El autonombrado progresismo ha quedado estupefacto por la acogida masiva a León XIV. La marea inutilizó el puente que anunciaría al mundo la bendición del Gran Marrullero y su corrupta maldición. Para preocupación del wokismo mundial, puede temer su presunto líder. Esta corriente quiere un patrón que parezca moralmente impoluto, pues la Aldea Global tiene sus escrúpulos y no está tan acostumbrada y sazonada con las mañas de la picaresca hispana, que en estos pagos hacen parecer todavía a muchos que lo que pasa son "las cosas de la política y los políticos".
Pero lo más mosqueante, para el progresismo patrio, de este episodio, es que su hegemonía "cultural", su dominio apabullante de la consigna pública, no haya cuajado en los estratos profundos de la mentalidad de la "otra España" y que esta siga resignada pero impasible con sus "reflejos atrabiliarios y fachosos". "¿¡Para qué necesitamos Iglesia si tenemos el socialismo!?", se postulan como alternativa pastoral. "¿¡Para qué queremos Iglesia si el socialismo somos la verdadera iglesia!?, diría la "Iglesia alternativa" si fuera consciente de su naturaleza y un mínimo sincera.
Dejando aparte la querencia de una parte de la jerarquía eclesial y de su sacerdocio de honrar el socialismo como estrategia de supervivencia, tal vez también por convicción, dejando aparte que eso no suavizará la inquina del autoprogresismo alternativo contra la Iglesia, lo que cuenta es que el socialismo no puede abjurar de su pretensión de ser la "verdadera doctrina y la verdadera Iglesia", por mucho que no se nombre de esa forma y se crea la antiiglesia.
Entre otras cosas porque no se concibe de otra manera y actuar como una agrupación política "normal", mínimamente aireada de realidad, en algo ligada al mundo en el que vive, significa desfigurarse como la secta tópicamente eclesial, hecha la aternativa progre de jerarquía aplastante y doctrinarismo revelado y vacuo, pero arduamente militante, sin más credo verdadero que la "de todos a una y a por todas, pase lo que pase". Fiera obsesión tan de raíz que el mínimo cambio, o sea sentido de la vergüenza, lleva a que el tinglado se evapore.
Por ese estar entre la vida y la muerte sin otra alternativa que resistir, sin otra fuerza para resistir que la evidencia de que "todavía estamos en pie y seguimos vivos, luego tenemos razón", tenemos el milagro de que Corruptópolis no se haya vaciado de fieles. Más bien sigue con arrestos y dominio del panorama, y hasta se apresta a emprender la batalla definitiva.
Esta "otra Iglesia", el socialismo, ufano en su dominio mental de los clichés políticos más elementales, por lo que cree dominar o poder hacerlo los últimos eductos del alma de España, este monolito erosionado y agrietado, aguanta porque no tiene más remedio que aguantar y no sabe otra cosa que su propósito y su fe: que España, o lo que quede de ella, ha de ser "socialista" como sea. Y está claro a estas alturas lo que esto significa.
Declarada la guerra, contra el enemigo todo está permitido. Por mucho que, tiempo ha, tal enemigo se haya determinado gratuitamente y no se dé por aludido ni enterado.