Sanchez, que de cultura popular, y menos de cultura general , debe presumir que no le hace falta entender, al menos, a a la vista está, para salir bien
librado de su negociado, debe "capiscar" el disfrute que le
produce a los españoles la contemplación de las peripecias
picarescas. En ello debe existir algo de envidia. Desde luego el
episodio quijotesco de los galeotes debiera figurar en el
frontispicio de la picaresca universal. ¿Quién, además de reírse
del triste desenlace con el que los galeotes se ensañan con el pobre
loco, no sonríe de contento con los argumentos "demoledores"
que exponen contra la justicia los galeotes puestos a pícaros?
Darles la razón no
es cosa de gente civilizada, "¡pero es que queda un regusto!",
"¿no será que en el fondo tienen esos forajidos razón?"
Nada más frívolo que adjudicar tal simpatía a un exceso de celo
evangélico. Esta bien eso de "no juzguéis y no seréis
juzgados" o la más contundente bienaventuranza en favor de "los
perseguidos por causa de la justicia", pero para el cielo, o sea
para la moral personal como norma de vida. ¿Pero para la moral
pública? Que una cosa es la preservación de la parte divina del
hombre, su ser persona, y otra distinta la preservación del
patrimonio común de la civilidad.
Pudiera ser que para
Sanchez, que lo olisquea todo y se las huele todas en lo que es de su
conveniencia, haya reflexionado sobre el provecho político de esta
enigmática complacencia popular, bien manipulada. ¿Hasta qué
punto, para su imagen pública intramuros, no puede ver una ventaja
exhibir picardía y desvergüenza en dosis apropiadas?
La sociología y la
politología no puede apenas percibir el alcance político de esta
influencia tan característica del "factor humano". Incluso
ni siquiera puede pasarsele por la cabeza que eso pueda existir.
Perdón con excepción del director del CIS, laboratorio de la
picaresca oficial. Aunque sólo sea por "ejemplo" debe ser
consciente de lo receptivo que puede ser el pueblo y en especial su
gente.
El hecho es que no
se puede desdeñar que la admiración popular por la picaresca tenga
su efecto político y hasta que pueda ser un factor estético, en la
estética publicitaria, de primer orden. Hagamos varias precisiones.
En primer lugar
aunque este reflejo pudiera ser parte de la idiosincrasia hispana,
en términos políticos sólo afecta por bandos, según les vaya.
Alan Poe encabeza uno de sus cuentos, "El rey peste", con
la siguiente cita:
"Los dioses
toleran a los reyes
Aquello que
aborrecen en la canalla"
(Buckhurst, La
tragedia de Ferrex y Porrex)
Pongamos en lugar de
"los dioses" "los nuestros", y en lugar de "la
canalla" "ellos".
En segundo lugar la
práctica picaresca resulta natural, por estos lares, en quienes
dominan la propaganda, como ingrediente indispensable, y hacen de la
propaganda su puntal para el dominio.
En tercer lugar dado
lo incivil del aprecio público de la picaresca y artes análogas,
este aprecio no puede ganarse de súbito, sino que se ha de incubar
poco a poco, gota a gota, en el cerebro reptiliano.
Este goteo, en las
presentes circunstancias, empieza por ver a los gangsters como
pícaros. Metamorfosear el gansterismo en picardía es el salto
decisivo de lo inmoral a lo familiar. ¿Acaso dentro de la familia,
sea personal o grupal, no es todo comprensible?
Salvo capas
desagregadas, en nuestros lares las prácticas mafiosas repelen hasta
la nausea. Dejando aparte la insidiosa envidia que desvirtúa
cualquier coherencia moral, para la hiperigualitarista cultura
hispana la mafia es una versión más sofisticada de lo que se
entiende por práctica normal de los ricos. ¿Qué rico no está,
llevado por su codicia desmesurada? ¿a qué mueve la codicia sino a
prácticas semimafiosas cuanto menos? Eso canta al menos la "piedad"
tradicional y todavía más la "piedad" posmoderna.
¿Qué vínculo
puede haber entonces entre la denostada mafia y la admirable
picaresca, que permita ver la mafia como si fuera picaresca? ¿no es
la picaresca el pellizco que los pobres se pueden permitir dar a los
ricos?
La cosa cambia si la
dialéctica entre ricos y pobres se ve como dialéctica entre los
representantes de los ricos y los representantes de los pobres. Esos
figurantes diversos tan imprescindibles. Las practicas mafiosas de
los representantes de los pobres serán vistas, pasado el sobresalto
y con buen aderezo, como prácticas de pícaro necesitado o
incontinente. Los afortunados "representantes" saben de
esta propensión subterránea y la cultivan hasta la extenuación. En
cuestiones de todo o nada renta más el descaro que andar a
escondidas. Al menos eso puede desconcertar al crítico y puede
enfervorizar al adepto. Incluso la picardía puede llevarse al
extremo. Pavonearse de logros tibetanos, a sabiendas de que todos
saben que es una pose, es la más elocuente señal de determinación,
audacia y poderío. ¿Qué mafioso puede llegar a tanto? ¿qué
mafioso no tiene que ocultarse?
Además no hay
picaresca sin chapucería. ¿Qué mafioso no trata de limpiar los
rastros y de cuidarse con finura? Contra lo que pudiera parecer, una
vez interiorizado que no es mafia sino picardía, la chapucería da a
la picaresca un toque humano y familiar. ¿No es esto impropio de la
mafia, siempre más matizada públicamente?
En suma, para las
mentes bienpensantes, parece Mafia, pero no lo es. Nunca pensar que
la picardía la mafia bien vista.