miércoles, 12 de julio de 2017

NOSTALGIA DE ERMUA


La conmemoración del espíritu de Ermua es sin duda un acto de nostalgia. El dolor por lo que pudo y debiera haber sido, pero que se fue segando nada más nacer. Al irrumpir la ciudadanía de forma imprevisible, súbita, espontánea y visceral, quedaron paralizados los ancestrales reflejos cainitas todavía latentes. Sobre todo el tabú de que izquierda y derecha no podían ir juntos a ninguna parte, porque no compartían valor alguno. Se produjo una situación en la que era posible que la unidad contra el terror se proyectase a la unidad frente a las tendencias separatistas y centrífugas en defensa de la Constitución. Esto alteraba el guión imperante, pero no escrito, según el cual una parte de la sociedad tenía derecho a sospechar de la sinceridad democrática de la otra parte y esta a tener que justificarse para desautorizar esa sospecha.

Pero a la gran movilización siguió la desmovilización controlada. En realidad la incipiente posibilidad de la unidad democrática espoleó la imaginación para renovar la dialéctica de las dos Españas. El pacto de Estella y a su estela el “discurso del método”, “la hoja de ruta”, la manipulación del 11M, el “cordón sanitario”...etc, son episodios de esta refundación del cainismo.

Pudo haber sido de otra manera de haber existido más claridad y menos torpeza en quienes, en la izquierda y la derecha, eran favorables a fortalecer la unidad, pero hubiera hecho falta subsanar el talón de Aquiles del movimiento social antiterrorista. Me refiero a que éste no llegó a comprender ni poner en primer plano la conexión esencial entre el terrorismo y el independentismo. No la conexión abstracta sino la concreta y efectiva. Por supuesto “todo el mundo” era consciente de que la ETA pretendía la independencia mediante el terror. Incluso se era consciente, o se sospechaba con bastante convencimiento, que los nacionalistas de todos los pelajes empezando por el PNV se dedicaban a obtener los mayores beneficios posibles a la sombra del terror. Pero imperó la doctrina de que una cosa es el terrorismo y otra distinta el derecho de propugnar la independencia si se hace por medios pacíficos y legales.

De esta obviedad se hizo bandera para desvirtuar el significado del terrorismo. Se olvidó lo que el terrorismo supuso para la expansión y consolidación del nacionalismo y luego del separatismo. Pero sobre todo se olvidó que el terrorismo no sólo era terrible por cruel e inhumano, sino también por formar parte de una dinámica poderosa que conducía a poner en riesgo la democracia y la unidad de España.

En el fondo no se quería reconocer la existencia de ese riesgo. Tal vez sea una de las pocas coincidencias en la percepción de las izquierdas y las derechas. La carga está en la izquierda política, social y sobre todo intelectual. Han interpretado siempre la denuncia del peligro separatista como una añagaza de la derecha. No puede la izquierda desprenderse de la idea de que el peligro no son los separatistas, sino “los separadores”. E incluso muchos en el fondo sienten que el separatismo es una reacción legítima y justificada, aunque “tal vez equivocada”, contra la que imaginan omnipotencia de los separadores. La evidencia de que las autonomías dominadas por los separatistas son de facto pequeños Estados a los que falta el reconocimiento exterior y un ordenamiento jurídico ad hoc no basta para deshacer este prejuicio inveterado y en el fondo a corto plazo interesado.

Es más compleja la desmovilización de la derecha. Reaccionó contra la hoja de ruta y la legalización del brazo político del terror por motivos humanitarios y de justicia. Advierte también el peligro que sufre la democracia y la unidad de España. Pero ante todo cree que el Estado y las instituciones son tan poderosos que el peligro separatista no puede pasar de ser una molestia. Con ese flanco cubierto, sólo le preocupa en la práctica el temor a la soledad, quedar descolgada de la opinión pública, sino se adapta a la técnicas seductoras de la izquierda. Lo que significa evitar a toda costa la imputación de provocar. Fantasea así que, ante el golpe separatista, mientras nadie desde la derecha dé un paso adelante, la izquierda no encontrará motivos suficientes para unirse con los separatistas y se verá obligada a defender, aunque sea nominalmente, la Constitución. Suficiente para que el Estado con sus resortes automáticos frene el golpismo de forma limpia y sin necesidad de causar daños colaterales.

De esta forma se ha instaurado la opinión de que el episodio terrible de ETA es algo separable de la dinámica política de la que forma parte. Se esgrime que el Estado no haya cedido en las reivindicaciones políticas de ETA, salvo la legalidad de su brazo político, como prueba de que ETA ha sido derrotada política y militarmente. Aunque, eso sí, falta “el relato”. Pero el hecho decisivo es el fortalecimiento político del secesionismo frente a la retracción ante el peligro independentista, cosa incomprensible sin que el Síndrome de Estocolmo ya instalado en la sociedad vasca no haya contagiado a gran parte del resto de la sociedad española. Como si la explosión colectiva contra el terror hubiera agotado las energías colectivas y creara una inmensa resaca. Como si se pudiese vivir en paz, siempre y cuando no se provoque a quienes sólo quieren destituir el orden constitucional. En este sentido la conmemoración del asesinato del M. A. Blanco parece una molestia. Como si expusiera públicamente la imposibilidad de ocultar la falta de unidad en torno a lo que debiera unir.

viernes, 7 de julio de 2017

LA RATONERA


Esto apesta a ratonera.

Rajoy y cía se han creído y se han dedicado a hacernos creer el cuento de hadas de que lo de Cataluña está controlado y que en el peor de los casos se reconducirá sin molestar y sin que no sea necesario más que algún titular de prensa y alguna declaración oficial o rueda del buenazo de portavoz, el Sr. Mendez de Vigo. Como “todo esto es una locura” y “no puede ir a ninguna parte” se disolverá como un azucarillo en el agua. Quedará a lo sumo un regusto de “fractura social” en Cataluña pero el gobierno hará alarde de buena disposición.

Así se encuentra de tope con que actuar “proporcionalmente”, es decir hacer cumplir la ley, sería motivo de reproche general. Al menos para que así se vea se ha hecho todo lo posible. El cumplimiento de la ley aparece como una señal de fracaso de la democracia, de la política y por supuesto del gobierno. En este mundo al revés parece como si todo lo del Golpe de Estado fuera una artimaña para forzar el cumplimiento de la ley. Hasta Rivera se ha convencido de la terapia del buen rollito.

En el otro lado los sanchistas se declaran podemitas vergonzantes y lo podemitas actúan como separatistas no menos vergonzantes.

La única estrategia sanchista es denunciar al gobierno tanto si actúa como si no actúa. Culparlo en definitiva del desastre, sea este la independencia o la desafección de Cataluña, fractura social incluida. Da por supuesto, no sin motivos, que los españoles no admitirán la coherencia en la defensa de la ley y que achacarán la traca final, sea cual sea, a la cerrazón del gobierno y de la derecha. Todo apunta a que los sanchistas admitirían la independencia “si no hay más remedio” y se preparan para quedar bien ante esta eventualidad.

Estamos en el preámbulo del cambio de régimen y quien sabe si de nación, ante la desidia y desconcierto de los buenos, y la sobreactuación de los malos.

Para los sanchistas el desastre catalán promete ser una buena oportunidad para echar a la derecha y quien sabe si algo más.

Por supuesto para los podemitas, el camino de la independencia catalana y de otras “naciones”, es el detonante del “proceso destituyente”. En la sociedad del bienestar más de un tercio de la población se ve comprometida en delirios infernales que hace cinco años parecían impensables. Parece mentira, ¿pero ahora en el aniversario de M. A. Blanco no hemos visto como la sociedad vasca se ha dejado seducir por el ideario terrorista, aunque se haya puesto a régimen de las pistolas?

Hay que dejarlo claro: los separatistas podrían ciertamente aparecer como víctimas ante el mundo de imponerse el cumplimiento de la ley porque la clase política constitucional no se ha atrevido a despertar a los españoles y enfrentarlos a la verdad. El único problema de esta socialización del nirvana es que la nada y el vacío no vende en los medios y desanima a quienes esperan algún amparo del Estado y del resto de los españoles.

Esperar en las actuales circunstancias la reacción de la mayoría de la población catalana llamada a ser esclava moral de los separatistas es un quimera si previamente no reacciona y de forma contundente el conjunto de la sociedad española. Pero en la atmósfera está que esto sería desestabilizador y que además la gente no es muy reacia a creer que la unidad de España sea un problema real.

Antes que la inacción el problema ha sido no querer ver la verdad y ocultar la verdad. La única estrategia que se ha seguido: ante todo no pasar por provocadores, no hacer el juego. Que igual se cansan y ya escampa.
Así solo pesa un temor en quien tiene responsabilidad: “¿cómo se puede hacer algo sin apoyo de los españoles y además bien expreso?¿pero cómo en estas condiciones se puede pedir ese apoyo? ¿no nos reprocharían que los hemos estado engañando y que somos unos ineptos?”

lunes, 3 de julio de 2017

DE MIEDOS



El miedo a ETA era moralmente soportable. Se sobrellevaba con entereza porque sabíamos que no podían tener razón. No porque no hubiera quien estuviese dispuesto a admitir que pudieran tener sus razones políticas. En eso no se entraba. Contaba que violaban el límite de la humanidad y de lo humanitario y eso era suficiente. Frente a ETA no se puso por delante la conciencia democrática, sino que se resistió por sentido de la dignidad humana y compasión con las víctimas. Se reaccionó por instinto humanitario y contó poco la razón para deshacer sus “sinrazones”. Estas no podían ser verdaderas con tanta inhumanidad. Ahora vemos que la razón no ha sido capaz de culminar la faena que tiró adelante el instinto. Por eso los filoetarras mandan en las ideas, y no sólo en ellas, como si en el fondo hubiesen tenido la razón.
Ahora todo gira en torno al miedo a Podemos y sobre todo al podemismo. Es un miedo que nace del complejo y de la mala conciencia. De la mala digestión de las debilidades y carencias de la política y de la vida social. Es el temor de que “en el fondo” tengan razón. Pero sobre todo de que a muchos les parezca que la tienen. Dominan el territorio de “la verdad” porque los demócratas han creado un vacío de verdad. No se han atrevido a enarbolar la verdad, ni sobre todo a jugar en el terreno de la verdad. Ya pasó en la lucha contra ETA y sobre todo tras la “derrota de ETA”. En el fondo se sabe que no tienen razón, que todo lo que cuentan es una superchería, pero se teme quedar descalificado de ponerse enfrente de su “verdad”.
Puigdemont ha tomado nota y también quiere dar miedo. Toda conquista empieza dando miedo. Pero no da miedo, más bien risa, porque para bien o para mal en toda España, excepto quizás Cataluña, se tiene lo del procés por una pantomima y a lo sumo una juerga de políticos. Que la independencia de Cataluña vaya en serio produce tanta perplejidad como la que causaría la noticia de que nos va a visitar una nave alienígena o que Belén Esteban va a vestir los hábitos próximamente. ¿Dará miedo si la gente percibe que esto va en serio?


viernes, 16 de junio de 2017

APUNTES SOBRE LA TRANSICIÓN Y LA DEMOCRACIA


Con motivo de la diabólica crisis que amenazaba al Reino Unido al abdicar Eduardo VIII en 1936, escribió por entonces Ortega y Gasset con su memorable colorismo:

“Pero este pueblo de setenta millones de hombres, con tantos bebedores de cerveza, con tantos fumadores de pipa, ha resuelto su terrible conflicto con una perfección maravillosa. Y esto es lo que ha causado el nuevo y más imprevisto estupor.”

Comparada con la tarea de pasar en paz de Franco a la democracia aquella hazaña parece una obra de aprendices. Hay que preguntarse si la maestría que demostró el pueblo español no se ha ido tornando en un paulatino dejarse llevar.

Con la ilusión de poder responder en algún momento valgan estas consideraciones y conjeturas sobre la trastienda social y política de la transición y sus consecuencias.


-La oposición de izquierda consideraba repugnante la posibilidad de reformar el franquismo como vía a la democracia y sobre todo inverosímil. Se disputaba cómo hacer la revolución. Unos creían que pasaba por un período de democracia “burguesa” a lo Kerensky, otros pretendía que se hiciera directamente. Sólo la “derecha” del PCE, los Tamames, Solé Tura etc, apostaban por una democracia “formal” duradera y estable. Se les añadió con mayor coherencia Bandera Roja quienes desde el maoísmo se convirtieron en los fugaces teóricos del “eurocomunismo”. Se puso a la cabeza pronto el PSUC con su eurocomunismo “a la catalana”. Por supuesto el PSOE no existía. Por supuesto la bandera republicana amparaba cualquier alternativa.

-El pueblo estaba a la expectativa. Quería la democracia porque tocaba y porque confiaba en que le iba a gustar. Disfrutaba la prosperidad naciente y se temía volver a la guerra. El desastre de la guerra y la prosperidad son argumentos de lo más poderosos. No se movía por posicionamientos políticos, sino por el sexto sentido político sobre la marcha de los tiempos, arte en el que se demostró de lo más fino. Predominó el pragmatismo, porque los españoles son tremendamente pragmáticos y tolerantes cuando se ponen a ello, y no menos fanáticos y utopistas quijoteros cuando también se ponen en esas. Pero aparte del deseo de prosperidad, paz y tranquilidad, nada ilusionaba más que verse libres del corsé mogijato de las costumbres y de la vida privada. Pesó lo suyo el turismo, el destape y también al fútbol. Por eso la expresión “política” más espontánea de la democracia fue “la movida”.

-No había datos fiables sobre la reacción del pueblo ante el período que se abría a la muerte del dictador. La oposición de izquierdas, pleonasmo, creía en un pueblo imaginario, heredero del pueblo que libró la guerra civil en el bando republicano. Los del régimen temían al pueblo y sobre todo recelaban de la oposición y de la capacidad de control y de movilización de la oposición. Pero ya se atisbaba que el nacimiento de las clases medias no iba a ser en balde. Cuanto más radical era la izquierda menos lo podía percibir. Se daba por supuesto que la cerrazón del régimen era inevitable, lo que significaba la oportunidad única para la ruptura y hasta para la revolución. Se daba por supuesto que al abrirse cualquier grieta “las masas” asaltarían el Pardo.

-El miedo del régimen a la ruptura y la incertidumbre sobre el verdadero poder de la izquierda y sobre todo sus verdaderas intenciones tuvo la virtud de fortalecer a los reformistas y sobre todo decantar la reforma hacia una democracia coherente y verdadera. Debemos el éxito de la transición al hecho afortunado de que el miedo animase la prudencia y la clarividencia, cuando normalmente estimula la bunkerización. Visto desde ahora la fachería no tenía chance. Pero entonces se la veía como el espíritu de un régimen que estaría dispuesto a morir matando.

-Más en contacto con la realidad del pueblo (ahora se dice “la gente”) Carrillo era consciente de lo incierta que era la actitud popular, pero que en todo caso no estaba para aventuras épicas. Fue el primero que apreció hacia donde se dirigía el régimen al fracasar Arias, y sobre todo hacia donde se podía dirigir. Vio en el aperturismo, con razón, la oportunidad de ser indispensable y pronto tuvo la llave del éxito de la operación. Creía que podía rentabilizar, dando paso a la democracia a través de la reforma, el sacrificio de la lucha contra el franquismo. Obtuvo reconocimiento moral por su patriotismo, pero en contra de lo que esperaba no alcanzó el predominio de la izquierda para iniciar la vía eurocomunista a la italiana. Fue una debacle moral que sumió a los comunistas en la amargura y que hizo creer a los vencedores en la batalla por la hegemonía de la izquierda que el socialismo había encabezado la batalla contra el franquismo. As se ha marcado el escenario político de la democracia. Carrillo esperaba que con la política de Reconciliación nacional y el acatamiento de los símbolos el PCE quedaba limpio y presentable como una alternativa de orden. Era necesario pero lo suficiente no estaba en su mano. Por mucho esfuerzo que hiciera el PC y las izquierdas antifranquistas “realmente existentes” no podían evitar ser visto como un peligro de guerra civil por todo un pueblo que no tenía otra referencia política que el recuerdo de la guerra y los años de tranquilidad y naciente prosperidad.

-Curiosamente la entrada en escena del PSOE aceleró el acuerdo entre Carrillo y Suarez, una pinza de circunstancias pero decisiva, de la que resulto el gran beneficio de la confianza colectiva en la transición. El PSOE jugó a prepararse como alternativa guardándose la baza de ser la alternativa a la vez a Suarez y al franquismo. Apoyándose en la parte del pueblo que se creía antifranquista de toda la vida pero sólo intencionalmente , el PSOE dejó descubierto una parte del cadáver franquista para aparecer en su momento como su auténtico enterrador. Sembraba así una duda de legitimidad sobre la derecha y le disputaba al PCE la primogenitura antifranquista, con la ventaja de que su liderazgo significaba la verdadera garantía de no volver a la guerra civil.

-Sólo se podía tirar adelante con el máximo consenso. Sólo se podía ofrecer a la nación práctica unanimidad y consenso. Salvada la unidad de España, la monarquía y la bandera, símbolos y evidencias del orden y la paz, se constituyó una democracia incomparablemente generosa que pecaba más por exceso que por defecto. Valió porque estaba amparado en el consenso, lo único en el que el pueblo podía confiar.

-Las vanguardias antifranquistas olvidaron pronto los sueños revolucionarios e incluso rupturistas. A la gran mayoría le fue pareciendo una ensoñación de circunstancias, algo llamado a ser un bello recuerdo. Encontraron un renovado orgullo interior en la democracia que hubiera sido imposible sin su lucha. Pero rumiaron lo que a su modo de ver era una injusticia clamorosa: que no hubiese vencedores ni vencidos y que en términos morales los herederos del franquismo tuvieran el mismo mérito que los luchadores antifranquistas. Este rescoldo no se apagó y ha seguido oculto presto a reavivarse con las debilidades de la sociedad y del sistema.

-El éxito tan clamoroso de la transición quedó corroborado con la consolidación de la democracia. Consolidación sumamente meritoria porque tiene lugar a pesar de todos los vicios y debilidades de su diseño y de la sociedad española y está por encima de todo ello: partitocracia obsesiva, despido de Montesquieu, cainismo latente, capitalamigismo, corrupción, caciquismo, separatismo, un pueblo que lo fía todo en política al instinto sin aprecio a la cultura política...etc
Sobrevivir al terrorismo sin descomponer el armazón del sistema, aunque haya quedado dañada la responsabilidad del pueblo y de la clase política con la democracia y las víctimas, sería la prueba definitiva de que la democracia es indestructible y funciona sin necesidad de que tenga un apoyo expreso. En los peores peligros que atravesamos todo se sostiene por esta confianza apabullante y ciega ante el peligro. Confianza tanto mayor cuanto que convive esquizofrénicamente con la desconfianza y el repudio de la clase política, pero también de “la otra España” e incluso de todos nosotros mismos.
-La clase política que protagoniza el bipartidismo creyó por su parte que el triunfo del consenso significaba la desaparición de los peligros que obligaban al consenso. Así se creía que desaparecía el peligro del separatismo y del retorno al guerracivilismo, cuando en realidad se creaba un escenario en el que estos males iban a proliferar si una renovación enérgica del consenso no lo remediaba. Si este consenso no se sustentaba en el convencimiento de que nadie es más demócrata que los demás mientras no se demuestre lo contrario; sino comportaba la conducta unánime ante la evidencia de que no puede considerarse leales las conductas que tienen por fin quebrar la libertad e igualdad de los españoles.

domingo, 11 de junio de 2017

PARA UN BOSQUEJO SOBRE LA BRITANIA POSIMPERIAL


Podría ser un acertijo de Alicia en el País de las maravillas. La patria que, entre sus muchas virtudes, ha alumbrado y asumido con gran consecuencia y conocimiento el pensamiento liberal, azote inmisericorde de cualquier ideología nacionalista, puede disputar a cualquiera ser la más nacionalista conocida, e incluso ser la auténtica patria del nacionalismo. Ha ido así formándose Britania en perfecto matrimonio del individualismo racionalista y del colectivismo más atávico. Pero no sólo se considera con todo el orgullo del mundo un imperio, se tiene sobre todo por una civilización, en lo que apenas tiene parangón presente con los casos de China y en menor medida Rusia. Por eso seguramente concibe su nacionalismo como una realidad trascendente a los nacionalismos vulgares de la potencias que le disputaron el gobierno universal. Hay que hablar de nacionalismo y no sólo de patriotismo porque no hay más causa verdadera para Britania que el interés de Britania, y no hay derecho supremo por encima de este interés.

Al hacer su presentación en la sociedad mundial con el inicio de la modernidad, Inglaterra llevó de la mano una religión de Estado rigurosamente nacional, que no alcanzó el rango de religión exclusivamente nacionalista por el escrúpulo de pertenecer a la tradición cristiana. Siguió así en la orbita moral del cristianismo, abandonando la cristiandad. Ha tenido luego la gran virtud de labrar su imperio con el músculo liberal y de haber enriquecido la tradición occidental con el aporte del liberalismo no sólo económico sino sobre todo político. Con lo que tanto le debemos por la creencia en los derechos civiles, el equilibrio y la división del poder y el estímulo de una democracia responsable.

Pero también ha adaptado este liberalismo a la forma de entender su relación con los pueblos de la tierra. Más allá de la útil defensa del valor del comercio para la humanidad, su imperio ha pretendido ser un puzzle de las mas variadas culturas, naciones y religiones, sin más relación mutua que el comercio y el rigor de la ley que el gobierno británico ha de asegurar, para que todas convivan sin importunarse. Al fin y al cabo este modelo, así como el liberalismo político tiene hondo arraigo en la Inglaterra medieval de la carta magna, el parlamento, pero también de las comunidades religiosas separadas, según la tradición común europea.

En sus designios el comercio no ha sido una vía para el mestizaje, como lo fue en gran medida en el caso del Imperio romano y de otra forma en el caso del imperio hispanocatólico, sino una forma de prosperidad que además permitía evitarlo en su caso. Britania ha cuidado especialmente guardar su pureza racial bien por el convencimiento de que de la preservación de la misma depende su liderazgo y prosperidad, o bien porque de esa manera la humanidad puede estar bien avenida. Así el multiculturalismo se ha tornado, una fórmula liberal y bastante sajona de entender la relación entre los pueblos, a partir del primado y preservación de la diferencia frente al mestizaje.

Ahora que el Imperio ya es un residuo histórico y Britania se sostiene como una red financiera, esta nación se está transformando en un emporio multicultural. La dinámica creada con el imperio ha conducido a que los pueblos descolonizados vean en la antigua metrópolis una fuente de oportunidades incomparablemente superior a la que ofrece sus países de origen. Y es indudable por otra parte que el multiculturalismo colonial no fue en detrimento sino más bien todo lo contrario de que se extendiese el afán de prosperidad por todo el imperio, como ocurre con todo el mundo.

Los británicos no han visto este cambio en un tiempo casi invisible como una amenaza, sino más bien como una oportunidad. Dejando aparte los posibles beneficios económicos que pudiera ir deparando, significaba corroborar el ideal multicultural como parte de la propia tradición. Lo que es sumamente importante pues nada es más sagrado en Britania que la propia tradición. A diferencia de Francia no se trataba tanto de integrar en los valores republicanos y civiles comunes, sino dejar libremente que cada cultura y pueblo se constituyese respetando a las demás. Tanto las facultades que ofrece el estado del bienestar como la supremacía política de la etnia sajona ofrecían además suficientes garantías del éxito del modelo. En gran medida la experiencia delos EEUU sería un aval suficiente.

Pero el modelo sólo puede funcionar si no hay una comunidad poderosa que potencialmente tienda a ponerlo en cuestión. Ninguna tiene tal deriva excepto la comunidad musulmana. Con independencia de si el Islam puede avenirse a convivir en un ámbito democrático y bajo un estado de derecho secularizado, es indudable que en su interior late el sentimiento histórico de humillación contra occidente. Eso no significa que todo el Islam sea antioccidental. Sucede más bien que la relativa pero persistente occidentalización del mismo Islam desde la II GM, unido a la tremenda crisis del nacimiento de Pakistan y de la formación de Israel, ha acentuado la reacción antioccidental en el plano político hasta el más fiero fanatismo. El ansia de proteger la identidad islámica frente ante occidente y de hacerle pagar por las, desde su perspectiva, supuestas humillaciones históricas y en general todas las debilidades de los pueblos islámicos es un caldo de cultivo llamado a extenderse por muchas que sean la atenciones que ofrezca el cada vez más mermado estado del bienestar.

Seguramente tanto en Britania como en toda Europa no sea visible en el horizonte una solución definitiva. Vamos a tener que “conllevarnos” según pedía Ortega que se hiciera con Cataluña, controlando los daños y estimulando el mestizaje cultural en la medida de lo posible. Pero es todo más difícil si la pervivencia de prejuicios casi ancestrales anclados en el orgullo de lo que ya no se puede ser impiden analizar correctamente la realidad.

miércoles, 7 de junio de 2017

DEFENSA PASIVA


Si en algo coinciden los políticos constitucionalistas y anticonstitucionalistas, los favorables a la unidad de España y los separatistas es en la debilidad y casi impotencia del Estado para hacer frente al desafío separatista. En parte la interiorización de esta idea por la clase política constitucionalista es la principal causa de la debilidad del Estado y en parte es reflejo de esta debilidad.

Los separatistas han colaborado y fomentado durante treinta años, por lo menos, a que fuera así, pero no se habría dado la inflación del separatismo de no percibir en un momento lo que en un principio resultaba inimaginable, tal debilidad.

Pero la carcoma está ya instalada en el constitucionalismo y el auge separatista es la expresión inevitable. La parte socialista del constitucionalismo dejó caer primero la sospecha sobre la idea de España, se aprovechó después de esa sospecha para cifrar su superioridad moral sobre la derecha y por último, desde ZP, juega a cuestionar el fundamento de esa unidad. La derecha ha tratado de desembarazarse de esa sospecha y ante el desafío separatista, abiertamente golpista, ha renunciado a emplazar a la izquierda y se recoge por miedo a que la sociedad, la mayoría de españoles no le secunde.

Pero esto no es más que la superficie de un error que anida en el fondo de la visión de la izquierda y la derecha constitucionalista: la confianza absurda de que los nacionalistas son, por encima de sus “legítimas metas e ideales”, fuerzas democráticas e integrables en el sistema, aunque tengan sus alardes. Sin duda el éxito inesperado de la transición generó en la población y en la clase política la fe en que la democracia es invencible. Pero también que la unidad de España ya es una cuestión amortizada, hasta el punto que advertir de los peligros potenciales o reales contra la misma se fue haciendo sospechoso de patrocinar el regreso a la dictadura.

La falacia se ha filtrado y consolidado en la opinión pública. Apenas al 0,9 por ciento de la población encuestada por el CIS le preocupa el problema catalán. Ya esgrimen los estrategas de las cadenas de opinión que el desafío separatista provoca “hartazgo” y “desconexión” del medio. “Hartazgo” que por cierto contrasta con la avidez insaciable para recibir noticias sobre la corrupción, los desahucios o la precariedad laboral ...por ejemplo. Hartazgo que puede significar rechazo del nacionalismo, indiferencia hacia la idea de España, creencia que todo es una pantomima o seguridad de que el Estado será contundente si hiciera falta.

Me temo que todos estos ingredientes andan mezclados de tal manera que el resultado es la interiorización por la sociedad del tancredismo dominante. Pero creo que lo esencial es la indiferencia ante la idea de España por la misma sociedad española. Patología de raíces muy profundas pero que se ha consolidado cuando disfrutamos de la mayor prosperidad social de la historia, para mas INRI y originalidad.

También el tancredismo social tiene raíces aunque no tan hondas como las que tiene la indiferencia hacia la idea de España. Antes ya predominaba la idea alentada por la clase política de “que no pasa nada” y que estamos ante la enésima comedia retórica financiera. Pero ya se extiende la idea de que “si pasa algo, tampoco pasa nada”. Es decir que no vale la pena molestarse ni rebajarse ante la posible independencia. Unos porque si se produce, no irá a ninguna parte, porque por ejemplo Europa y el mundo no lo certificarían; otros porque al fin y al cabo “tendrán sus razones” y si no las tiene mejor para ellos “¿qué es sino la democracia sino el derecho a hacer lo que se quiera?”

Se ha reaccionado con la defensa pasiva. Dejar que se cuezan en su salsa, hasta que estalle la burbuja. Mientras el gobierno se imagina que así ocurre, no extraña que cerca de los momentos críticos tema que buena parte de la opinión pública y de la oposición ande predispuesta a reprocharle que trata de “escudarse en la bandera” para salir bien librado “¿Qué es eso de “la unidad de España” comparado con la corrupción, la manipulación de la justicia, el paro, los reajustes, los desahucios, los bajos salarios, la mengua de las becas y el “machismo catolicismo” imperante?”.

 ¿Hasta qué punto ese miedo lo paraliza? ¿hasta qué punto estará en condiciones de obrar con la “proporcionalidad debida” cuando no tenga más remedio? En estas, la gran ventaja de los separatistas es la abstención de la clase política constitucional en su conjunto para apelar abiertamente a la población española, la autoanulación de los constitucionalistas en el enredo que impide dejar las cosas claras.


martes, 30 de mayo de 2017

COMPROMISO SANCHISTA


Descolocado por el apoyo sanchista al gobierno contra el procés, busco alguna explicación. Imagino lo siguiente.
La lógica sanchista se mueve en dos planos. En el ideológico de fondo propende y propugna el confederacionalismo. Debe sintonizar explícitamente con un tercio del PSOE y puede que hasta la mitad lo consienta como un mal necesario. Creen estos que así se podrá reconducir el separatismo.

Pero ante la situación presente y entrante apoyar o abstenerse ante el “referendum” o la amenaza de proclamación de independencia lo dejaría en una situación imposible. La inmensa mayoría de la población lo percibe como un golpe de estado y a poco que las cosas fueran a peor , se le tedría por máximo culpable si el gobierno asume su responsabilidad. El gobierno y Cs quedaría solos pero seguramente con el beneplácito de la opinión pública. Sólo Podemos sueña que el referéndum va a encender la mecha del proceso revolucionario en toda España. El PSOE no tiene más remedio que guardar distancias con los podemitas y no dejar al gobierno la baza de la defensa de la legalidad.

Es posible que esperasen que la oferta confederal llevase a los nacionalistas a posponer su apuesta por la independencia a cambio de un cauce legal. Siendo evidente que los separatistas se lanzan al monte y que el PNV apoya pragmáticamente al gobierno, ya no se puede vertebrar una alternativa a Rajoy en torno a la “solución” confederal. Va a quedar entonces pues como una posibilidad de acuerdo antiRajoy, según como vaya el Procés, dejando abierta la posibilidad de que la Constitución incluya el “derecho a decidir”.

Pero incluso eso sería imposible si el PSOE no deja claro su compromiso con la legalidad.

Hasta qué punto van a poder compaginar la prédica del multinacionalismo confederal con la defensa del orden constitucional vigente, sin debilitar el “frente” constitucional y dar armas ideológicas y morales a los separatistas es una tarea ímproba y en el fondo imposible, aunque crean que es lo más cómodo y seguro. Van a tener que definirse mucho más.

viernes, 26 de mayo de 2017

PLURINACIONALISTAS


En el “problema territorial” ya hace mucho que hemos tocado fondo y ahora escarbamos para no poder salir a flote. A nadie se le oculta que la propuesta con la que se refunda el sanchismo de proclamar a España como un “Estado plurinacional” busca complacer a sus bases socialistas nacionalistas de todo color, el baluarte de su poder, y encontrar un terreno común de gobierno con los podemitas y separatistas. Como hay que ser siempre constructivos, apreciemos lo que tiene tal proyecto de positivo. Puede valer, contra el propósito del ponente, para romper el gran tabú. ¿Por qué si España es una nación la tratamos como si fuera una “cárcel de pueblos”? ¿Porqué se dice Estado o Constitución cuando se quiere decir España o nación?

Convencido de que los vientos de la historia le favorecen, los pedristas/podemitas ya no ocultan su triste idea de España. Pero al hacerlo toca debatir. En el PSOE la ambigüedad calculada que ha ocultado tanto el antagonismo permanente entre quienes creen en la realidad nacional de España y los que sólo creen en los derechos de su comunidad, nacionalidad, nación o lo que sea, ya es insostenible. Pero con el inconveniente de que a la alternativa rotunda “plurinacionalista” sólo se opone un ambiguo “federalismo” que soslaya la cuestión de fondo: ¿quién es el sujeto soberano? Y lo más importante ¿quien tiene derecho moral a serlo?

Es de temer que el “plurinacionalismo” se aproveche de la candidez e irresponsabilidad mental de quienes piensan que todo se reduce a “un juego de palabras”. Desde luego en las filas socialistas abundan a borbotones, tras decenios de soslayar el hecho de la identidad nacional española. Y esto por desgracia puede ser la mentalidad dominante en la izquierda social.

Se piensa y se dice: “Sólo se trata de naciones “culturales”, la soberanía es la nación política, que sería la española, como un todo” “si eso queda claro ¿qué más da llamarse nacionalidad o nación“cultural” si se quiere?”. Ya advirtió el sabio Confucio que el caos en el gobierno de las cosas empieza y se consuma al no respetar el significado de las palabras. Nada más fácil en las sociedades mediáticas, si quienes tienen poder social lo ensucian de esa manera.

¿Pues cabe ignorar que toda nación por el hecho de ser lo tiene derecho a su soberanía? De establecerse la plurinacionalidad los separatistas lo tienen bien fácil: “somos una nación cultural, por tanto nación al fin y al cabo”, “¿Porqué ha de ser sólo“España” una “nación política”?, ¿quien puede negarnos el derecho a ser una “nación política” y por tanto a tener “Estado propio”?”

Seamos bien pensados. Los ponentes socialplurinacionalistas deben creer con toda buena voluntad que de esta forma se puede desactivar o al menos encauzar la ristra de referendums de autodeterminación a la vuelta de la esquina o en ciernes. Pero a lo sumo no pueden ofrecer más que un compromiso para gobernar con Podemos y a cambio un fórmula legal de autodeterminación. Como si fuese una victoria emplazar a los separatistas ante el dilema de arrancar la independencia a las bravas o acceder por la legalidad.

Todo quedaría pendiente de si cuenta más el ansia de los separatistas para consumar su sueño o la prudente confianza que a estos les inspirase el poder podemitasanchista. Pero dispondrían en cualquier caso de un un colchón seguro, el que les daría tener el fuero aun sin el huevo: más importante que la independencia fáctica es tener “derecho a la independencia”, más importante que los resultados de un hipotético referéndum es el reconocimiento del “derecho a decidir”.

Ya en estas horas bajas tampoco le vendría mal a la sociedad española en su conjunto que con motivo de esta propuesta reparase en el fundamento de sus derechos. Por supuesto empezando por la clase política de origen constitucionalista. Ante el embate separatista han primado dos respuestas: la táctica del “no pasa nada” y la estratégica: “el derecho a decidir es inconstitucional”. A efectos ideológicos esta línea es lo importante y creo que con ello se ha otorgado a los separatistas la inmensa ventaja de la iniciativa ideológica. Las razones por las que España es una nación y por ende un sujeto soberano se desdibujan cuando sólo se acude a que “así lo dice la Constitución”. Es decir cuando sólo se defiende el Fuero y se hace abstracción del Huevo. El argumento es impecable en derecho y moralmente, además parece infranqueable intelectualmente. Pero en la práctica, cuando la ley se cuestiona, no basta defender la ley en virtud de su legítima necesidad para que la convivencia sea posible, sino en virtud de que es justa, sobre todo cuando es justa y se puede demostrar y explicar.

La clase política ha pensado, con algún motivo, que eso se da por supuesto, que la población tiene clara su pertenencia y que plantear el tema de ese modo significa inquietar a las izquierdas, que no lo tiene tan claro, y sobre todo meterse en el fregado de algo que es puramente “sentimental”. Se dice de esta manera : “cualesquiera que sea el sentimiento de pertenencia de cualquier particular el hecho es que hay que respetar las leyes que nos hacen iguales”, “lo importante es convivir juntos nos sintamos españoles o no” .

Cierto, pero cuando en nombre de una presunta voluntad democrática se hace cuestión de la ley y la convivencia, es preciso poner encima de la mesa que esa convivencia y esa ley son posibles en virtud de los lazos reales existentes fraguados día a día durante muchos siglos. Estos lazos crean sentimientos colectivos valiosos, no simples entelequias. La unidad de España no es fruto de una improvisación, imposición o capricho, pero se da la impresión de que lo es cuando no se responde a quienes así acusan, como si hubiese una consigna de silencio y de no dar razones.

Cuanto menos es mucho más justa la ley que se basa en la unidad de España y la defiende, que cualquier hipotética ley que amparase su disolución o su troceamiento en soberanías dispares. Pero la defensa de tan sencillo postulado se ha demostrado históricamente molesto, como si hacerlo conculcase el frágil equilibrio político y civil de una sociedad que sobrevive políticamente desde la transición en un estado de desconfianza calculada e inquebrantable, como si esa desconfianza en la otra parte de España fuera el principal punto de equilibrio.


PLURINACIONALISMO SOCIALISTA


En el “problema territorial” ya hace mucho que hemos tocado fondo y ahora escarbamos para no poder salir a flote. A nadie se le oculta que la propuesta con la que se refunda el sanchismo de proclamar a España como un “Estado plurinacional” busca complacer a sus bases socialistas nacionalistas de todo color, el baluarte de su poder, y encontrar un terreno común de gobierno con los podemitas y separatistas.

Como hay que ser siempre constructivos, apreciemos lo que tiene tal despropósito de positivo. Puede valer, contra el propósito del ponente, para romper el gran tabú, la identidad nacional española. ¿Por qué si España es una nación la tratamos como si fuera una “cárcel de pueblos”? ¿Porqué se dice Estado o Constitución cuando se quiere decir España o nación?

Convencido de que los vientos de la historia le favorecen, los pedristas/podemitas ya no ocultan su triste idea de España. Pero al hacerlo toca debatir. En el PSOE la ambigüedad calculada, que ha ocultado tanto el antagonismo permanente entre quienes creen en la realidad nacional de España y los que sólo creen en los derechos de su comunidad, nacionalidad, nación o lo que sea, ya es insostenible. Pero con el inconveniente de que a la alternativa rotunda “plurinacionalista” sólo se opone un ambiguo “federalismo” que soslaya lo que se está cuestionando: ¿quién es el sujeto soberano? Y lo más importante ¿quien tiene derecho moral a serlo?

Es de temer que el “plurinacionalismo” se aproveche de la candidez e irresponsabilidad mental de quienes piensen que todo se reduce a “un juego de palabras”. Desde luego en las filas socialistas abundan a borbotones, tras decenios de soslayar el hecho de la identidad nacional española. Y esto por desgracia puede ser la mentalidad dominante en la izquierda social.

Se piensa y se dice: “Sólo se trata de naciones “culturales”, la soberanía es la nación política, que sería la española, como un todo” “si eso queda claro ¿qué más da llamarse nacionalidad o nación“cultural” si se quiere?”. Ya advirtió el sabio Confucio que el caos en el gobierno de las cosas empieza y se consuma al no respetar el significado de las palabras. Nada más fácil en las sociedades mediáticas, si quienes tienen poder social lo ensucian de esa manera.

¿Pero cabe ignorar que toda nación, por el hecho de serla, tiene derecho a su soberanía? De establecerse la plurinacionalidad los separatistas lo tienen bien fácil: “somos una nación cultural, por tanto nación al fin y al cabo”, “¿Porqué ha de ser sólo“España” una “nación política”?, ¿quien puede negarnos el derecho a ser una “nación política” y por tanto a tener “Estado propio”?”

Seamos bien pensados. Los ponentes socialplurinacionalistas deben creer con toda buena voluntad que de esta forma se puede desactivar o al menos encauzar la ristra de referendums de autodeterminación a la vuelta de la esquina o en ciernes. Pero a lo sumo no pueden ofrecer más que un compromiso para gobernar con Podemos y a cambio un fórmula legal de autodeterminación. Como si fuese una victoria emplazar a los separatistas ante el dilema de arrancar la independencia a las bravas o acceder por la legalidad.

Todo quedaría pendiente de si es más fuerte el ansia de los separatistas para consumar su sueño o la confianza que a estos les inspirase el poder podemitasanchista. Pero dispondrían en cualquier caso de un un colchón seguro, el que les daría tener el fuero aun sin el huevo: más importante que la independencia fáctica es tener “derecho a la independencia”, más importante que los resultados de un hipotético referéndum es el reconocimiento del “derecho a decidir”.

Ya en estas horas bajas tampoco le vendría mal a la sociedad española en su conjunto que con motivo de esta propuesta reparase en el fundamento de sus derechos. Por supuesto empezando por la clase política de origen constitucionalista. Ante el embate separatista han primado dos respuestas: la táctica del “no pasa nada” y la estratégica: “el derecho a decidir es inconstitucional”.

A efectos ideológico este es lo importante y creo que se ha otorgado a los separatistas la inmensa ventaja de la iniciativa ideológica. Las razones por las que España es una nación y por ende un sujeto soberano se desdibujan cuando sólo se acude a que “así lo dice la Constitución”. Es decir cuando sólo se defiende el Fuero y se hace abstracción del Huevo. El argumento es impecable en derecho y moralmente, además parece infranqueable intelectualmente. Pero en la práctica cuando la ley se cuestiona no basta defender la ley en virtud de su legítima necesidad para que sea posible, sino en virtud de que es justa, sobre todo cuando es justa y se puede demostrar y explicar.

La clase política ha pensado, con algún motivo, que eso se da por supuesto, que la población tiene clara su pertenencia y que plantear el tema de ese modo significa inquietar a las izquierdas, que no lo tiene tan claro, y sobre meterse en el fregado de algo que es puramente “sentimental”. Se dice de esta manera : “cualesquiera que sea el sentimiento de pertenencia de cualquier particular el hecho es que hay que respetar las leyes que nos hacen iguales”, “lo importante es convivir juntos nos sintamos españoles o no” .

Cierto, pero cuando en nombre de una presunta voluntad democrática se hace cuestión de la ley y la convivencia, es preciso poner encima de la mesa que esa convivencia y esa ley son posibles en virtud de los lazos reales existentes fraguados día a día durante muchos siglos. La unidad de España no es fruto de una improvisación, imposición o capricho, pero se da la impresión de que lo es cuando no se responde a quienes así acusan, como si hubiese una consigna de silencio y de no dar razones. Cuanto menos es mucho más justa la ley que se basa en la unidad de España y la defiende, que cualquier hipotética ley que amparase su disolución o su troceamiento en soberanías dispares.

Pero la defensa de tan sencillo postulado se ha demostrado históricamente molesto, como si su expresión conculcase el frágil equilibrio político y civil de una sociedad que sobrevive políticamente desde la transición en un estado de desconfianza calculada e inquebrantable y que sólo es capaz de sostenerse de pie sacando fuerzas de esta desconfianza mutua.


lunes, 22 de mayo de 2017

aclaración

Con la victoria sanchista leí el anterior artículo y topé con un gazapo imperdonable que amenaza con dejar todo sin sentido, así un fragmento decía
"Por el afán de deslegitimar a la derecha, que ha de cargar con la sospecha permanente de heredar el socialismo democrático ha alentado la falacia instalada en el horizonte de la cultura política hispana de que ser de izquierdas es ser demócrata, se adjetive la democracia como sea."

Por supuesto tenía que decir
"...con la sospecha permanente de heredar el franquismo..." 

Y desde luego no pretendía hacer un absurdo y estúpido juego de palabras...

Gracias

domingo, 21 de mayo de 2017

ANTE EL ABISMO "ROJO"


A los oficialistas sólo les puede salvar que aflore in extremis el instinto de supervivencia por miedo a la aventura sanchista; pero si así fuera , lo sería a pesar de que no se han atrevido a denunciar lo temible que es verdaderamente tal aventura.

Me parece que Susana ha concedido a Schz. una ventaja estratégica que la deja prácticamente indefensa. Ha creído que la reivindicación de la marca del PSOE y de la tradición es suficiente. Que así basta para asociar a su liderazgo la esperanza en el triunfo del PSOE. Ha pasado sobre ascuas por el desafío de Podemos, y por tanto de Schz, sin capacidad de encarar su gravedad. Lo critica, y de paso a Schz, por pretender acabar con el PSOE. Pero ya se ha instalado irreversiblemente en las bases que la verdadera amenaza es el PP y que además es deber sagrado del PSOE exterminar al PP o sacarlo del gobierno. En esta cruzada los podemitas e incluso los separatistas son un aliado seguro, mientras no se los vea no solo como una peligro para la democracia, sino como responsables de un proyecto de dictadura sin ambages.

Seguramente Susana no se ha atrevido a denunciarlos, porque eso no lo tiene claro y por el temor a provocar una mayor reacción contraria en las bases. En el fondo su confianza es rehén de la trampa que el mismo PSOE se ha tendido históricamente, al considerarse la única representación legítima de la democracia en España, frente al presunto peligro procedente de la derecha. En el imaginario socialista se asocia mecánicamente el ataque al PSOE con el ataque a la democracia, pero siempre dando por supuesto que ese ataque, real o imaginario, sólo puede tener por origen la derecha.

Por el afán de deslegitimar a la derecha, que ha de cargar con la sospecha permanente de heredar el franquismo, ha alentado la falacia instalada en el horizonte de la cultura política hispana de que ser de izquierdas es ser demócrata, se adjetive la democracia como sea.

Pero la carambola insospechada del surgimiento de podemos ha alterado el panorama en el que el PSOE contaba con el monopolio de la izquierda, con IU de vicario. Con ello lo más importante: el principal activo del PSOE, su marca, queda desdibujada, sino desvalorizada y cuestionada. Ya no es para la izquierda social lo verdaderamente sagrado. Cada vez cuenta menos eso de que “la única forma de ser de izquierdas es ser socialista”. Se abre paso la idea de que “ser socialista es una forma de ser de izquierdas”, lo que para Schz. significa ser “rojo” sin máscaras; se puede acabar diciendo, invirtiendo a Felipe Gonzalez: “antes de izquierdas y rojos que socialistas”

El tono general es que con Podemos se puede colaborar aunque cause molestias. Seguramente los oficialistas lo harían depender de que el PSOE estuviese consolidado para disfrutar de una posición hegemónica ante los podemitas y para Schz habría que hacerlo sin condiciones.

Prueba de la disposición mayoritaria dentro del PSOE es que el motivo de la resistencia de los oficialistas a pactar con Podemos es el compromiso de estos con los secesionistas, asunto para Schz accidental. Se puede especular si a los sanchistas nada les importa la unidad de España, si creen que no hay un peligro real o que sufren de rabia incurable contra el PP y que nada más importa. Pero la estrategia o ausencia de ideas oficialista de fiarlo todo a la conservación de la marca tampoco ayuda a cortar esta indiferencia ante el separatismo una vez que es doctrina ortodoxa el menosprecio de la realidad de este peligro.

Pero también cuenta el hambre de triunfo.

Schz puede traducir su ventaja estratégica en promesas de éxito, pese al intento oficialista de presentarlo como un fracasado. Una vez que están todas la cartas sobre la mesa, la oferta a las bases y a la mayoría de sus votantes de un gobierno probable a corto y medio plazo con los podemitas e incluso los separatistas es algo más que una tentación
Mientras que Susana, más allá de las vaguedades, sólo puede sugerir un Gobierno con Cs, para lo cual se ha de desmoronar el PP y recoger los restos Cs, que no está claro lo uno ni lo otro. Eso o una incierta travesía en el desierto a la espera de que el podemismo se desinfle mientras ellos resisten. “Largo me lo fiáis”.

Además en lo peor los sanchistas no tienen nada que perder, pueden meterse en Podemos. Pero a los oficialistas, de perder, no les queda más que irse a ninguna parte o postrarse. El colchón rojo podemita es un incentivo para los sanchistas a seguir con lo suyo pase lo que pase; la comodidad tradicional de un PSOE impune ante la opinión pública por su presunta superioridad moral ya no es suficiente para despejar dudas y aguantar en la incertidumbre. Porque el problema de fondo es ¿con que ideas resistir si ya no basta la marca?

martes, 16 de mayo de 2017

SUICIDIOS "ILUSTRADOS"


La plaga de suicidios socialdemócratas es la guinda insospechada de algo que debiera ser lo más afortunado: el éxito histórico de la socialdemocracia, la generalización del modelo del estado del bienestar en la vieja Europa. El hecho de que este éxito suponga también el agotamiento y consumación del modelo, alcanzar el límite de lo que puede dar de sí, debiera darles un crédito histórico confortable. Pero sucede todo lo contrario. La consumación se vive como caducidad. Pero no deja de ser lógico si tenemos en cuenta la clave de la identidad socialdemócrata, aun desgajada del marxismo: la meta de transformar permanentemente la sociedad en un progreso ilimitado hacia la igualdad social. Y tan importante como ello la autoasignación de ser los poseedores morales del empeño transformador, los detentadores exclusivos del derecho a transformar la sociedad.

Pero la plaga no es un fenómeno milagroso. Tiene a la vez algo de avanzadilla y de caricatura de las inclinaciones necrófagas que emergen desde el fondo de las sociedades del bienestar. Por supuesto “las bases”, sin dudas ilustradas y moralmente autorizadas, que perpetran y protagonizan el suicidio de sus partidos creen oficiar su resurrección, al aclimatarlos a la atmósfera que suponen reina en la sociedad. En esta fantasía disparatada hay algo de realidad, la suficiente para hinchar la quimera. El problema es que se diagnostican los sintomas de lo enfermizo como si fueran sintomas de salud.
La colisión entre dos campos de energía tan dispares y opuestos, como el éxito de las sociedades del bienestar y los peligros e incertidumbres en el que se ven sumidas por la globalización, han producido las perturbaciones mas contradictorias en el clima ideológico y moral de estas sociedades. El éxito refuerza la idea de que el progreso hacia el bienestar y la prosperidad es ilimitado; pero las debilidades y distorsiones que descubre la globalización generan tanto la sospecha de la traición interior, como de la perversidad intrínseca del sistema. Es lo más perturbador, la instalación en la esquizofrenia. La reclamación de purificación del sistema para devolverle su impronta humanizadora y socializadora se acompaña de la denuncia de la inhumanidad intrínseca del sistema, la sociedad del bienestar como un barniz de la codicia e insensibilidad capitalista. “El capitalismo mata”.

No hay que esperar coherencia porque la confusión reclama más confusión. Las desigualdades, las corrupciones, los desajustes o recortes, no se perciben como consecuencias de buenas o malas políticas o de practicas institucionales. Se perciben crecientemente como signos y símbolos de la decadencia inevitable del sistema, de su intrínseca degradación moral o bien de su incapacidad para recuperarse.
Consecuencia en parte del éxito del modelo socialdemocrata es la coincidencia con la derecha conservadora y liberal en la defensa del estado del bienestar, la relativización de las diferencias a cuestiones secundarias. Pero los peligros han acentuado la necesidad de diferenciarse. No se ha hecho con la transformación del discurso a la práctica y la renovación de la forma de entender los ideales y los principios. Blair o Rocard no llegaron a tocar la fibras más hondas. Ya a contracorriente Valls se inmoló. Mas bien las élites han contemplado desde el absentismo intelectual como las ideas, idearios y proyectos iban a la deriva esperando que la corriente fuera propicia.

En todos los partidos europeos hay un reparto interno de papeles, no escrito por supuesto. Las bases guardan el santuario de las esencias, las élites dirigentes negocian con la realidad. Fluye a la vez una corriente de negociación entre estos polos del que depende el equilibrio interno, pero siempre en función del triunfo y el arraigo social. Pero en las socialdemocracias se ha producido una quiebra que tiende a hacer incompatible la negociación con la realidad (vulgarmente pragmatismo) y la pureza de las esencias. Por supuesto el desgaste social lleva a tachar de oportunismo al inevitable pragmatismo e incluso cualquier muestra de pragmatismo y explica la merma de influencia como consecuencia de la postergación de los ideales. En una inversión óptica, el mismo triunfo histórico de la socialdemocracia, “los años felices”, adquiere la dimensión de un mito, la prueba de que “se puede” seguir por el mismo camino.

El absentismo intelectual, la incapacidad de renovar el discurso de unos partidos cuya seña de identidad es liderar la transformación de la sociedad desde el gobierno, la acción institucional y las reformas, es en gran parte consecuencia de la euforia de estos años felices. Aunque la socialdemocracia oficial se distanció del marxismo original mantuvo vínculos ideológicos, en gran parte ocultos, pero que activaban los reflejos mentales de los fieles al socialismo. Vínculos que se han demostrado incompatibles con la realidad y el progreso de las sociedades modernas.

Son síntomas de ello la creencia en que a la socialdemocracia le corresponde el liderazgo moral e intelectual y con ello el derecho en exclusiva a transformar la sociedad y llevarla por la senda del progreso (más allá que ingenierismo social, es ingenierismo histórico social); la creencia en que el progreso es obra fundamentalmente de la intervención del estado; que a su vez el signo del progreso es el progreso ilimitado hacia la igualdad social hasta el completo igualitarismo; que en fin la iniciativa y la empresa privada es un mal menor pero inevitable que hay que domesticar.

Lo que estaba implícito se ha ido tornando explícito con la crisis y lo que es peor, ha ido degenerando hacia viejas fórmulas que se descubren como si fueran descubrimientos dignos del Nobel. La creencia en el liderazgo moral degenera en complejo de superioridad moral y sobre en el derecho de la izquierda de ejercer de Tribunal en todas las esferas de la vida pública y hasta privada; el estado aparece como la única garantía de la prosperidad social; el progreso ilimitado hacia la igualación social se nutre de la exigencia de la multiplicación de derechos, convirtiendo cualquier interés no satisfecho en derecho sin obligación; en fin, la visión de la iniciativa privada a un contubernio de ricos y poderosos codiciosos a costa del bien común.

Estas, digamos que sensaciones, se extienden por doquier más allá de los límites de la socialdemocracia de toda la vida, alimentan la emergencia de los populismos que ven en la socialdemocracia un candado necesario del sistema, pero vuelven hacia las bases socialdemócratas que como efecto de una resaca se incorporan al akelarre siniestro de purificar y suprimir el sistema. Las bases y simpatizantes socialdemócratas llegan a este terreno común de izquierdas desde su impulso reformista tradicional, los populistas desde la resurrección de los desechos de las utopías revolucionaristas. Los primeros ven en el ir juntos de la mano la oportunidad de recuperar su misión histórica; los segundos de aprovecharse de los ingenuos. No parece que estos sin apoyarse en los restos de la socialdemocracia puedan alcanzar fuerza suficiente para tratar de gobernar. Pero sólo pueden crecer fagocitando a los reformistas, aunque sea camuflándose de tales, sin que pudiera resultar de ello ocupar todo el espectro que cubrió históricamente la socialdemocracia. “Podemos” estar ante la extensión del populismo a costa de la socialdemocracia o ante una alternativa higiénica como el denominado “socialliberalismo” incipiente, que recoja los restos del naufragio y regenere la sensatez social, es decir a evaluar los males sociales en sus justos términos.

¿Vale esto tal cual para la socialdemocracia española? Sin duda, pero explica bien poco de un fenómeno tan inclasificable como el socialismo “español”. Porque para empezar es el único socialismo que no se siente obligado con su nación y ni siquiera sabe a que nación se debe y hasta qué es eso de nación. Por eso le cuadra más lo de PSOEtereo o Espacial que otra cosa. No estaría de mas que los historiadores y contadores aclararan esta peculiaridad.

viernes, 12 de mayo de 2017

NACIONAL CULTURALISMO


Creo que la mezcla de mala fe, oportunismo e ignorancia de los sanchistas y zapateristas y demás sobre “la nación de naciones” se vale de la coartada que han ido suministrando muchos historiadores al propalar la distinción entre nación cultural y nación política. Si enfocamos en términos modernos de nación-estado, toda nación política es también cultural y viceversa, lo que no significa uniformismo en ninguno de estos sentidos. El término “protonaciones” que va en el mismo sentido no deshace la confusión pues deja pendiente la misma incógnita: ¿son naciones que se han de consumar políticamente o bien son naciones frustradas, históricamente hablando, por carecer de la necesaria voluntad nacional?.

¿Son acaso Cataluña y el País Vasco naciones culturales y España “sólo”nación política? España es nación cultural y política porque es nación conformada como tal política y culturalmente. Pero es que las naciones modernas son fundamentalmente resultado de la unidad e integración de unidades diversas cultural y políticamente en formas muy variadas. No somos en esto una rareza en lo fundamental como tendemos a creer, más bien iniciamos el camino de las naciones modernas o del sentido moderno de nación. Con más retraso político que nosostros, antes de las guerras napoleónicas los alemanes se sentían nación cultural porque trataban de hacer compatible el imperio y la fragmentación política de origen feudal. Pero eso significaba: “la cultura común es nuestro fundamento nacional del que forma parte nuestro orden político”. De tener sentido la diferencia, Bretaña, Sicilia, Nápoles, Borgoña, Alsacia, Bohemia, Sajonia, Baviera, Gales...etc tendrían que ser naciones culturales..es decir en realidad todas las regiones de cualquier nación, en tanto que partes, que, de una forma u otra, se incorporan a un todo.

Tratamos de justificar una excepcionalidad y singularidad política, la que dio pie a los estatutos de la II República reactualizados por la Constitución, inventando la distinción entre regiones y “nacionalidades” (¿nación cultural?). Se podría haber reconocido como un compromiso debido a la peculiar construcción de España, en realidad a las debilidades de la construcción nacional de España.

Lo que ahora justifica la unidad de España, y en realidad a todas las naciones existentes, es que el Estado soberano que la representa sea un marco efectivo viable para una convivencia fundada en la libertad y el derecho. O circunstancialmente la capacidad de dotarse de tal instrumento si este no existe o es defectuoso. Sólo la incapacidad de una nación unida en un Estado de tener un Estado de derecho justificaria que una parte deseosa de la libertad de los ciudadanos de su territorio tuviese derecho a separarse. Pero siendo esto así, no es menos cierto que de cualquier forma que se haya logrado la unidad de un Estado en el que sus ciudadanos son libres e iguales, esta unidad constituye un valor en sí mismo y su disgregación un retroceso, que convierte a sus ciudadanos y a las generaciones venideras en más pobres política, cultural, vital y seguramente socioeconomicamente. En tal caso no se puede invocar como un derecho de una parte la separación, sin el consentimiento del conjunto.
Reclamarse “nación cultural” o bien significa cuidar una tierra que es parte de un todo o bien lamentar ser media – nación, con derecho a ser un todo nacional exclusivo, es decir un Estado. Pero quienes debieran haber desenredado el entuerto, historiógrafos y políticos, de ambos se nutren los educadores y las creencias colectivas, se han esforzado en enredarlo a conciencia, los más oportunistas y sobrados claro.

martes, 2 de mayo de 2017

LA PESADILLA DE LA CORRUPCIÓN


El último repunte del espectáculo de la corrupción nos devuelve a la pesadilla de la que parece imposible despertar (abstracción hecha de la otra pesadilla, el Procés). La pesadilla que se muerde la cola. En términos políticos no es la pesadilla la corrupción. Es un asunto con el que toda sociedad tiene que lidiar evitando que ella misma la corrompa. En las condiciones particulares de España la pesadilla es lo que la corrupción alimenta: la bipolaridad entre la corrupción y el totalitarismo (disfrazado de utopismo y pureza); entre la ira y el miedo; entre el podemismo y el PP en suma. La pesadilla de que la democracia vive al borde del abismo.

Forma parte de ello la incertidumbre del impacto que el rebrote tenga en las elecciones del PSOE, pero lo más constatable es que el PP sale consagrado, no ya como un partido corrupto, sino como el Partido de marca de la corrupción. Ya en el inconsciente de la opinión publica sea asocia tal oprobio a la identidad del PP y de la derecha en general. Sin duda es lo más relevante políticamente, por muy injusto que pudiera ser o parecer. Pero es de lo más original y desconcertante que el afectado asuma su destino con displicente deportividad, como si fuera una molestia necesaria para mantener la tensión bipolar ante el abismo. Demuestran así las élites del PP bien una confianza sobrehumana en ellos mismos o bien una no menor infantil inconsciencia . O ambas a la vez.

El infausto destino de portar el sambenito proviene tanto de sus errores y desafueros, como de que la derecha desde la transición tiene que jugar en campo contrario, sin que se haya atrevido en serio, salvo quizás con Aznar y Mayor Oreja, a revertir la situación.. Consecuencia nada grata para la salud democrática en general de que la izquierda todavía es capaz de vivir de las rentas del antifranquismo y la derecha no ha sido capaz de desprenderse de su temor a estar en deuda histórica. En esa circunstancia la derecha no sólo ha de parecer honrada sino además serlo, mientras que la izquierda y los nacionalistas pueden no serlo en parte o del todo, con tal de medio parecerlo. Matiz este que la derecha, tan sensible a evitar los puntos de fricción pueden molestar a la izquierda, no aprecia, como si pudiera manejar lo que más duele a la sensibilidad popular. ¿Cómo es posible, sino, que en plena vorágine de persecución mediático popular de la corrupción, la banda del Canal se encomendase, presuntamente, a pingües saqueos? Como si pensaran: mientras la gente se distraiga con la corrupción, nosotros a lo nuestro.

La apreciación sobre la corrupción es consecuentemente dispar entre el público de izquierda (y nacionalista) y el de derecha e incluso centro en general. Mientras estos consideran la corrupción como algo global y transversal que afecta tanto a los suyos como a los otros, la izquierda social tiende a imputar la corrupción exclusivamente a la derecha y a considerar que la de sus filas son casos anecdóticos de ovejas negras, de lo que nadie está exento. No hablemos ya del nacionalismo catalán, que ha llegado a convertir a su público en un cómplice moral y hasta satisfecho, con la única penitencia de que el partido madre tenga que sacrificarse a quedar en segunda fila, para que engorde el movimiento separatista en su conjunto, con los sacrificados incluídos.

También los “modelos” y “la funcionalidad” tienen sus particularidades a partir del catalizador de la financiación de los partidos, vórtice que mueve la noria.

Para la izquierda (vease Andalucía) la corrupción hace de lubricante del macroclientelismo ancestral; el nacionalismo catalán la ha convertido en un mecanismo de sometimiento de los poderes económicos; mientras en el PP se amalgama de esta forma a los capitalamiguetes con la maquinaria política, como si de ello se desprendiera el beneficio mutuo.

Dejo aparte la corrupción podemita, que está en el origen de su lanzamiento, así como el caso del País Vasco, donde el impuesto revolucionario alteró todos los parámetros de una sociedad mínimamente normal, hasta la corrupción moral colectiva.

Por si fuera poco para el PP, el tipo de corrupción que anida en sus infiernos resulta más despreciable para la opinión pública, porque tiene el cariz del lucro personal. Es bien sabido que en estas tierras, nada es socialmente más detestable, máxime si el lucro es ilícito, mientras la corrupción con aire colectivo, vinculada a una causa o a la idea del pueblo apenas se entiende como tal.

Es todo mucho más complejo, sin duda, pero suele pasar desapercibido el estímulo que supone el cainismo para el florecimiento de la corrupción en España, para su endurecimiento granítico, pero también en la idea torcida de la naturaleza de la corrupción.

Creo que el efecto es doble y en buena medida cada parte choca con la otra, pero en el fondo se refuerzan. Por una parte, el cainismo (que en la izquierda tiene por inclinación extrema el guerracivilismo; mientras en la derecha produce la tendencia a refugiarse como una tortuga en su caparazón) hace de la corrupción fundamentalmente un símbolo de la perversidad del contrario; mientras por otra parte como reacción mueve a cerrar filas en torno al “y tu más”.

De esta forma una vez que se enfangan en prácticas corruptas las élites dirigentes no temen tanto la repulsa interna directa, sino el impacto ante la opinión pública, especialmente por el rebote del mismo ante el propio público. 

En el caso de la derecha esto incentiva un modelo de entender la relación la opinión pública y especialmente su público: no hay que convencer, sino acunar.


 Los efectos boomerang se hacen complejos e imprevisibles porque igual que afectan tanto a unos como otros, empiezan y no acaban en todas las direcciones y reacciones. Mueve en suma a la progresiva radicalización de la izquierda, tanto como a la no menos pétrea resistencia pasiva de la derecha. En suma a la incapacidad de la izquierda democrática de librarse de su sometimiento mental al podemismo y a la incapacidad de la derecha para emprender su regeneración. Incapacidad, inconsciencia, cobardía o falta de voluntad, vayan Vds. a saber.

domingo, 23 de abril de 2017

¿HA GANADO LA ETA?


La retirada de ETA dejando el relevo al “frente civil” convierte el avance hacia la independencia en un problema interno de los nacionalistas. En el imperio del terror funcionaba el acuerdo implícito y a veces explícito de arrinconamiento y supresión del constitucionalismo y de imposición social del ideario antiespañol, que es el signo diferencial del nacionalismo en su conjunto. En gran medida este objetivo se ha cumplido, máxime cuando las fuerzas constitucionales no lo advierten y apenas son conscientes de la ventaja que el terrorismo ha dado al nacionalismo para consolidar su posición dominante.

El acuerdo soterrado escondía una discrepancia potencial: la ambigüedad del PNV respecto a la independencia y la determinación del movimiento etarrista por alcanzarla. Pero también comprendía una convicción común: que el impedimento esencial para el logro del independencia radicaba en la resistencia del Estado. El “Procés” genera serias dudas sobre esa voluntad de resistencia y alimenta la expectativa de que el logro de la independencia depende más de la voluntad de la sociedad vasca en este caso, a semejanza de lo que parece ocurre en Cataluña.

Es claro que plasmar la situación ventajosa en una marcha factible hacia la independencia depende tanto de la evolución de la crisis catalana, como de las ganas del PNV. Si se impusiese la independencia catalana, difícilmente podría resistir el PNV la presión que se le vendría encima para reeditar los pasos de Convergencia a lo vasco. Pero la paradoja es que, en tanto la resolución de la crisis catalana es incierta, el PNV ha de tratar de preservarse de esa posibilidad. Se ha demostrado sobradamente que Convergencia y las consideradas “fuerzas moderadas” son incapaces de liderar la independencia y no tienen más remedio que ofrendarse en sacrificio. De momento no hay trazas de que el PNV esté por el harakiri.

El PNV remolonea porque es consciente de que el status actual del País Vasco es inmejorable y la independencia sería un desastre sin paliativos. Esta percepción separa al nacionalismo “moderado” vasco del catalán, creído éste de que con la independencia sólo tendría ventajas y mejoras.

En esto ha saltado la liebre de la descomposición del llamado españolismo, o más bien de los efectos insospechados de esa descomposición, ya casi irreversible desde la entrada en escena de ZP. Una parte se ha refugiado en el Podemismo, con el resultado lógico de apuntalar el movimiento etarrista. Naturalmente a partir de la mentalidad ingenua de que “somos tan rebeldes como los abertzales” y que en términos prácticos nada importa si sirve para “acabar con la corrupción”. Para estos lo de la independencia o no es una cuestión anecdótica o un cuento de viejas.

La población, que aun se siente española, más sensata o más impermeable a la demagogia mediática, se refugia en el PNV con la esperanza de mantener el statu quo frente a la tentaciones aventureras. ¿Hasta que punto la gestión de esta percepción y de este insospechado apoyo puede mover al PNV a evitar la aventura?

Es claro que el PNV se mueve en el estrecho filo de una retórica que invita a la independencia, cuando no tendría que llevar a la consecuencia lógica de reclamarla en serio, y la consolidación de un Estado dentro del Estado que es su proyecto práctico. El juego de aprovechar la retórica batasunera en su propio beneficio no puede dar de sí indefinidamente. Pero también protegerse de la batasunización requeriría desprenderse o al menos rebajar la retórica maximalista. Supone cuestionar los sentimientos y la tradición con la que se ha labrado su clientela electoral, al menos la de pata negra.

Para implantar o más bien consolidar un modelo Confederal fáctico y verdadero (no la especulación socialista que nadie comprende) para que el País Vasco fuera ya definitivamente otro Flandes, el PNV cuenta con que la mayoría de los vascos no quieren la independencia pero no son capaces ni tienen ganas de defender España. La diferencia entre la Flandes belga y la Flandes vasca es que esta tendría por soporte una mayoría de la población que ha de impostar este sentimiento endogámico y renegar de su españolidad, como si lo que de verdad siente, la españolidad, fuera una patología inducida.

De consolidarse esta opción, ¿tendría futuro el independentismo en el País Vasco? ¿Se conformaría el etarrismo con la euskaldunización integral de la sociedad vasca? Es el riesgo, riesgo ridículo en términos racionales, que corre ETA al pasarse a la “lucha civil”, de no tener respuesta al hermano mayor nacionalista: “Si todo se euskalduniza y encima vivimos de p… madre dentro de España ¿para qué la independencia?”
ETA no ha ganado todavía pues no ha logrado la independencia y las condiciones previas esenciales. Es decir ha arrasado el sentimiento español sin traducirlo en sentimiento independentista. No tanto por la resistencia recibida sino por la extravagancia de sus intenciones.

Es la inversa de la incapacidad de las fuerzas constitucionales de hacer ver a la población la relación íntima entre el terrorismo y el independentismo. Mientras el PNV perfecciona su ambigüedad, ETA o el etarrismo está ganando, pero sólo puede depender de sí mismo, o al menos disponer de la plena iniciativa, si triunfa el Procés. A la espera estamos.

martes, 18 de abril de 2017

LA HISTORIA PRESENTE


A la hora de interpretar el populismo contemporáneo que sufrimos conviene no perder de vista la perspectiva histórica.

Las dos grandes fuerzas morales (o inmorales según sus efectos) movilizadoras de la historia contemporánea han sido el chovinismo y el igualitarismo. Han inspirado con el tiempo los experimentos totalitarios y por ende más inhumanos que cabe concebir, el nazismo y el comunismo.

Si bien la sociedad del bienestar neutralizó las pulsiones totalitarias de las sociedades contemporáneas en nombre de la libertad, el derecho, la prosperidad y la justicia social, estos valores se dan por supuesto al quedar asegurados por la mecánica del sistema. El ciudadano medio sólo se ve comprometido a adherirse pasivamente.

Con la descomposición política de las sociedades del bienestar, con la desconfianza patológica entre los representantes y los representados, alentadas hasta la nausea por la telebasura y la redbasura, estas inclinaciones totalitarias vuelven a emerger, aunque de esta manera las sociedades echen piedras sobre su propio tejado. Las masas reclaman protagonismo, se sienten engañados y estafados por “los políticos”, y sólo lo encuentran a partir de sus instintos ancestrales. La libertad, el derecho y la prosperidad se interpretan en ambos casos a la luz de estas quimeras.

En los paises del norte priman las pulsiones chovinistas, en los del sur, incluida Iberoamérica, las igualitaristas. En Francia, fiel a su tradición de sintetizar todos los vientos de la historia, esas dos quimeras andan en pugna abierta contra la misma sociedad francesa.

miércoles, 5 de abril de 2017

GIBRALTARADAS Y OTRAS MINUCIAS


Entre los españoles es de mal gusto mentar Gibraltar, suena a señalar la mosca en la comida de un Michelin cuando estás invitado; entre los británicos debe ser signo de pedigree patriótico.

Porque Gibraltar, en estos tiempos de pequeñeces, es vital para que Inglaterra siga sintiéndose Imperio. Como Las Malvinas y tamañas grandezas.

Pero por lo que algunos dejan entrever, a los más ultras british( y cualquier british que se precie ha de ser algo ultra de tal, y llevarse esto con ironía es lo más) nada les debe encantar más que sacudirse a los latinos.

Encima algunos tardoimperiales no disimulan sus ganas de darnos unos buenos cachetes y collejas, ¡abusones!

Al Gobierno se le acumulan los problemas; ahora le viene encima Gibraltar y ha de disimular que hace algo. Pero los españoles lo comprendemos, no nos importa que no haga nada. ¿Cómo vamos a desilusionar a los ancianos que viven soñando sus viejas glorias?

No hace falta cerrar la verja, bastaría levantar un arco del triunfo sufragado a escote por los vecinos de la Línea.

¿Pero si ahora resulta que los del U.E. nos exigen compostura y respeto hacia nosotros mismos? Ese sería el verdadero embrollo.

Si el ministro Dastis dimitiera o fuera cesado, ¿iba a peligrar la dignidad paisanal? Podría de paso hacer un cursillo de “interés paisanal”, que ya no se lleva eso de “nacional”, y adornar con ciertas nociones su brillante currículo diplomático.

Es la crónica del buen paisano.

Creo que fue Toynbee quien dejó dicho o escrito que Europa era, o había sido, una inmensa ave (¿una gaviota?) movida con dos alas: la Gran Bretaña y España. Ahora una es alita de paella, la otra va dando aletazos de ciego.

Porque a los británicos les ha faltado crear el Quijote para librarse de los fantasmas imperiales. En realidad no se han atrevido a hacerlo. Huckleberry Finn apenas lo roza y además no es británico.

Pero eso sí, se han mostrado prudentes al no dar eso paso, viendo como a los españoles la cura se ha pasado tanto  que le hemos encontrado el gusto a la vida en un tonel moral.