizaba, coherentemente, lo que se seguía de la doctrina de su maestro: no sólo el derecho al suicidio, sino la conveniencia y necesidad del mismo, como un acto de redención de la integra maldición de la vida. Le viene a uno la tentación de poner en relación esta patología especulativa con la tragedia nihilista del siglo XX que desembocó en las guerras mundiales el Holocausto y los crímenes de Estado sistemáticos.
Pero es posible que del desprecio a la vida por las ideas al desprecio político a la vida, en lo que tiene de tesoro personal y de humanidad, sólo haya un apunte y un anticipo. Pasada esa época trágica, pero no curados de ella, llama la atención que el enaltecimiento de la autosuperación personal como un valor supremo que da sentido a cada vida personal se invierta hasta el punto de que se tenga por tal la renuncia a la vida en nombre de una libertad que parece indefensión e impotencia. Puede que esto sea un síntoma de la atmósfera nihilista de nuestro tiempo, atmósfera aparentemente compasiva pero profundamente envilecida, en la que el dolor es sólo signo de incomodidad. Pero de ser así esta comprensión no ofrece consuelo alguno.