El intento de magnicidio de Trump genera reflejos y amagos justificativos. "Es que hay un conflicto", "la violencia es hija del conflicto". Lo mismo que en el País Vasco, cuando campaba el terrorismo y cuando ahora subyace con sus consecuencias ventajosas para sus promotores. Dado que en nuestro caso el terror podía abarcar a cualquier español, así significado, por desconocido que fuera, la opinión cómplice ponía la guinda: "algo habrá hecho".
En el caso de Trump la guinda viene a ser "quien siembra polarización recoge...". Lo único claro en la sociedad americana es la carrera pública por aparecer como la víctima de la polarización y el juego soterrado por aprovechar la sensación y la realidad de la polarización. Allí la espiral de acción reacción es tan confusa y tan pertinaz,con raíces tan profundas desde hace decenas de año, que casi la polarización es el verdadero status quo.
Hablando en general sería injusto, por aventurado, adjudicar a la izquierda, ahora woke, una proclividad a la violencia y menos al magnicidio, y menos el monopolio de esa actitud. Pero algo les lleva a tener menos resistencia y filtros para "comprenderla" y darle el carácter de un "fenómeno objetivo" al que estarían arrastrados sin verdadera responsabilidad los responsables que presentan perfiles "progresistas". La razón última de esto es su autosacralización, en el marco de la sacralización de la política entendida como lucha por el poder. El poder lo es todo, incluso más allá de la política, y el logro del poder más aun. Todo es un juego de poder y ellos solo juegan, pero además con el derecho que les da tener la clarividencia sobre la esencia del mundo. Es una mentalidad totalitaria más sutil y cultural que justifica la deshumanización del otro y con ello su radical ilegitimidad.
En el franquismo y hasta el ascenso de Felipe Gonzalez, la izquierda "realmente existente" censuraba el terror etarra por ser "inconveniente e ineficaz", porque debilitaba la "lucha de masas", lo único eficaz y plausible. No había un reproche ético entre otras cosas porque la ética era una categoría ajena a la lucha política revolucionaria. Se suponía que cualquiera que fuera la estrategia la lucha era en sí mismo ética. Ni siquiera se consideraba la posibilidad de que el régimen que se alcanzase por el terror reproduciría el terror como sistema de poder y de gobierno.
La memoria de las consecuencias de la grandes revoluciones que servían de modelo era bien flaca. Tanto que bajo las capas de teoría destinadas a adaptar los ideales revolucionarios a los nuevos tiempos, según el paradigma de la "guerra de trincheras" de Gramsci, quedaba un calor hogareño, un "aire de familia", que comprendía a todos los creyentes en la emancipación, cada uno con sus aciertos y errores, pero siempre bien intencionados.
Sin duda que hay en España condiciones para la polarización y hay un ambiente de polarización. Pero con varias particularidades. En lugar de resultar desde la transición de una dinámica de acción reacción entre dos bandos, estamos ante una polarización programática y programada "progresista", principio y fin de la estrategia política iniciada por Zapatero y ejecutada hasta el final por Sanchez, con motivo de la extirpación del espíritu de la transición. Dado el éxito conseguido esta polarización programada es asimétrica en cuanto a fuerza, iniciativa y poder efectivo, en favor del bloque de poder sanchista.
Pero sobretodo la asimetría afecta a la forma de verla. El bando promotor fía todo su futuro al éxito de la polarización, es decir a la perpetuidad de la misma, dado que, además de ser su ventaja, carece de otra estrategia verosímil. Los ajenos a esta estrategia y forma de entender la política, siendo mayoría, esperan a que el muro se desmorone por su inconsistencia y falsedad. Como creen en sí mismos resisten mientras tanto. Es su virtud y su fuerza.
Cabe cualquier vaticinio pero todo es incierto, desde el momento en que nuestra sociedad no tiene unos mínimos éticos comunes, capaces de hacerse efectivos automáticamente, en lo que a la política se refiere. Ante la experiencia del terrorismo, a la gran mayoría le repugna instintivamente la violencia. Pero el reparo ideológico e intelectual a la violencia política pende de un hilo, si la idea formal de que "la violencia no es el camino" deja entrever que no lo es "ni siquiera aunque se lo merezcan".
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