Lo que sostiene al sanchismo desde la raíz al tronco es la cadena de las supersticiones atávicas del socialismo made in spain con la que sus secuaces se prestan aliento. Sanchez pasea este presunto dispositivo benefactor de "los más débiles" en su desnudez esencial, por las pasarelas mediáticas en aire de moda juvenil. Pero desnudo no puede disimularse, aparece como la enfermedad ancestral de España, la rabia revuelta contra la libertad y la concordia, rabia que parecía curada hasta la masacre de Atocha. La enfermedad en suma del resentimiento histórico hecho superstición y oficio.
La contumacia con la que los socialistas sostienen a Sanchez va más allá del juego de reparto de cargos, prebendas y mordidas, porque este enjuague se tiene por justa retribución al sacrificio por la causa. El gran triunfo de Sanchez radica en la recuperación de este espíritu sacrificial ventajista, con el que el socialismo se cree salvador la humanidad por alguna gracia incomprensible que le otorga su sensibilidad especial. La capitalización particular de este espíritu es la consecuencia inevitable, una vez que los así iluminados se sienten obligados al agradecimiento. Como causa existencial y de facto religiosa, ajena a las evidencias más escandalosas, que debieran avergonzarlo por su complicidad con tamaña sujeto y obra, es obvio que no estamos ante una variante del socialismo entre otras, sino a lo más auténtico. Y así alardea alentado bajo la prepotencia de un mito emancipador ya desquiciado, el gran mito político de la España moderna, el del socialismo como la única democracia sistema de justicia posible y desde luego legítima.
Escalofría que el diagnóstico sobre la mentalidad media de los españoles con el que Sanchez elabora su guión práctico de sometimiento de la nación y del Estado pudiera ser acertado. Tiene a los suyos por las viudas hindúes que se incineraban ante el cadáver humeante de su esposo, pero en este caso para evitar que su líder arda por los cuatro costados y con él toda su causa, es decir su mito. Tiene a la España que lo abomina por una caterva de bobalicones tan enfadados como silentes resignados, en algunos casos displicentes, prestos a reír las gracias con las que, sin remilgos y a la cara, la ridiculiza y somete a escarnio, para diversión y cohesión de todos los suyos, o en su defecto a llorarlas impotentes. Sanchez se ríe de todos pero también divide la risa en clases. La de los que se ríen de los que están para ser ridiculizados y la de los risibles.
Este inmenso pudridor de la conciencia civil desconoce, por supuesto, por qué las cosas son así, por qué su diagnóstico funciona, ni le importa saberlo, pero actúa convencido de que lo son. Qué mayor prueba que ha salido indemne de las más escandalosas fechorías y calamidades por él amplificadas, cuando no provocadas. Indemne por mucho que haya sido su desgaste, pecata minuta este ante el hundimiento al que conduce a España, seguramente convencido de que España se lo merece. Con su determinación demoníaca a toda prueba ha puesto en un brete la solidez moral democrática y cívica de la sociedad española en su conjunto, dando lugar a un panorama decepcionante, si no lo remedia un verdadero "despertar".
Un panorama tan triste, todavía más por lo que tiene de sorpresivo, no puede quedar en una mera novedad. Este inmenso socavón provocado por este poder inmoral desmoralizador estaba ahí desde siempre, y nadie se enteraba mientras se hundía y extendía sin cesar. Ahora aparece de repente. Sería un sarcasmo que de producirse este despertar y hacerse efectivo, Sanchez pudiera presumir de que él mismo lo ha provocado, no sólo el socavón sino también el despertar de los hasta ahora resignados, en este caso al pasarse de rosca llevado al extremo por su pasión fratricida.
De no ser por esta "hybris", siempre traicionera de los tiranos, la rana se hubiera hervido sin dejar rastro. Pero aun así podría incluso presumir de que, aún en la cárcel, su diagnóstico es acertado y sus gracias divertidas, y de que no es un mero Narciso cualquiera o un Profeta atrabiliario que anda a ciegas. Sería, y así aspira a ser reconocido, el Gran Sacerdote al que el hazmerreír penitente que es España, según así la ve, debería confesarse para ser perdonada, antes de ser pasto de la historia y de que se librara esta de tamaño funesto huésped.
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