sábado, 14 de octubre de 2017

LA CHAPUZA SUPREMACISTA




Se ha tenido que producir la estampida del sanedrín de la economía catalana para que se destape la indecencia moral y la chapuza económica en la que se sustenta el independentismo catalán, en completa contradicción con su actual, y ojala que sea pasajero, éxito político. La trayectoria histórica del nacionalismo catalán, y por supuesto el vasco, desafían las explicaciones al uso de la historia, el marxismo y el liberalismo. Ya el nacionalismo contemporáneo y en general movimientos como el islamismo es refractario a esos modelo explicativos dominantes, pero en este caso es todo un acertijo indescifrable. Que la realidad no despierte del sueño, que el disfrute de la gloria bien merece autoengañarse.

El mito que el nacionalismo ha conseguido inyectar en la sociedad catalana como droga en vena es el de la creación de la Holanda del Sur. Es un mito modesto en comparación con los grandes movimientos totalitarios de la historia, es también aparentemente inocuo, pero oculta consecuencias terribles y no menos totalitarias. No me refiero sólo a que sería el pistoletazo de salida de la disolución de Europa y de España. Lo sería de su suicidio colectivo.

Lo paradójico es que Cataluña debe su poder y prosperidad a su situación económica privilegiada dentro de España. Desde luego no puede ser Holanda, pero no por falta de poder y prosperidad sino porque no es Holanda ni necesita serlo. Se imaginan los nacionalistas que desembarazados de España adquirirían una prestancia internacional semejante a la que tiene el Barça de Messi. Pero para nada la estancia en España impide lograr lo que en teoría y en el mejor de los casos podría conseguir fuera de España. La incapacidad de apreciar la cobertura y las privilegiadas oportunidades que supone España para la prosperidad de la sociedad catalana no es consecuencia de una falta de información o una ceguera accidental, es la forma de engañarse para creerse superiores. Lo que es el Barça en el mundo, y es mucho, lo es a partir de la plataforma de la Liga española y su sempiterna disputa con el Madrid, cosa que no podría reemplazar, aunque se incorporase a cualquier otra Liga como la francesa.

Esto lo saben y comprenden perfectamente, pero los supremacistas no se atreven a reconocer que, a otras escalas, lo mismo sucedería en todo tipo de factores de la vida y de la actividad económica. El estropicio en el que se encontraría el Barça, excluido de la liga española, es el que tendría Cataluña privada del beneplácito de la sociedad española y apartada de la tensión competitiva con el centro que tanta vida le da a Cataluña.

La pasión de las élites catalanas, especialmente económicas, de tirar pedruscos sobre su tejado, desdice el tópico de su pragmatismo y mercantilismo económico a ultranza. Porque este pragmatismo se reduce a prácticas que bordan la picaresca, pero a costa de negar la realidad el vínculo inquebrantable entre la economía catalana y el conjunto de la española. Es un pragmatismo de pandereta sin ningún sentido práctico de fondo, tal como se exige y supone de los poderes elementales de cualquier sociedad moderna. Reniegan del compromiso moral con la sociedad española lo que no es óbice para creerse con derecho a exigir que la marcha global de España sea lo más beneficiosa posible para Cataluña.

Los buenos réditos de esta política no se han interpretado como una demostración de lo beneficiosa que resulta la inserción en la economía española y por ende europea. Se atribuyen a su astucia y a la candidez de los españoles. Tanto éxito ha recalentado el complejo de superioridad y de impunidad, hasta llegar a creerse que siempre se contará con la atención del mercado español y que podrá presumir por el mundo como si fueran un Messi mercantil.

Contra toda evidencia creen que tendrán las dos cosas, sin más problema, con solo desembarazarse políticamente y afectivamente de España. La incapacidad de asumir que el poder de Cataluña es proporcional al beneficio que Cataluña recibe por pertenecer a España, es la consecuencia de un mal entendido complejo de superioridad. Complejo que se extrema sin límite en la medida que constituye el principal factor cohesionador del nacionalismo catalán. Con lo que el interés práctico que liga Cataluña con el resto de España no se puede asumir con todas sus consecuencias sin desmoronarse esa base de cohesión.

Por eso la evidencia de que la sociedad española está bien encaminada en la senda del progreso y la modernidad, como Holanda o cualquier otra, no anima al seny, más bien a la rauxa. Se atribuye a que tal progreso se hace a costa de Cataluña, haciendo parecer que las contradicciones y tensiones normales son agravios estructurales insolubles e inadmisibles. Ya no sería Cataluña un oasis en el desierto medievalizante de la España de Zuloaga, sino un noble mastín al que le chupan la sangre las sanguijuelas mesetarias. Nada resulta así más inadmisible que  la idea de que se puede progresar juntos y  que esa es la mejor forma de tener las mayores oportunidades posibles.

Por eso cuando España en los setenta parecía modernizarse el supremacismo andaba agazapado, temeroso de que los inmigrantes andaluces, gallegos y murcianos disolvieran la identidad catalana en la española. Agazapado pero dedicando todas sus energías a “construir nación”. Cuando ya la modernización, con todas sus contradicciones, del conjunto de la sociedad española es una evidencia, y el complejo de superioridad carece de razón alguna que lo sostenga, el supremacismo sólo se puede conservar entrando en la senda de la locura.

Quien ha fundado su identidad y diferencia en la superioridad no puede reaccionar de otra manera que convenciéndose de la inferioridad e incompetencia de su presunto contrario, así como de la persecución que sufre por este. Y tiene que seguir haciéndolo dispuesto a comerse los pedruscos que está lanzando sobre su propia cabeza. Al final no van a tener más motivación que la de esos chavistas que aun pasando necesidad y pobreza se alegraban de que su empresario lo fuera a pasar mal de verdad. Pero en el caso catalán el mito postrero de que España lo va a pasar peor que la misma Cataluña, de que los “miserables” de España no van a poder seguir “chupando” de la generosa Cataluña, va a dejar paso a la evidencia de que los vampiros son sólo paisanos, los peores paisanos, y de toda la vida. Al menos que esto se haga evidente es un peligro provocado por los cabecillas del Procés y que no van a tener más remedio que afrontar.



sábado, 7 de octubre de 2017

EL FARAÓN ANTE EL ABISMO


Nada se puede comprender si no se tiene en cuenta el pavor cerval del que es presa no sólo Rajoy sino todo el P.P. Pavoro a que cualquier paso hacia adelante provocará tal castigo de las izquierdas picapiedra, que los puede abocar a la desaparición. La impugnación de la vicepresidenta, no por inacción sino por “sobreactuación”, es un ejemplo. La derecha se siente rehén de los Picapiedra, pero no por su debilidad parlamentaria, sino como consecuencia de asumir su derrota ideológica ante la opinión pública. El miedo al reproche de que pretenden desviar la atención de la corrupción es un motivo nada baladí de que el PP no ha hecho nada para detener el Procés. A nada se atreven sino van de la mano de Sanchez, ...mientras éste sólo espera el momento de dar “su golpe”.

Bien preocupante es que, por todas las señales, o la falta de señales, nada se mueva en el organismo del PP. Parecen haber asumido que ante la población son un partido corrupto y que esa imagen, sea verdadera o falsa importa poco, ya es una losa inconmovible. Así sólo pueden actuar a escondidas, sin nada que defender y sólo para defenderSE. Carecieron de reflejos, de claridad y de valor para depurarse ante la opinión pública y cerraron filas tras el principio de autoridad, como si descabalgar a Rajoy fuera a dar por bueno que son por naturaleza corruptos. La única gran habilidad de su líder ha sido manejar ese complejo y trasladarlo a su base social haciendo de SU miedo a la izquierda su principal baza electoral y propagandística. Es decir transformando su miedo ante la opinión pública en miedo de su opinión pública a la reedición del frente popular.

Pero aun es peor que se da carroña a la campaña picapedrera y separatista de que toda la culpa la tiene Rajoy. Porque ya la gente no va a discriminar entre la imputación picapedrera,( de que es culpable también de lo que pasa en Cataluña por “no dialogar” y no ofrecer lo que ellos denominan “soluciones políticas” , es decir reconocimiento del derecho de autodeterminación), y la imputación lógica de su inacción culpable. Los PPeros deben soñar que dos imputaciones antagónicas se anulan entre sí. Tal como en matemáticas uno menos uno es igual a cero. Vamos que guste o no a la gente, España sólo tiene al PP. Por eso que sólo se atreva a dar sopapos y collejas a Rivera a la menor ocasión.

Lo único que parece mover al PP es el instinto de supervivencia. Instinto que lo lleva a una loca huida hacia donde sea, para esconderse de rincón en rincón y de madriguera en madriguera. Únicamente cuentan con la esperanza de la división entre los picapiedra y entre los separatistas. En este caso la angustiosa espera de que el suflé de la sedición se desinfle por sus propias contradicciones.

Pero sin comerlo ni beberlo la inacción del PP ofrece razones a la izquierda picapedrera para actuar y echarlo. No ocurriría así si por ejemplo cumpliese con su deber ¿se atrevería llegados a este punto Sanchez a oponerse abiertamente a la aplicación del 155, por mucho que no lo apoye? Pero sin atreverse a ello y promoviendo hasta el final la desesperanza ¿no se predispone a la población a agarrarse a lo que sea que parezca que es algo? ¿no se justifica que vengan otros a “hacer algo”? Incluso podemos llegar al caso de que Sanchez se canse de esperar a que Rajoy “dialogue” con los golpistas para dar el paso.

Lo esperpéntico es que en un momento en que la mayoría de la opinión pública, espoleada por el discurso real y por las vergonzosas imágenes de humillación a que están sometidas la Policía y G.C., deja atrás los asuntos cotidianos, entre ellos la rabia contra corrupción, y empieza a atender a lo que hay que atender, la derecha oficial siga con su cálculo de supervivencia y también sea incapaz de liberarse de su pavor patológico. Vease Maillo o Perez de Vigo. Han creado unos mecanismos de autodefensa tan sofisticados como los de los faraones para proteger sus tesoros en su sepulcro. El faraón se ha de llevar con él a la tumba a toda su servidumbre y fieles.

Sin embargo ante el abismo, ya la inacción total tiene poco recorrido. A Rajoy se le presentan dos alternativas. O suspender la autonomía y encarcelar a los cabecillas del golpe o promover “el diálogo”, a la desesperada y con los Picapiedra a la espera. Lo curioso, lo patológico, es que es más propenso a creer que hay más posibilidades de que lo primero lo lleve a la tumba que lo segundo. Veremos.

jueves, 5 de octubre de 2017

UN VALIENTE ANTE UNA PARTIDA DE "VALIENTES"


Pobres conjeturas a propósito de lo que nos hace pasar lo que está siendo la Qataronia 

El discursazo fue doblemente real. Por quien lo dio y por asumir sin ambages la realidad, incluyendo el monarca su propia realidad y lo que se juega. Desde luego pretendió animar a la población desamparada e instar al gobierno a cumplir con su deber. Pero no es muy aventurado conjeturar que además pretendía desmontar lo que parece ser el plan gestado en los lares de Roures.Que de inicial entelequia debe estarse pasando de castaño oscuro. 

Como es sabido dicho (presunto) plan pretendería un gobierno picapiedra gestor de un referendum legal, o cuantos hicieran falta, se supone que a cambio de que los sediciosos dieran una tregua y pasasen a la espera. Había que contar con el otro picapredero, Sanchez. Por lo que parece este comparte la intención, pero ya no se atreve a descabalgar a Rajoy con una moción de censura. Sería su ruina. 

Pero la misteriosa actitud de Rajoy ante el golpe daría esperanzas de que este se avenga al “dialogo” y lleve a cabo la ingrata faena de consagrar un referéndum y el fin de la soberanía nacional. Después los Picapiedra de gobernantes podrán gestionar “a su pesar” algo tan ingrato. Que ya tuvo que gestionar De Gaulle, no menos a su pesar,la independencia de Argelia y no salió mal del todo. Claro con la pequeña diferencia de que Cataluña forma parte de España desde siempre que España es España y Argelia era una colonia.

Pues desde luego, bien mirado, como hay que mirarlo, Rajoy es sobre todo un misterio. Uno pensaba que lo era por el contraste que ofrece en estos lares, pero lo sería en cualquier parte del mundo. Sus designios son inescrutables e incluso es inescrutable si tiene designios. Podría ser un genio inconmensurable de beneficios tan inmensos para la historia de España, como Buda los tuvo para la historia de Oriente. Podría por el contrario, estar más próximo a los anélidos rastreros, convencido que lo mejor que ofrece el mundo está por debajo de la tierra y así acabará tragado por la tierra sin oficio ni beneficio. La opinión está dividida pues el personaje anima a que se mueva entre estos extremos.
Uno cree más bien que es un providencialista de los tiempos ilustrados, que ya es complicado. Que para él lo único cierto, más todavía en tiempos de mudanzas, es el expediente del momento que hay sobre la mesa, y que al final las aguas por muy desbocadas que esté siempre vuelven a su cauce. Que no hay que ilustrarse mucho, por eso es un ilustrado peculiar, porque la ilustración distrae de la atención al expediente. Y si lo más importante es al fin lo que nace de nuestras entrañas, para Rajoy “lo de Cataluña” debe ser otro expediente aunque un poco raro, qué se le va a hacer.

En cualquier caso y con toda coherencia, nada parece creer más profundamente que el suflé se ha de desinflar o explotar por si sólo y que intentar pincharlo lo fortalece y solidifica. Sabedor de que de hacer algo puede jugársela no esta dispuesto a hacer nada sin los socialistas. No vale la pena insistir en este punto lo decisivo que es su fidelidad a la conciencia de debilidad moral, en lo que a política se refiere, con la que la derecha está encadenada a la voluntad de las izquierdas en general.

Pero este silencio anima y paraliza a la vez al Picapiedra bis. Tal vez lo esté desesperando. Pues si Rajoy no activa la defensa del Estado de derecho, tendrá que “dialogar”, pensará Sanchez. Pero no pasa ni lo uno ni lo otro. Igual, podría temerse Sanchez, el mágico Rajoy juega a que el desmoronamiento de la dignidad y la física del Estado en Cataluña y los desmanes independentistas alarmen tanto a la población que no tenga más remedio que avenirse a dejarle hacer algo y respaldarlo.

Con esto ya cabe descartar otra variante. Si Rajoy pensaba que sería preferible dejar el tren en marcha y desbocado, aun proclamada la independencia, o no evitándola, para que se estrelle ante el muro de la U.E. , de Macrón y Merkel, es indudable que a estas alturas tanta sangre fría sería el suicidio definitivo. Aquí es claro que los Picapiedra tendrían un motivo suficiente para echarlo, con el fin de “dialogar” para salir del atolladero. Con la consecuencia “no querida” de que España pase a ser una curiosidad histórica, eso sí de las más simpáticas y coloristas, con su leyenda negra incluida ahora actualizada y catalanizada.

Nada debe dar más ánimos a los Picapiedra que lo que parecen pinitos, (¿sólo pinitos?) de la mediación eclesial vaticana. Podemos consumar a una versión secular y posmoderna del “credo quia absurdum” de Tertuliano (por si se necesitara una aclaración, que no creo, era un padre de la iglesia del II/III de nuestra era, no precisamente lo que su nombre indica): la defensa de la Iglesia en nombre del más furioso anticlericalismo; la Iglesia amparando a los anticlericales, y amparfándose en ellos, como si fueran sus verdaderos hijos.

Así Rajoy no se mueve sino le da la mano Sanchez; Picapiedra bis no da el paso diseñado si Rajoy no “dialoga”. Parece una partida de “valientes” que se dirigen al precipicio. En estas la “intromisión” real debe haber sido vista como la entrada del elefante en la cacharrería. Al respecto, en la Generalitat aullidos“¿Pero qué pasa en Madrit?”, “¿se “dialoga” o qué?”

De toda esta turbulencia sólo queda claro y salvo el honor del monarca. Veremos si de la ciudadanía española. Por ahora la influencia inmediata en incierta, el valor histórico seguro. Estamos ante la paradoja de que si la Monarquía cae lo hará con honor y si llega la República en estas circunstancias lo hará con infamia y vergüenza. Al menos P.I., el Picapiedra primero, ya no puede aspirar a proclamar su República como si esto fuera a ser la salvación de la patria, más bien lo contrario. Y no lo digo porque uno modestamente sea más monárquico que republicano, no es eso lo que ahora importa.

viernes, 29 de septiembre de 2017

TODO EMPEZÓ CUANDO...


Una guerra incivil, luego cuarenta años de dictadura y arrogancia, después cuarenta años de democracia y gilipollez.
La primera revolución nazicomunista en el cogollo de Europa y en una acreditada sociedad abierta y de bienestar.
Primer caso de desnacionalización de una nación ya sobradamentemente nación, aunque no todos lo sepan y a más de la cuenta les de asco.

Todo empezó cuando el pueblo creyó que democracia significa fiesta y las élites se pusieron a pagar la fiesta.

Todo empezó cuando las izquierdas creyeron que desnazificar significa desnacionalizar.
Cuando propalaron que patriotismo significa franquismo.
Cuando se embelesaron con los protonazis realmente existente como si fueran aliados progresistas y demócratas.
Cuando creyeron que el buen ciudadano ha de ser un sabueso de fachas y como mínimo llevar siempre disponible la palabra facha en la boca.

Todo empezó cuando las élites de derechas asumieron que resultaban sospechosos por existir.
Cuando se refugiaron en la ilusión de que la política es el arte de tramitar expedientes, apañitos de sofá y de vez en cuando hacer charletas de casino.
Cuando creyeron que no pasa nada aunque parezca que pasa algo.
Cuando creyeron que no pasa nada si a la gente se le convence de que no pasa nada.
Cuando creyeron que a la gente se les convence de que no pasa nada si hace como si no pasa nada.
Cuando creyeron que el pueblo sólo pretende llenar la barriga y que se le deje dormir en paz.
Cuando creyeron que los protonazis eran socios, aunque un poco pillos.
Cuando creyeron que la verdad es una provocación.

Todo empezó cuando las teles comprendieron que la explotación de la bronca y la camorra era el negocio más lucrativo. Que más la vemos cuanto más miserables, explotados y oprimidos nos creemos.
Todo empezó cuando los maquiaveliños despertaron el monstruo para que el pueblo, por miedo invencible, disculpase su corrupción o la pasase por alto.
Todo empezó cuando el monstruo se fue de cañas con los verdugos de la nación y la democracia.
Todo empezó cuando los “desnazificadores” creyeron que con la revuelta (“que no es una revuelta sire, que es una revolución”) se acaba con el maquiaveliño.
Cuando hicieron causa de que lo único que importa es acabar con el maquiaveliño.
Todo empezó cuando el maquiaveliño temió que el pueblo le hiciese pagar que se acabó la fiesta.
Todo siguió cuando el maquiaveliño creyó que si prorrogaba la fiesta no podía pasar nada.

Todo acabará cuando al pueblo le duela más quedarse sin fiesta que quedarse sin nación.

LOS COFRADES


Curiosa cofradía de la Iglesia y la derecha española. La Iglesia se ha refugiado tradicionalmente en la derecha y el Estado para conservar sus posiciones sociales y el valor de su tradición. Nada que objetar. El católico medio se ha confiado a la derecha para poder vivir en paz con sus creencias y evitar que el Estado sea presa de las ínfulas anticlericales. Normal.

La izquierda ha hecho de la presunta hermandad entre la derecha y la Iglesia causus belli. Es indiscernible si arremete contra la Iglesia para suprimir a la derecha o viceversa. Pero la derecha aguanta el tipo de un régimen de separación de Iglesia y Estado con respeto preeminente a la tradición católica. La Iglesia sigue acogiéndose a ese beneficio, medio privilegio, medio derecho (la historia y las costumbres mandan) y la izquierda sigue así el acoso contra la Iglesia por esa ambigüedad.

Pero en un mundo nihilista la Iglesia puede acabar, está acabando, en una ONG universal, eso sí de las más importantes. El temor al abismo la empuja a hacer política hacia donde sopla el viento. Como siempre, cabe añadir ¿recuerdan a Pio XII y los nazis?. Claro Juan Pablo II una excepción. Gran honra. 

Ya los creyentes de toda la vida son una rémora, los nuevos tiempos pasan por aquellos que llevan del ronzal a la opinión pública, mueven masas y son los héroes de la Tele y de la Red. La Iglesia anda sensible a la ley de la calle y ahora la “ley del cole”, que es parecido y además suena a colegueo. La Ley de verdad es discutida y discutible, todo ha de quedar sometido al “diálogo”, es decir a la ley del más fuerte.

La primera víctima la España constitucional y de toda la vida, convertida en “los pueblos del Estado”. Creyentes de toda la vida desamparados y apenas malrefugiados en la derecha, tal vez para que defienda a la Iglesia pero ya también para que los defienda de “su” Iglesia.

Y alguien de la derecha puede empezar a pensar ¿por qué aguantar el palo de una Iglesia que equidista entre la nación y quienes la destruyen? ¿por qué no aplicar a la Iglesia el programita podemita o cuanto menos socialista? Al menos la izquierda no podría despreciar a España o ponerla en cuestión en nombre de su anticlericalismo secular. Y además la izquierda ya carecería de uno de los principales reclamos con la que alimenta a su grey.

Pero también un problema nuevo e inaudito para el ciudadano medio demócrata, patriota y constitucional. ¿Cómo ser demócrata patriota y constitucional y no caer en la tentación de ser anticlerical o al menos antiobispal o antipapal? Lío y zozobra por doquier.

jueves, 14 de septiembre de 2017

¡NACIONES DEL MUNDO DESUNÍOS!


De los tres afluentes que nutren el río separatista catalán, el suprematismo urbanita de toda la vida, el criptocarlismo pagés quintaesencial y el de los revolucionarios autodeterministas, este último es el más reciente pero fluye repleto de aguas bravas, con las que se revitaliza, tal como hacían las bandas de la porra, lo que parecía definitivamente caduco. Adorna además al independentismo con la patina más preciada de los Shares mediáticos, la rebeldía antisistémica de los “incorruptibles” y “desheredados”. Pero no ha surgido de repente.

En una charleta cercana Tardá y Rufián afirmaban que la independencia de Cataluña no era un fin en sí mismo sino que era un medio para alcanzar la República y la igualdad social. Pero además no pretendía sólo el beneficio de Cataluña, sino salvar a España de Rajoy …y de paso de sí misma <me atrevo a apostillar>.

Tan peregrina idea no merece en sí misma mucho comentario, pero lo merece por lo que tiene de escasamente original, por lo que nos retrotrae a los tiempos lejanos de los estertores de la lucha antifranquista e incluso de mucho más lejos por supuesto.

Era común a la única oposición activa existente contra la Dictadura, el PCE y la dispar familia de grupos y grupúsculos comunistas, el cuidado de “la cuestión nacional”, es decir los nacionalismos reales o imaginarios. Predominaba la doctrina leninista/stalinista según la que la revolución socialista o popular conllevaría el ejercicio de tal supuesto derecho. Pero eso sí ejercido una vez realizada la revolución, con lo que ya se sabe por descontado cual sería el resultado. En teoría bien a través de una República “burguesa” como sostenía el PCE o bien ya en el marco del régimen revolucionario como sostenía otros, el resultado sería la restauración de los estatutos de autonomía de la II República y aquí paz y después gloria.

Se pretendía con el señuelo de la autodeterminación ganarse a las burguesías nacionalistas vasca y catalana, a quienes se les otorgaba sin mucha advertencia crítica la condición de impecables demócratas y progresistas. Seguro que además se alegrarían sobre manera al ver satisfechos sus derechos dentro de una República española democrática. Pero también y sobre todo se pretendía legitimar de esta manera el imaginario régimen alternativo, más tarde o temprano revolucionario, en el pasado de la II República.

Con la apuesta en favor de la transición el derecho de autodeterminación se adaptó al derecho a la autonomía. El PCE y otros como la ORT o Bandera Roja interpretaron que el derecho de autodeterminación tenía su satisfacción práctica con las autonomías y que, establecidas estas, ya quedaba amortizado.

Una excepción fueron algunos grupos extremosos, MCE, PTE, Trotkistas varios no digamos el FRA...etc, irrelevantes a escala general pero muy influyentes en ambientes muy sensibles como las universidades, algunos núcleos fabriles y el campo andaluz, por ejemplo. Imposible la ruptura y la revolución directa, confiaron en el banderín de enganche del derecho a la autodeterminación para iniciar un proceso revolucionario. Ya no sería un “derecho” ejercido al hacerse la revolución, sino una reivindicación que, o bien podía incendiar la chispa de la revolución o bien mantener encendida su llama.

Animaba a esta corrección estratégica la eclosión de movimientos nacionalistas y localistas de todo tipo en las diversas regiones. Se evidenciaba que las banderas disgregacionistas tenían mucho mayor empuje que los envejecidos slogans revolucionarios y que incluso resultaba lo más atractivo y movilizador. La apuesta por iniciar un proceso revolucionario nació muerta cuando la inmensa mayoría de la nación demostró su voluntad, pero la extrema izquierda inició un proceso de batasunización que contagió a su medula ideológica y que ha derivado en las más variadas manifestaciones y “mareas” al sostenerse en el tiempo, debido sobre todo a la cobertura que ha ofrecido el vigor de HB.

Por su parte la izquierda ya asentada en el sistema se vio expuesta a una imperceptible transformación ideológica de más profundo calado. Ya con el PSOE a la cabeza, del corazón socialista no pudo disiparse el prejuicio de que la única fuente de legitimidad posible de un régimen democrático era la II República. Así asumió racional y pragmáticamente, la transición y la Constitución, pero con el corazón partido. Esta esquizofrenia se moderó con el éxito de F. Gonzalez y la promesa de una victoria permanente sobre la derecha, pero no curó las heridas del corazón, es decir la nostalgia de una II República mas imaginaria que real. Porque cuanto más identificaba a la derecha con la herencia franquista más excitaba en el inconsciente de los suyos las ganas de saldar cuentas.

Las autonomías resultaron una válvula de escape hasta cierto punto inesperada. Al menos distraía, en principio, de la melancolía. Por supuesto no por lo que significaban de solución al problema que planteaban las reclamaciones insaciables de los nacionalistas, ni como solución administrativa más o menos eficaz, sino como fuentes de adhesión emocional alternativa a la sospechosa idea de España. Por extensión la clase política constitucionalista aprendió a fidelizar a la población a través de la lealtad prioritaria a propia autonomía evitando complicarse la vida con la defensa expresa de la, repito, incómoda idea de España.

Una deriva no menos influyente fue la que encabezó el PSUC, cuando interpretó la doctrina eurocomunista de acceso democrático al gobierno de la mano de la derecha democrática, el “Compromiso Histórico”, como medio para la creación de una hegemonía social y cultural de izquierdas en los términos de una estrategia para alcanzar un régimen de izquierdas en Cataluña. Lo relevante es que esto implicaba la apuesta por su plena catalanización en términos políticos e ideológicos. Pero en el sentido estricto de la palabra y no como mero reclamo retórica: Se instauraba la doctrina de que la única lealtad debida de los trabajadores catalanes es la nación catalana, mientras que la solidaridad y “fraternidad” con los demás “pueblos de España” es cosa de generosidad o conveniencia. El PSUC quedó marginado, pues corrió demasiado, pero señaló el camino al futuro PSC.

De estos retales se ha ido cosiendo el traje de la ideología pronacionalista de la izquierda en general, en un proceso que, por contradictorio y esquizofrénico en su raíz, es incurable y no puede tener fin. En especial la interpretación, que en esta domina, de que la pluralidad de España significa que España no es más que un conglomerado ocasional de pueblos cada uno hijo de su padre y su madre, una forma de unidad más o menos oportuna pero en el fondo extraña cuando no estrafalaria.

Ahora el procés resucita el viejo sueño de “a la revolución por la autodeterminación”. Mientras unos revolucionarios irredentos aspiran a la libertad de “su pueblo” los podemitas aspiran a la “libertad de los pueblos” mediante la conquista conjunta del Estado “centralista”. Se supone que P.I. es perfectamente consciente de que no puede quemar sus naves fiando la revolución al éxito de la independencia catalana. Su estrategia de aprovechar este empuje para legalizar de alguna forma el derecho de autodeterminación para “todos los pueblos de España”, carecería de sentido si se demuestra su complicidad con la sedición. Por eso ha de esperar hasta donde llega la rebelión sin parecer que la reprueba o que la acompaña, pero dejando clara la simpatía. Porque Sanchez va a dejarse querer en lo fundamental, mareado como está entre la nación y las naciones. Que para ser querido se ha mareado tanto.

Son episodios tácticos de la avanzada metamorfosis de la tradición marxista de toda la vida en multinacionalismo revolucionario y “fraterno” de nuevo tipo. Y ninguna experiencia como la del Procés para acelerar la deriva natural que sufre el revolucionarismo marxista. Su influjo convulsiona el ADN ideológico del nuevo marxismo, como ocurrió con los progres basatunizados. “¡Naciones del mundo desuníos!” Pero, dicho en su honor, conservando el espíritu esencial: se trata de hacer la revolución como sea y donde sea y en nombre de lo que sea. Para tal fin ha de servir y estar bien afinada la intuición infalible del buen revolucionario y del “hombre nuevo” de toda la vida, ante los vientos cambiantes de la historia.






martes, 12 de septiembre de 2017

LA PRUDENCIA




Hay razones evidentes en favor de la extrema pulcritud con que el Gobierno procede contra el Golpe separatista. Nada menos que la necesidad de cubrirse las espaldas, por si no tiene otro remedio que actuar más contundentemente, empezando por aplicar el 155. Pero se hace de la necesidad virtud.

El gobierno cree que no debe actuar más que como lo hace, es decir evitando la respuesta proporcionada que requiere el hecho consumado del desafío, para no provocar más victimismo. Pero la razón de fondo, lo que verdaderamente teme el gobierno es que la sociedad española no le siga ni le apoye e incluso se la haga pagar.

Aparece así esta prudente pulcritud como efecto y expresión de la incapacidad de los españoles de hacer frente unidos al desafío hasta sus últimas consecuencias, pero no es menos causa de ello, aunque el gobierno no lo pueda admitir. En su beneficio cabe pensar que no es que el Gobierno se disculpe, parapetándose detrás de esta deficiencia, sino que está convencido de que tal desunión es insuperable y decisiva. Sin duda espera el Gobierno que, de no tener más remedio que bajar a la arena, se reconozca que ha tratado de evitar algo tan indeseable. Pero incurre en un gran riesgo, del que no es claro que sea consciente.

Ha prometido que basta con las medidas judiciales y que todo está perfectamente controlado en todos sus pasos. De forma todavía más arriesgada ha dado a entender que en ningún caso haría falta llegar al extremo de sortear la línea roja, es decir tener que hacer valer la fuerza que detenta legítimamente el Estado, porque nunca el desafío alcanzaría una situación de no retorno.

Pero de esta manera provoca que tal medida se considere, de suceder, una especie de victoria moral de los golpistas. Y lo que es peor, que se considere algo ilegítimo, aunque fuera legal. El problema ya no es pues si harán falta medidas verdaderamente “proporcionadas”, justas y legítimas, sino si la sociedad española está en condiciones de comprenderlas y respaldarlas.

Sin comerlo ni beberlo y pretendiendo tal vez lo contrario es la misma dignidad del Estado, frase grandilocuente normalmente pero ahora verdadera y me temo que oportuna, lo que anda tan en entredicho, hasta tal punto que amenaza preceder a su propia desaparición, al menos como Estado español.

Narra S. Zweig cuando, en los inicios de la revolución francesa, se truncó la fuga de los monarcas franceses en Varennes, …

“Pero en realidad esos cinco días <los que transcurren de la huida de Paris al regreso humillante> han sacudido más los fundamentos de la Monarquía que cinco años de reformas, porque los prisioneros <los monarcas>ya no son testas coronadas (….)
Mas esto no parece conmover mucho a este hombre agotado. Indiferente a todo es indiferente a su propio destino. Con mano inconmovible, no anota en su diario más que: “Partida de Meaux a las seis y media. Llegada a París a las ocho, sin estancia”. Es todo lo que un Luis XVI tiene que decir sobre la más profunda humillación de su vida. Y Petión <comisionado por la Asamblea Nacional para devolver a los fugados a París> informa asimismo: “Estaba tan tranquilo como sino hubiera pasado nada. Se podría pensar que volvía de una partida de caza”. (María Antonieta. S.Zweig)

Sería sin duda desproporcionado ilustrar, de esta manera la actitud del Presidente del Gobierno, pero espanta pensar que hay razones para que tal caricatura resulte mínimamente verosímil. Sobre todo porque cabe la sospecha de que ha estado en todo momento convencido de que el desafío nunca se iba a consumar y todo se iba a reconducir en la debida forma, sin molestar a nadie. Como si actuando mansamente todo se amansaría, o simplemente que nunca podría ser para tanto pues vivimos en una sociedad civilizada.

jueves, 7 de septiembre de 2017

LA PROPORCIONALIDAD


Es justo y correcto actuar con proporcionalidad, disculpen la redundancia. Pero los que invocan la proporcionalidad, dando a entender así lo que NO van a hacer y no lo que van a hacer, debieran explicar cual es el término de la proporción, es decir el proceder justo, en el caso de un Golpe de Estado. 

Como sin duda se trata de una cuestión política y no meramente una cuestión jurídica ordinaria, sin duda lo pertinente, es decir proporcional, sería someter a los golpistas, respetando y aplicando el Estado de Derecho que estos pretenden suprimir. Hay legislación suficiente en la Constitución y en el código penal que viene como anillo al dedo. Pero según los cálculos de los que invocan la proporcionalidad, el Gobierno y los partidos constitucionalistas, esto sería desproporcionado. 

Como no cabe duda de la buena voluntad del Gobierno, en especial, seguramente que esta paradójica conclusión obedece a un cuarteto de temores básicos.

El temor a que los sediciosos la armen con ganas y que atraigan para su causa a tantos y tantos catalanes confundidos que se sentirían agraviados.

El temor a que las izquierdas, en esto no hay distingos, cierren filas responsabilizando al gobierno por “la falta de diálogo”, ausencia de reformas e incapacidad de “seducir” a los catalanes. Que rizando el rizo las extremas izquierdas “nacionales” aprovechen para extender la revuelta en toda España.

El temor a que la gente sencilla y potenciales seguidores descubra que había algo muy gordo cuando se le aseguraba que no pasaba ni podría pasar nada y le reproche consecuentemente que trata de endilgarles lo que debiera resolver y ya estar resuelto.

El temor más trágico posible de que en caso de que los plasmas se calienten la opinión pública mundial tome cartas en el asunto y le reproche la represión y la violación de los derechos humanos de los catalanes.

Se trata así de hacer lo que se pueda pero con estas “limitaciones”. Proceder enérgicamente pero sin provocar ni alarmar.

Quizás sea esto lo razonable, según el grado al que se ha llegado. Pero sería un abuso seguir con el eufemismo de la fortaleza del Estado de Derecho. Igual que se ha demostrado abiertamente la catadura moral de los separatistas desde el atentado de Las Ramblas hasta el remate del Akelarre del Parlament, se ha evidenciado la debilidad ideológica y política de la sociedad española que ha de sostener al Estado de Derecho. No llamemos pues fortaleza a lo que es profunda debilidad e impotencia. ¿Permitiría una sociedad consciente y comprometida con sus derechos y de los fundamentos de su convivencia el Procés, el Preprocés y ahora el Posprocés? ¿De donde vienen pues esas “limitaciones” que el gobierno piensa que no tiene más remedio que respetar?

Seguramente si el Gobierno y de paso la clase política constitucionalista diera una muestra de fortaleza haciendo un ejercicio de humildad, es decir mostrando la gravedad de lo que está en juego, muchos españoles podrían empezar a despertar de la modorra.




martes, 5 de septiembre de 2017

¿CORRUPCIÓN Y MENTIRA EN CATALUÑA? YA NO TOCA.


Ni la manifiesta corrupción engendrada en la entrañas del sistema nacionalista catalán, ni las mentiras flagrantes que han envuelto el atentado, han despeinado un ápice a las élites y huestes que persiguen el separatismo. Pero tampoco ha mermado el sometimiento de la sociedad catalana potencialmente antiseparatista. Lo primero no mueve a sorpresa alguna. Lo segundo debiera hacerlo.

El separatismo ya es un movimiento de masas perfectamente cuajado, que se atribuye el derecho moral sobre el Estado de Derecho, con la ventaja de que carece de resistencias ideológicas y hasta ahora legales. Las masas quieren unirse más de lo que están unidas y expulsan o regurgitan para su engorde lo que se le opone o molesta. No necesitan justificar su mala conciencia por ser cómplices de la corrupción de su Govern y Partit, al consentirla, alimentarla, o justificarla, porque no tienen asomo de mala conciencia. No les parece ni bien ni mal, ni justificado ni injustificable. Es evidente que existe y lo saben. Tampoco se lo ocultan. Lo asumen como si hubiera caído un chaparrón en medio de la carrera. Corremos mojados pero seguimos corriendo, ya se secará.

Cuando uno, que teme que se le considere un imbécil, proclamaba en el Parlamento que quieren una República catalana para acabar con la corrupción, las masas ni se lo creen ni se lo dejan de creer. De la misma forma que tampoco se lo creía o dejaba de creer el mismo orate. Sólo por un prurito de honor, a la vista de la estupidez proclamada, trató de apartar de sí el cáliz de la imbecilidad.

Estamos en el punto en que lo que no mata engorda y, como ocurre en lo sueños y en la magia, todo sucede de cualquier manera con tal de que sirva para el efecto deseado. Como dejó dicho Kierkegaard, y por lo demás es evidente, a nadie que vive de su ilusión se le puede disuadir con razones. “A más” cuanto la ilusión más quimérica sea, se podría añadir. (Por cierto quisiera aclarar. La quimera no es la posible independencia, la quimera es que eso signifique bien alguno y no conlleve una gran catástrofe).

Según esto, es lícito pasar de la incongruencia de achacar a la corrupción de “Madrit” todos los males y reclamar por ello la independencia y buscar en la independencia la garantía de impunidad por la corrupción propia. Instalados en el sueño no hay contradicciones. La única lógica que en la contestación impera es que “ahora no toca”. Es decir “nuestra” corrupción da igual que exista como que no exista. En todo caso es un problema “nuestro”.

Pero tampoco los antiseparatistas han reaccionado, al menos según la ocasión lo pide y permite. El gran éxito histórico del separatismo ha sido exorcizar de raíz cualquier atisbo de crítica u oposición que pudiera poner en cuestión ya no las posiciones conquistadas sino la tendencia general del movimiento. Aunque en su origen (tiempos de la transición, Felipe Gonzalez..etc), no predominase una voluntad decidida de buscar la independencia, más que nada porque las fuerzas y la actitud de “Madrit” eran inciertas, los separatistas de corazón, es decir nacionalistas en general, tuvieron la intuición de identificar cualquier motivo de disconformidad que pudiera atravesarse y cuestionar su presunta supremacía moral. Esta dicta que la lealtad a Cataluña no sólo está por encima de todo, sino que conlleva imperiosamente la deslealtad a España.

Por esta y otras razones que no vienen al caso los ciudadanos potencialmente ajenos al imperio nacionalista, al menos el sesenta por ciento de los catalanes, han quedado anulados y diseminados políticamente. Pero sobre todo intoxicados. Lo primero de todo es ser “buen catalán”, es decir no contradecir al nacionalismo. Aceptada de inicio la premisa de que el nacionalismo era una fuerza democrática y de progreso, el espíritu antinacionalista se refugiaba en ser de izquierdas y cuanto “más rojo” mejor, pretendiendo así ser tan democrático y progresista como el nacionalismo. Ser de izquierdas era la mejor forma de ser buen catalán, pero no nacionalista. Durante un tiempo la población hispanocatalana creía que estaba permitido ser leal a Cataluña y a toda España a la vez(solidaridad se llama eso) y sin contradicción alguna. El espejismo se deshizo y ahora hay que corroborar ser de izquierdas con ser nacionalista en el sentido estricto de la palabra.

Tratando de huir de esta fatalidad “los buenos catalanes y de izquierdas”, que seguramente constituyen la mayoría entre la población no separatista de la sociedad catalana, se han cobijado tras Colau y Podemos. Parecía ante todo un aval de que se es buen catalán, cosa incompatible con ser de derechas no nacionalista. Esperan caer simpáticos a los separatistas y escapar a la vez de sus fauces. Pero el Colaupodemismo se atiene sobradamente al guión que ya asumió el PSC en su tiempo. Cree que la furia contra la derecha (del “Estado” por supuesto) les exculpa de su escasa fe separatista. Cree que todo lo cura un gobierno de izquierdas. En el Estado un gobierno de izquierdas para acabar con la corrupción. En Cataluña un gobierno de izquierdas a pesar de la corrupción. En Madrit la lucha contra la corrupción es cuestión de vida o muerte y de justicia divina. En Cataluña es cosa fea la corrupción pero luchar contra los corruptos ahora “no toca” a mayor gloria de un gobierno de izquierdas. Es el matiz diferencial entre Cataluña y “el Estado” desde la perspectiva de “todas las izquierdas”.

Con estos fines comunes todas la combinaciones son posibles. Resulta secundario si el gobierno de izquierdas catalán sucede a la independencia o la precede. También es secundario si es palanca para el gobierno de izquierdas en “el Estado” o si un gobierno de izquierdas “estatal” es el paso necesario para el catalán. Habrá quienes se conformen con un gobierno de izquierdas sólo en Cataluña y quienes lo quieran también para “el Estado”. Antes que despejar esas dudas lo único que parece tener claro el Colaupodemismo es que la colaboración con el independentismo no pica y además es imprescindible. Por lo visto esto conforma e ilusiona a las huestes de los “incorruptibles”, porque pase lo que pase vendrá algo tan mágico como un gobierno de izquierdas,... o dos.





viernes, 25 de agosto de 2017

LA MAESTRA DE ESPAÑA Y DE SUSO DE TORO


Del reverente y entusiasta artículo de Suso del Toro “Dos países, dos realidades” (que adjunto integro) me quedo con lo siguiente, sin menoscabo de muchas otras ligerezas dignas de ser confrontadas:

“Un país envidiable. Hace años deseaba que Catalunya fuese la maestra de España, evidentemente ya es imposible y solamente queda a unos la envidia y a otros la admiración.”

El nacionalismo catalán siempre se ha justificado por la presunta superioridad de Cataluña sobre España. Ha tenido la habilidad de mezclar el presunto liderazgo de la modernidad y el europeísmo con el carlismo agrario y carpetovetónico de la terreta. Pero con ello se demuestra que esta creencia en la presunta superioridad en nada se debe a que objetivamente sea más moderna o sea menos antigua de lo que debiera, según se deriva de los ingredientes de esta pócima. Tiene vida propia y sin duda complejos profundos. Este alarde de superioridad ha sido emblema dirigido no a “catalanizar España”, sino a “desespañolizar Cataluña”, pero en lo fundamental no ha tenido más función que sostener el mito de que España y Cataluña son realidades extrañas entre sí y que además España es un obstáculo para el despliegue de la potencialidad de Cataluña.
Ahora que no se puede dudar de la europeidad y modernidad de España, la presunta superioridad de Cataluña se retroalimenta de las mismas corrientes ya re-adaptadas. La de los que reclaman la independencia para que Cataluña sea “verdaderamente” moderna y europea, y la que promete con la independencia librar a Cataluña de los males de Europa, la modernidad y en suma “el sistema”. Que ambos presuntos antagonistas ideológicos converjan, como anteriormente lo hizo el liberalismo y el carlismo nacionalista, sin ningún problema, salvo ciertos desajustes estéticos, demuestra que el afán independentista no guarda relación alguna con las razones que se alegan. Si se objetivaran, esas razones caerían como un castillo de naipes.

Ya se hace el Sr Suso digno de habitar el Parnaso político cuando alega en favor de la independencia la presunta competencia de las instituciones catalanas y más aun tomando como ejemplo la gestión del atentado. Competencia que, si fuera cierta, las instituciones catalanas han podido desarrollar y ejercer dentro de España sin ningún problema, y que sino fuera tal, como así resulta más verosímil pensar a la luz de los hechos, no es debido a la falta de prerrogativas y poderes propios, sino seguramente a su afán de despreciar la adecuada colaboración con las instituciones nacionales.

No confundamos los términos. La escalada nacionalista ha distorsionado gravemente la competencia de los servicios públicos, cosa que en términos de la crudeza política no importa, si se ve capaz de sacar rédito político. Sólo se requiere habilidad modular la propaganda: unas veces toca destacar las dificultades que sufre la población como producto de la intromisión del centralismo, otras veces toca destacar el éxito de las autoridades como prueba de que se esta preparado para la independencia. Porque en realidad lo que permite la independencia, y ofrece la preparación necesaria, es tener fuerza suficiente para imponerla, venga de donde venga. Por eso Kosovo o Somalia están “preparados” para la independencia y la soberanía.

En términos humanos no es fácil saber si se empieza creyendo una mentira y luego se lanza o si se lanza la mentira y quien la lanza acaba creyéndosela. Por lo visto el Sr. Suso ha creído siempre en esa superioridad integral de Cataluña y es dudoso que en algún momento creyera en serio, como deja entrever, que eso debiera conllevar “la catalanización de España”. El Procés le ha debido convencer de que lo pertinente es la “desespañolización de Cataluña”. Es decir que la independencia de Cataluña es posible y está a la mano, y que cuando se está en esas hay que echar una mano o unas letrillas.
Es peculiar de los independentismos hispanos que se nutran y encuentren multiple afinidad y simpatía en todo el territorio español. Antes porque dolía el retraso de España, ahora porque debe doler su prosperidad, en términos de los países desarrollados. Tal vez ocurra porque la fuerza y la motivación de los nacionalismos sea una reverberación de las disfunciones mentales de la sociedad española en su conjunto. Pero es otra cuestión.

Al fin y al cabo la idea del Sr. Suso me ratifica en la sospecha de que lo que mueve al resentimiento de los nacionalistas catalanes contra España no es tanto que la sociedad española desprecie la diferencia y singularidad de Cataluña, sino que la aprecie, reconozca y respete suficientemente, pero sin llegar al extremo de apreciar y reconocer su presunta superioridad. ¿No debiera mover este aprecio a cuestionarse esa presunta superioridad y "maestría"? Porque una nación “libre igual y unida” (en feliz expresión de un navegante que no tengo la fortuna de recordar) es el mejor instrumento para que todos seamos maestros de todos y aprendamos de todos. ¿O acaso algunos no necesitan aprender de nadie?




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Dos países, dos realidades

Los atentados han tenido un efecto inesperado para cualquiera: han aflorado las estructuras de un estado
SUSO DE TORO
    Hace falta que pase tiempo para que una comunidad, a través de las instituciones que tenga, pueda ir reconstruyendo una realidad. Nunca será la misma, siempre habrá algo cambiado, un roto aquí, una pieza fuera de sitio allí, pero esa reconstrucción global permitirá que cada miembro de esa comunidad pueda reconstruir también su sentido de la realidad.
    Los atentados en Catalunya hay que enmarcarlos en la geoestrategia, la utilización que hace Arabia Saudí principalmente del wahadismo como un instrumento de poder en el mundo. Es monstruoso pero debemos aceptar que los amos de los terroristas son los aliados de nuestros amos. No es una paradoja, es una perversión política.
    Aunque la conexión de la célula organizada en Catalunya con los centros de decisión terrorista sea laxa, el atentado que preparaban tenía un contexto político local, seguramente pretendía incidir en una herida, en el conflicto entre el Estado y Catalunya que afronta semanas decisivas. Pretendía desgarrar la carne donde hay rozadura y herida, sin poder predeterminar si movería a la sociedad en una dirección o la contraria sí que pretendía aprovechar el conflicto político, parasitarlo, apropiarse de la jornada. Han asesinado y mutilado, han hecho daño a mucha gente pero una oportuna explosión los puso en evidencia y los obligó a precipitarse y matar fuera del contexto previsto.
    No podemos saber si los atentados moverán el ánimo y la opinión de las personas que van a celebrar su Diada nacional y votar el 1 de Octubre en un sentido u otro, sin embargo sí que han tenido un efecto inesperado para cualquiera: han aflorado las estructuras de un estado. Han catalizado las partículas del ambiente en el que ya estaba viviendo la ciudadanía catalana, lo que era gaseoso o líquido se ha hecho sólido.
    La evidencia va contra la política centralista de Rajoy, el de las 500.000 firmas, y Soraya, la del 10 a 0
    La población catalana acaba de comprobar que ya vive dentro de un país propio, perfectamente delimitado: durante una jornada trágica en que sentían que peligraba cada persona y el propio país Catalunya ha estado sóla, contando únicamente con sus propias fuerzas. Y sóla se ha enfrentado a sus enemigos, los ha combatido y los ha vencido con eficacia. La ciudadanía catalana ha vivido en esa jornada histórica la experiencia de la soledad, de la independencia, del valor cívico y, sobre todo, han conocido la evidencia de que en la práctica ya tienen un estado. Los catalanes reconstruyen sus días, su realidad desde si mismos, no precisan de virreyes coloniales.
    Esto lo ha vivido la sociedad catalana y lo hemos visto, desde fuera, cualquier ciudadano español que no esté completamente intoxicado por sus medios de comunicación. Catalunya es otro país, con sus estructuras y sus gobernantes; un país que, además, funciona ejemplarmente con profesionalidad, seriedad y eficacia. Un país envidiable. Hace años deseaba que Catalunya fuese la maestra de España, evidentemente ya es imposible y solamente queda a unos la envidia y a otros la admiración. Pero se impone la evidencia de la seriedad de la nación catalana, que ha sido retratada con burla, desprecio y mentiras por los políticos españoles y los medios de comunicación al servicio del IBEX. Esa evidencia entre la opinión va contra la política centralista de Rajoy, el de las 500.000 firmas, y Soraya, la del 10 a 0, una política seguida por el resto de los partidos estatales que le cuestionan a esa sociedad el derecho a votar y decidir.
    Los servidores de ese imperio de fantasía que sueñan en la corte madrileña creyeron que Catalunya era una autonomía suya, un país pequeñito, pero acaba de mostrarse a si misma y a los demás desnuda como lo que es, una nación adulta y capaz que por ahora carece propiamente de un estado.
    Los medios madrileños ocultan sistemáticamente la actuación de la policía catalana, los mossos, por “la policía”, cuando a diario se deleitan nombrando a la Guardia Civil y Policía Nacional
    Es cierto que una violencia tan brutal hace que aflore lo peor y lo mejor en la sociedad. Lo mejor se ha impuesto a lo peor. Lo peor ya era conocido, que algo tan terrible haya ido acompañado de un nuevo afloramiento de odio a lo catalán era previsible, por mucho que se quiera ignorar esa xenofobia a lo catalán está muy extendida en la población española, la extienden los partidos y los medios. Unos medios madrileños que, como en toda ocasión en los últimos tiempos, han actuado de forma casi unánime al servicio del PP y el Estado, ya confundidos ambos en una única cosa. Repitiendo como loros de “ Yes, we can” o “ Imagine” son incapaces de repetir “ No tinc por” necesitando traducirlo. Ocultando sistemáticamente la actuación de la policía catalana, los mossos, por “la policía”, cuando a diario se deleitan nombrando a la Guardia Civil y Policía Nacional. Esa perversidad, esa manipulación constante del lenguaje es indicativo de lo que ha regido hasta hoy: la ocultación, la negación y la exclusión de la realidad nacional catalana. Los españoles ignoran, porque sus medios se lo ocultan, que este Gobierno ha excluido a los Mossos de la información estratégica sobre terrorismo que recibían de otros gobiernos, cuando Catalunya era un objetivo principal del terrorismo. Esa muestra de autoritarismo antidemocrático, de colonialismo y de irresponsabilidad criminal es algo inaudito. Los españoles no serán informados de ello pero como los lectores de este periódico sí lo saben no insisto en lo sabido.
    Mariano Rajoy y la política española en estos momentos está tragando un sapo muy grande y los españoles asimilando una nueva realidad: bajo este estado hay más de un país y la foto con el monarca no es más que un imperdible obligado por la circunstancia extrema. En esa nueva realidad, quienes armados de la Justicia del estado como arma particular pretenden el encarcelamiento y el embargo de políticos catalanes ¿todavía sueñan con encarcelar a Puigdemont cuando la ciudadanía sea convocada a votar? ¿Con qué autoridad lo haría? ¿Qué autoridad tienen ante la ciudadanía catalana esos políticos que dejaron sus vacaciones para aparecer en una tierra y un país que le es más extraño que nunca? Frente a la autoridad colonial sólo cabe la autoridad de la ciudadanía, la que vota libremente.


jueves, 24 de agosto de 2017

SOBRE EL RADICALISMO Y LA RADICALIZACIÓN YIHADISTA.


Al explicar la radicalización política, especialmente yihadista, se suele incurrir en dos errores, con la consiguiente desvirtuación del fenómeno:

1.Se confunde con los procesos comunes de asimilación sectaria convencional, de carácter fundamentalmente religioso/heterodoxo pero marginal. En estos casos lo fundamental es el factor psicológico y de necesidad de pertenencia grupal. El sectario atiende fundamentalmente a la necesidad de darle un sentido a su vida pero en forma estrictamente personal, a compartirlo vitalmente dentro de una comunidad creyente, pero palpable, y por último a sentirse diferente y libre de un mundo que siente irremediablemente corrompido. Encuentra por ello en la diferencia y la marginalidad un signo de distinción y de superioridad moral.

Sin embargo en la radicalización política, política/religiosa en el caso del yihadismo, predomina fundamentalmente el afán de protagonismo histórico, sentirse protagonista y creador de los destinos de una sociedad y, cada vez más, de la globalidad del mundo. Su afán delirante no es tanto la salvación personal, ni llevar una existencia auténtica, sino redimir el mundo de sus males. En la medida que el abducido se sacrifica por esa tarea considera amortizados sus vicios y defectos personales, pero no porque desaparezcan sino porque ayudan a la causa.

Conviene puntualizar que el hecho de que los abducidos tanto por la sectarización convencional como por el radicalismo político tengan carencias y deficiencias psicológicas y sociales (marginalidad, pobreza,etc) no significa que esa sectarización sea producto de estas carencias. Todos los humanos somos deficientes y nuestro equilibrio es profundamente inestable e incierto. Pero también tenemos sueños e ideales, que no tienen porque ser en su esencia una sublimación de esas carencias psicológicas,afectivas o sociales. Esas carencias se tornan enormemente peligrosas cuando se consumen al mezclarse con afanes idealistas delirantes si falta el bagaje moral e intelectual suficiente que permita contrarrestar la manipulación de los “impulsos nobles o idealistas” de que son objeto. Nada es más manipulable que el idealista que respira en la atmósfera del nihilismo y del fanatismo, aunque este sea potencial.

2.Esto lleva a lo que es más importante, la confusión de entender el adoctrinamiento como un proceso de inoculación de ideas extrañas al ámbito de vivencia de los afectados. Estamos más bien ante la excitación y el calentamiento de ideas latentes ya instaladas en el universo cultural y vital de una determinada comunidad o sociedad como resultado de un proceso histórico complejo. De no entender esto hay que recurrir al pensamiento mágico.

En el caso del Islam resulta secundario si en abstracto se trata de una religión de paz o de guerra. No hay una relación directa entre el contenido doctrinal del Islam y la acción que se lleva acabo en su nombre. Lo importante no es la doctrina en sí, abierta a múltiples interpretaciones, sino la forma predominante de vivirla y de entenderla. Pero no oficial y externamente, sino de corazón.

El Islam histórico plantea a este respecto un problema especial ya resuelto por el cristianismo a fines del edad media: la dicotomía entre la lealtad a la nación y la ley civil y la lealtad a la comunidad religiosa, pero no en el terreno moral privado (como ocurre en cualquier religión) sino en el terreno público. En su fórmula extrema la religión ha de regir todos los aspectos de la vida y del orden social y sólo es aceptable un estado islámico e islamista. Esto significa en la practica que cualesquiera que sea su grado de integración, asimilación o como se quiera decir, las comunidades islámicas tienen por referencia la imaginaria comunidad islámica universal y el destino del Islam en su conjunto, mientras que entienden su participación en las sociedades occidentales como una adaptación por motivos de conveniencia, más o menos temporal y provisional. Naturalmente esto no significa estar contra Occidente, sino mantener una distancia moral respecto a Occidente como un todo.
Sobre esta base cabe considerar lo excitables y manipulables que pueden ser muchos individuos que participan de ciertas ideas latentes aunque en su origen apenas tengan conciencia de las mismas. Ideas y mentalidades como:

-que el Islam tiene una superioridad moral absoluta, pero además innegociable. Lo primero es común a las diferentes religiones, ya no lo segundo. Es decir la línea que separa moralmente a los fieles de los infieles es absoluta. Desde un punto de vista humano se es fiel o infiel. Se es obediente a Dios o un obstáculo a los designios divinos. Llevado a sus últimas consecuencias se desprende el derecho e incluso la obligación de que el Islam se extienda hegemónicamente por todo el mundo, lo que no significa el derecho a hacerlo violentamente, pero tampoco lo excluye.

-el sentimiento de derrota y humillación histórica por Occidente, derrota que se considera injusta e inaceptable. Igual que cualquier forma de occidentalización resulta una traición a la esencia del Islam, la vida colectiva no se puede desprender tan fácilmente del ánimo de venganza o restauración histórica. Por supuesto este sentimiento de decadencia y de victimismo histórico es de origen complejo, pero es evidente que la cuestión palestina y la revolución iraní, además de los intereses expansionistas de las monarquías del golfo, lo han reavivado en carne viva.

-por último el ambiente de autonegación común de occidente, lo que cabe considerar a grosso modo como nihilismo, refuerza las tendencias y argumentos en favor de la perversidad intrínseca de la sociedad occidental. Aunque paradójicamente las fuerzas que animan el malestar dentro de occidente esgrimen “razones” en muchos aspectos opuestas a lo que los radicales yihadistas estarían dispuestos a admitir, esto carece de importancia en términos estrictamente políticos, donde decide el odio al enemigo común. Los potencialmente radicales islamistas arriman el ascua a su sardina de las denuncias de los antisistema que tienen a Occidente por el reino de la represión, la corrupción, el despilfarro, la desigualdad y la hipocresía. No importa tanto la verdad de esto sino el aval que ofrece a la imagen de caos y abyección moral en la que presuntamente viviría occidente.

El terrorismo islamista es un fenómeno político/religioso. Es justo llamarlo islamista y yihadista porque además de que se reclaman los auténticos defensores del Islam, obran en nombre del Islam y dicen emprender la Yihad, tienen dentro del mundo islámico un predicamento suficiente para poder perdurar y desarrollarse. Deben las comunidades islámicas ajustar cuentas sobre si están manipulando y denigrando al Islam. Pero es claro que por encima de sus justificaciones y reivindicaciones ideológicas el terrorismo islamista emprende su acción en clave esencialmente político/militar, dentro de la que es clave el sometimiento de las comunidades islámicas. Con sus peculiaridades siguen el manual básico del terrorismo. No tratan de alcanzar inmediatamente el poder, porque es obviamente imposible, sino crear una situación de crisis permanente, de poder inaccesible y oculto que conduzca al silencio, beneplácito y por fin a la complicidad colectiva. Es parte de su peculiaridad que los ataques a Occidente no sólo tienen por fin debilitar directamente a occidente sino reforzar su poder en las comunidades islámicas, dentro y fuera de occidente. El terror es sobre todo una señal de fuerza y así se quiere que lo perciban tanto los fieles como los infieles. El sometimiento de las poblaciones islámicas no occidentales también se realiza por el terror.

Porque en definitiva lo que excita el delirio y el afán de poder y protagonismo de los más receptivos no son las ideas que les ofrecen, sino la sensación de fuerza y de poder de la que creen participar. Y convendría tener claro que esta sensación suele ser inversamente proporcional a la sensación de poder y de fuerza que transmiten las instituciones y las sociedades que tienen enfrente.

Naturalmente estas consideraciones esquemáticas son ajenas al tema fundamental de la relación del Islam con el mundo y la humanidad, pero conviene no olvidar que la adhesión a una causa en el escenario de una guerra, por muy poco convencional que sea, proviene de las posibilidades que la misma guerra ofrece a quienes se comprometen con ella. Es decir el delirio que lleva a creer que sólo al servicio de lo absoluto se puede demostrar la verdadera valía.

miércoles, 12 de julio de 2017

NOSTALGIA DE ERMUA


La conmemoración del espíritu de Ermua es sin duda un acto de nostalgia. El dolor por lo que pudo y debiera haber sido, pero que se fue segando nada más nacer. Al irrumpir la ciudadanía de forma imprevisible, súbita, espontánea y visceral, quedaron paralizados los ancestrales reflejos cainitas todavía latentes. Sobre todo el tabú de que izquierda y derecha no podían ir juntos a ninguna parte, porque no compartían valor alguno. Se produjo una situación en la que era posible que la unidad contra el terror se proyectase a la unidad frente a las tendencias separatistas y centrífugas en defensa de la Constitución. Esto alteraba el guión imperante, pero no escrito, según el cual una parte de la sociedad tenía derecho a sospechar de la sinceridad democrática de la otra parte y esta a tener que justificarse para desautorizar esa sospecha.

Pero a la gran movilización siguió la desmovilización controlada. En realidad la incipiente posibilidad de la unidad democrática espoleó la imaginación para renovar la dialéctica de las dos Españas. El pacto de Estella y a su estela el “discurso del método”, “la hoja de ruta”, la manipulación del 11M, el “cordón sanitario”...etc, son episodios de esta refundación del cainismo.

Pudo haber sido de otra manera de haber existido más claridad y menos torpeza en quienes, en la izquierda y la derecha, eran favorables a fortalecer la unidad, pero hubiera hecho falta subsanar el talón de Aquiles del movimiento social antiterrorista. Me refiero a que éste no llegó a comprender ni poner en primer plano la conexión esencial entre el terrorismo y el independentismo. No la conexión abstracta sino la concreta y efectiva. Por supuesto “todo el mundo” era consciente de que la ETA pretendía la independencia mediante el terror. Incluso se era consciente, o se sospechaba con bastante convencimiento, que los nacionalistas de todos los pelajes empezando por el PNV se dedicaban a obtener los mayores beneficios posibles a la sombra del terror. Pero imperó la doctrina de que una cosa es el terrorismo y otra distinta el derecho de propugnar la independencia si se hace por medios pacíficos y legales.

De esta obviedad se hizo bandera para desvirtuar el significado del terrorismo. Se olvidó lo que el terrorismo supuso para la expansión y consolidación del nacionalismo y luego del separatismo. Pero sobre todo se olvidó que el terrorismo no sólo era terrible por cruel e inhumano, sino también por formar parte de una dinámica poderosa que conducía a poner en riesgo la democracia y la unidad de España.

En el fondo no se quería reconocer la existencia de ese riesgo. Tal vez sea una de las pocas coincidencias en la percepción de las izquierdas y las derechas. La carga está en la izquierda política, social y sobre todo intelectual. Han interpretado siempre la denuncia del peligro separatista como una añagaza de la derecha. No puede la izquierda desprenderse de la idea de que el peligro no son los separatistas, sino “los separadores”. E incluso muchos en el fondo sienten que el separatismo es una reacción legítima y justificada, aunque “tal vez equivocada”, contra la que imaginan omnipotencia de los separadores. La evidencia de que las autonomías dominadas por los separatistas son de facto pequeños Estados a los que falta el reconocimiento exterior y un ordenamiento jurídico ad hoc no basta para deshacer este prejuicio inveterado y en el fondo a corto plazo interesado.

Es más compleja la desmovilización de la derecha. Reaccionó contra la hoja de ruta y la legalización del brazo político del terror por motivos humanitarios y de justicia. Advierte también el peligro que sufre la democracia y la unidad de España. Pero ante todo cree que el Estado y las instituciones son tan poderosos que el peligro separatista no puede pasar de ser una molestia. Con ese flanco cubierto, sólo le preocupa en la práctica el temor a la soledad, quedar descolgada de la opinión pública, sino se adapta a la técnicas seductoras de la izquierda. Lo que significa evitar a toda costa la imputación de provocar. Fantasea así que, ante el golpe separatista, mientras nadie desde la derecha dé un paso adelante, la izquierda no encontrará motivos suficientes para unirse con los separatistas y se verá obligada a defender, aunque sea nominalmente, la Constitución. Suficiente para que el Estado con sus resortes automáticos frene el golpismo de forma limpia y sin necesidad de causar daños colaterales.

De esta forma se ha instaurado la opinión de que el episodio terrible de ETA es algo separable de la dinámica política de la que forma parte. Se esgrime que el Estado no haya cedido en las reivindicaciones políticas de ETA, salvo la legalidad de su brazo político, como prueba de que ETA ha sido derrotada política y militarmente. Aunque, eso sí, falta “el relato”. Pero el hecho decisivo es el fortalecimiento político del secesionismo frente a la retracción ante el peligro independentista, cosa incomprensible sin que el Síndrome de Estocolmo ya instalado en la sociedad vasca no haya contagiado a gran parte del resto de la sociedad española. Como si la explosión colectiva contra el terror hubiera agotado las energías colectivas y creara una inmensa resaca. Como si se pudiese vivir en paz, siempre y cuando no se provoque a quienes sólo quieren destituir el orden constitucional. En este sentido la conmemoración del asesinato del M. A. Blanco parece una molestia. Como si expusiera públicamente la imposibilidad de ocultar la falta de unidad en torno a lo que debiera unir.

viernes, 7 de julio de 2017

LA RATONERA


Esto apesta a ratonera.

Rajoy y cía se han creído y se han dedicado a hacernos creer el cuento de hadas de que lo de Cataluña está controlado y que en el peor de los casos se reconducirá sin molestar y sin que no sea necesario más que algún titular de prensa y alguna declaración oficial o rueda del buenazo de portavoz, el Sr. Mendez de Vigo. Como “todo esto es una locura” y “no puede ir a ninguna parte” se disolverá como un azucarillo en el agua. Quedará a lo sumo un regusto de “fractura social” en Cataluña pero el gobierno hará alarde de buena disposición.

Así se encuentra de tope con que actuar “proporcionalmente”, es decir hacer cumplir la ley, sería motivo de reproche general. Al menos para que así se vea se ha hecho todo lo posible. El cumplimiento de la ley aparece como una señal de fracaso de la democracia, de la política y por supuesto del gobierno. En este mundo al revés parece como si todo lo del Golpe de Estado fuera una artimaña para forzar el cumplimiento de la ley. Hasta Rivera se ha convencido de la terapia del buen rollito.

En el otro lado los sanchistas se declaran podemitas vergonzantes y lo podemitas actúan como separatistas no menos vergonzantes.

La única estrategia sanchista es denunciar al gobierno tanto si actúa como si no actúa. Culparlo en definitiva del desastre, sea este la independencia o la desafección de Cataluña, fractura social incluida. Da por supuesto, no sin motivos, que los españoles no admitirán la coherencia en la defensa de la ley y que achacarán la traca final, sea cual sea, a la cerrazón del gobierno y de la derecha. Todo apunta a que los sanchistas admitirían la independencia “si no hay más remedio” y se preparan para quedar bien ante esta eventualidad.

Estamos en el preámbulo del cambio de régimen y quien sabe si de nación, ante la desidia y desconcierto de los buenos, y la sobreactuación de los malos.

Para los sanchistas el desastre catalán promete ser una buena oportunidad para echar a la derecha y quien sabe si algo más.

Por supuesto para los podemitas, el camino de la independencia catalana y de otras “naciones”, es el detonante del “proceso destituyente”. En la sociedad del bienestar más de un tercio de la población se ve comprometida en delirios infernales que hace cinco años parecían impensables. Parece mentira, ¿pero ahora en el aniversario de M. A. Blanco no hemos visto como la sociedad vasca se ha dejado seducir por el ideario terrorista, aunque se haya puesto a régimen de las pistolas?

Hay que dejarlo claro: los separatistas podrían ciertamente aparecer como víctimas ante el mundo de imponerse el cumplimiento de la ley porque la clase política constitucional no se ha atrevido a despertar a los españoles y enfrentarlos a la verdad. El único problema de esta socialización del nirvana es que la nada y el vacío no vende en los medios y desanima a quienes esperan algún amparo del Estado y del resto de los españoles.

Esperar en las actuales circunstancias la reacción de la mayoría de la población catalana llamada a ser esclava moral de los separatistas es un quimera si previamente no reacciona y de forma contundente el conjunto de la sociedad española. Pero en la atmósfera está que esto sería desestabilizador y que además la gente no es muy reacia a creer que la unidad de España sea un problema real.

Antes que la inacción el problema ha sido no querer ver la verdad y ocultar la verdad. La única estrategia que se ha seguido: ante todo no pasar por provocadores, no hacer el juego. Que igual se cansan y ya escampa.
Así solo pesa un temor en quien tiene responsabilidad: “¿cómo se puede hacer algo sin apoyo de los españoles y además bien expreso?¿pero cómo en estas condiciones se puede pedir ese apoyo? ¿no nos reprocharían que los hemos estado engañando y que somos unos ineptos?”

lunes, 3 de julio de 2017

DE MIEDOS



El miedo a ETA era moralmente soportable. Se sobrellevaba con entereza porque sabíamos que no podían tener razón. No porque no hubiera quien estuviese dispuesto a admitir que pudieran tener sus razones políticas. En eso no se entraba. Contaba que violaban el límite de la humanidad y de lo humanitario y eso era suficiente. Frente a ETA no se puso por delante la conciencia democrática, sino que se resistió por sentido de la dignidad humana y compasión con las víctimas. Se reaccionó por instinto humanitario y contó poco la razón para deshacer sus “sinrazones”. Estas no podían ser verdaderas con tanta inhumanidad. Ahora vemos que la razón no ha sido capaz de culminar la faena que tiró adelante el instinto. Por eso los filoetarras mandan en las ideas, y no sólo en ellas, como si en el fondo hubiesen tenido la razón.
Ahora todo gira en torno al miedo a Podemos y sobre todo al podemismo. Es un miedo que nace del complejo y de la mala conciencia. De la mala digestión de las debilidades y carencias de la política y de la vida social. Es el temor de que “en el fondo” tengan razón. Pero sobre todo de que a muchos les parezca que la tienen. Dominan el territorio de “la verdad” porque los demócratas han creado un vacío de verdad. No se han atrevido a enarbolar la verdad, ni sobre todo a jugar en el terreno de la verdad. Ya pasó en la lucha contra ETA y sobre todo tras la “derrota de ETA”. En el fondo se sabe que no tienen razón, que todo lo que cuentan es una superchería, pero se teme quedar descalificado de ponerse enfrente de su “verdad”.
Puigdemont ha tomado nota y también quiere dar miedo. Toda conquista empieza dando miedo. Pero no da miedo, más bien risa, porque para bien o para mal en toda España, excepto quizás Cataluña, se tiene lo del procés por una pantomima y a lo sumo una juerga de políticos. Que la independencia de Cataluña vaya en serio produce tanta perplejidad como la que causaría la noticia de que nos va a visitar una nave alienígena o que Belén Esteban va a vestir los hábitos próximamente. ¿Dará miedo si la gente percibe que esto va en serio?


viernes, 16 de junio de 2017

APUNTES SOBRE LA TRANSICIÓN Y LA DEMOCRACIA


Con motivo de la diabólica crisis que amenazaba al Reino Unido al abdicar Eduardo VIII en 1936, escribió por entonces Ortega y Gasset con su memorable colorismo:

“Pero este pueblo de setenta millones de hombres, con tantos bebedores de cerveza, con tantos fumadores de pipa, ha resuelto su terrible conflicto con una perfección maravillosa. Y esto es lo que ha causado el nuevo y más imprevisto estupor.”

Comparada con la tarea de pasar en paz de Franco a la democracia aquella hazaña parece una obra de aprendices. Hay que preguntarse si la maestría que demostró el pueblo español no se ha ido tornando en un paulatino dejarse llevar.

Con la ilusión de poder responder en algún momento valgan estas consideraciones y conjeturas sobre la trastienda social y política de la transición y sus consecuencias.


-La oposición de izquierda consideraba repugnante la posibilidad de reformar el franquismo como vía a la democracia y sobre todo inverosímil. Se disputaba cómo hacer la revolución. Unos creían que pasaba por un período de democracia “burguesa” a lo Kerensky, otros pretendía que se hiciera directamente. Sólo la “derecha” del PCE, los Tamames, Solé Tura etc, apostaban por una democracia “formal” duradera y estable. Se les añadió con mayor coherencia Bandera Roja quienes desde el maoísmo se convirtieron en los fugaces teóricos del “eurocomunismo”. Se puso a la cabeza pronto el PSUC con su eurocomunismo “a la catalana”. Por supuesto el PSOE no existía. Por supuesto la bandera republicana amparaba cualquier alternativa.

-El pueblo estaba a la expectativa. Quería la democracia porque tocaba y porque confiaba en que le iba a gustar. Disfrutaba la prosperidad naciente y se temía volver a la guerra. El desastre de la guerra y la prosperidad son argumentos de lo más poderosos. No se movía por posicionamientos políticos, sino por el sexto sentido político sobre la marcha de los tiempos, arte en el que se demostró de lo más fino. Predominó el pragmatismo, porque los españoles son tremendamente pragmáticos y tolerantes cuando se ponen a ello, y no menos fanáticos y utopistas quijoteros cuando también se ponen en esas. Pero aparte del deseo de prosperidad, paz y tranquilidad, nada ilusionaba más que verse libres del corsé mogijato de las costumbres y de la vida privada. Pesó lo suyo el turismo, el destape y también al fútbol. Por eso la expresión “política” más espontánea de la democracia fue “la movida”.

-No había datos fiables sobre la reacción del pueblo ante el período que se abría a la muerte del dictador. La oposición de izquierdas, pleonasmo, creía en un pueblo imaginario, heredero del pueblo que libró la guerra civil en el bando republicano. Los del régimen temían al pueblo y sobre todo recelaban de la oposición y de la capacidad de control y de movilización de la oposición. Pero ya se atisbaba que el nacimiento de las clases medias no iba a ser en balde. Cuanto más radical era la izquierda menos lo podía percibir. Se daba por supuesto que la cerrazón del régimen era inevitable, lo que significaba la oportunidad única para la ruptura y hasta para la revolución. Se daba por supuesto que al abrirse cualquier grieta “las masas” asaltarían el Pardo.

-El miedo del régimen a la ruptura y la incertidumbre sobre el verdadero poder de la izquierda y sobre todo sus verdaderas intenciones tuvo la virtud de fortalecer a los reformistas y sobre todo decantar la reforma hacia una democracia coherente y verdadera. Debemos el éxito de la transición al hecho afortunado de que el miedo animase la prudencia y la clarividencia, cuando normalmente estimula la bunkerización. Visto desde ahora la fachería no tenía chance. Pero entonces se la veía como el espíritu de un régimen que estaría dispuesto a morir matando.

-Más en contacto con la realidad del pueblo (ahora se dice “la gente”) Carrillo era consciente de lo incierta que era la actitud popular, pero que en todo caso no estaba para aventuras épicas. Fue el primero que apreció hacia donde se dirigía el régimen al fracasar Arias, y sobre todo hacia donde se podía dirigir. Vio en el aperturismo, con razón, la oportunidad de ser indispensable y pronto tuvo la llave del éxito de la operación. Creía que podía rentabilizar, dando paso a la democracia a través de la reforma, el sacrificio de la lucha contra el franquismo. Obtuvo reconocimiento moral por su patriotismo, pero en contra de lo que esperaba no alcanzó el predominio de la izquierda para iniciar la vía eurocomunista a la italiana. Fue una debacle moral que sumió a los comunistas en la amargura y que hizo creer a los vencedores en la batalla por la hegemonía de la izquierda que el socialismo había encabezado la batalla contra el franquismo. As se ha marcado el escenario político de la democracia. Carrillo esperaba que con la política de Reconciliación nacional y el acatamiento de los símbolos el PCE quedaba limpio y presentable como una alternativa de orden. Era necesario pero lo suficiente no estaba en su mano. Por mucho esfuerzo que hiciera el PC y las izquierdas antifranquistas “realmente existentes” no podían evitar ser visto como un peligro de guerra civil por todo un pueblo que no tenía otra referencia política que el recuerdo de la guerra y los años de tranquilidad y naciente prosperidad.

-Curiosamente la entrada en escena del PSOE aceleró el acuerdo entre Carrillo y Suarez, una pinza de circunstancias pero decisiva, de la que resulto el gran beneficio de la confianza colectiva en la transición. El PSOE jugó a prepararse como alternativa guardándose la baza de ser la alternativa a la vez a Suarez y al franquismo. Apoyándose en la parte del pueblo que se creía antifranquista de toda la vida pero sólo intencionalmente , el PSOE dejó descubierto una parte del cadáver franquista para aparecer en su momento como su auténtico enterrador. Sembraba así una duda de legitimidad sobre la derecha y le disputaba al PCE la primogenitura antifranquista, con la ventaja de que su liderazgo significaba la verdadera garantía de no volver a la guerra civil.

-Sólo se podía tirar adelante con el máximo consenso. Sólo se podía ofrecer a la nación práctica unanimidad y consenso. Salvada la unidad de España, la monarquía y la bandera, símbolos y evidencias del orden y la paz, se constituyó una democracia incomparablemente generosa que pecaba más por exceso que por defecto. Valió porque estaba amparado en el consenso, lo único en el que el pueblo podía confiar.

-Las vanguardias antifranquistas olvidaron pronto los sueños revolucionarios e incluso rupturistas. A la gran mayoría le fue pareciendo una ensoñación de circunstancias, algo llamado a ser un bello recuerdo. Encontraron un renovado orgullo interior en la democracia que hubiera sido imposible sin su lucha. Pero rumiaron lo que a su modo de ver era una injusticia clamorosa: que no hubiese vencedores ni vencidos y que en términos morales los herederos del franquismo tuvieran el mismo mérito que los luchadores antifranquistas. Este rescoldo no se apagó y ha seguido oculto presto a reavivarse con las debilidades de la sociedad y del sistema.

-El éxito tan clamoroso de la transición quedó corroborado con la consolidación de la democracia. Consolidación sumamente meritoria porque tiene lugar a pesar de todos los vicios y debilidades de su diseño y de la sociedad española y está por encima de todo ello: partitocracia obsesiva, despido de Montesquieu, cainismo latente, capitalamigismo, corrupción, caciquismo, separatismo, un pueblo que lo fía todo en política al instinto sin aprecio a la cultura política...etc
Sobrevivir al terrorismo sin descomponer el armazón del sistema, aunque haya quedado dañada la responsabilidad del pueblo y de la clase política con la democracia y las víctimas, sería la prueba definitiva de que la democracia es indestructible y funciona sin necesidad de que tenga un apoyo expreso. En los peores peligros que atravesamos todo se sostiene por esta confianza apabullante y ciega ante el peligro. Confianza tanto mayor cuanto que convive esquizofrénicamente con la desconfianza y el repudio de la clase política, pero también de “la otra España” e incluso de todos nosotros mismos.
-La clase política que protagoniza el bipartidismo creyó por su parte que el triunfo del consenso significaba la desaparición de los peligros que obligaban al consenso. Así se creía que desaparecía el peligro del separatismo y del retorno al guerracivilismo, cuando en realidad se creaba un escenario en el que estos males iban a proliferar si una renovación enérgica del consenso no lo remediaba. Si este consenso no se sustentaba en el convencimiento de que nadie es más demócrata que los demás mientras no se demuestre lo contrario; sino comportaba la conducta unánime ante la evidencia de que no puede considerarse leales las conductas que tienen por fin quebrar la libertad e igualdad de los españoles.