sábado, 14 de octubre de 2017

LA CHAPUZA SUPREMACISTA




Se ha tenido que producir la estampida del sanedrín de la economía catalana para que se destape la indecencia moral y la chapuza económica en la que se sustenta el independentismo catalán, en completa contradicción con su actual, y ojala que sea pasajero, éxito político. La trayectoria histórica del nacionalismo catalán, y por supuesto el vasco, desafían las explicaciones al uso de la historia, el marxismo y el liberalismo. Ya el nacionalismo contemporáneo y en general movimientos como el islamismo es refractario a esos modelo explicativos dominantes, pero en este caso es todo un acertijo indescifrable. Que la realidad no despierte del sueño, que el disfrute de la gloria bien merece autoengañarse.

El mito que el nacionalismo ha conseguido inyectar en la sociedad catalana como droga en vena es el de la creación de la Holanda del Sur. Es un mito modesto en comparación con los grandes movimientos totalitarios de la historia, es también aparentemente inocuo, pero oculta consecuencias terribles y no menos totalitarias. No me refiero sólo a que sería el pistoletazo de salida de la disolución de Europa y de España. Lo sería de su suicidio colectivo.

Lo paradójico es que Cataluña debe su poder y prosperidad a su situación económica privilegiada dentro de España. Desde luego no puede ser Holanda, pero no por falta de poder y prosperidad sino porque no es Holanda ni necesita serlo. Se imaginan los nacionalistas que desembarazados de España adquirirían una prestancia internacional semejante a la que tiene el Barça de Messi. Pero para nada la estancia en España impide lograr lo que en teoría y en el mejor de los casos podría conseguir fuera de España. La incapacidad de apreciar la cobertura y las privilegiadas oportunidades que supone España para la prosperidad de la sociedad catalana no es consecuencia de una falta de información o una ceguera accidental, es la forma de engañarse para creerse superiores. Lo que es el Barça en el mundo, y es mucho, lo es a partir de la plataforma de la Liga española y su sempiterna disputa con el Madrid, cosa que no podría reemplazar, aunque se incorporase a cualquier otra Liga como la francesa.

Esto lo saben y comprenden perfectamente, pero los supremacistas no se atreven a reconocer que, a otras escalas, lo mismo sucedería en todo tipo de factores de la vida y de la actividad económica. El estropicio en el que se encontraría el Barça, excluido de la liga española, es el que tendría Cataluña privada del beneplácito de la sociedad española y apartada de la tensión competitiva con el centro que tanta vida le da a Cataluña.

La pasión de las élites catalanas, especialmente económicas, de tirar pedruscos sobre su tejado, desdice el tópico de su pragmatismo y mercantilismo económico a ultranza. Porque este pragmatismo se reduce a prácticas que bordan la picaresca, pero a costa de negar la realidad el vínculo inquebrantable entre la economía catalana y el conjunto de la española. Es un pragmatismo de pandereta sin ningún sentido práctico de fondo, tal como se exige y supone de los poderes elementales de cualquier sociedad moderna. Reniegan del compromiso moral con la sociedad española lo que no es óbice para creerse con derecho a exigir que la marcha global de España sea lo más beneficiosa posible para Cataluña.

Los buenos réditos de esta política no se han interpretado como una demostración de lo beneficiosa que resulta la inserción en la economía española y por ende europea. Se atribuyen a su astucia y a la candidez de los españoles. Tanto éxito ha recalentado el complejo de superioridad y de impunidad, hasta llegar a creerse que siempre se contará con la atención del mercado español y que podrá presumir por el mundo como si fueran un Messi mercantil.

Contra toda evidencia creen que tendrán las dos cosas, sin más problema, con solo desembarazarse políticamente y afectivamente de España. La incapacidad de asumir que el poder de Cataluña es proporcional al beneficio que Cataluña recibe por pertenecer a España, es la consecuencia de un mal entendido complejo de superioridad. Complejo que se extrema sin límite en la medida que constituye el principal factor cohesionador del nacionalismo catalán. Con lo que el interés práctico que liga Cataluña con el resto de España no se puede asumir con todas sus consecuencias sin desmoronarse esa base de cohesión.

Por eso la evidencia de que la sociedad española está bien encaminada en la senda del progreso y la modernidad, como Holanda o cualquier otra, no anima al seny, más bien a la rauxa. Se atribuye a que tal progreso se hace a costa de Cataluña, haciendo parecer que las contradicciones y tensiones normales son agravios estructurales insolubles e inadmisibles. Ya no sería Cataluña un oasis en el desierto medievalizante de la España de Zuloaga, sino un noble mastín al que le chupan la sangre las sanguijuelas mesetarias. Nada resulta así más inadmisible que  la idea de que se puede progresar juntos y  que esa es la mejor forma de tener las mayores oportunidades posibles.

Por eso cuando España en los setenta parecía modernizarse el supremacismo andaba agazapado, temeroso de que los inmigrantes andaluces, gallegos y murcianos disolvieran la identidad catalana en la española. Agazapado pero dedicando todas sus energías a “construir nación”. Cuando ya la modernización, con todas sus contradicciones, del conjunto de la sociedad española es una evidencia, y el complejo de superioridad carece de razón alguna que lo sostenga, el supremacismo sólo se puede conservar entrando en la senda de la locura.

Quien ha fundado su identidad y diferencia en la superioridad no puede reaccionar de otra manera que convenciéndose de la inferioridad e incompetencia de su presunto contrario, así como de la persecución que sufre por este. Y tiene que seguir haciéndolo dispuesto a comerse los pedruscos que está lanzando sobre su propia cabeza. Al final no van a tener más motivación que la de esos chavistas que aun pasando necesidad y pobreza se alegraban de que su empresario lo fuera a pasar mal de verdad. Pero en el caso catalán el mito postrero de que España lo va a pasar peor que la misma Cataluña, de que los “miserables” de España no van a poder seguir “chupando” de la generosa Cataluña, va a dejar paso a la evidencia de que los vampiros son sólo paisanos, los peores paisanos, y de toda la vida. Al menos que esto se haga evidente es un peligro provocado por los cabecillas del Procés y que no van a tener más remedio que afrontar.



sábado, 7 de octubre de 2017

EL FARAÓN ANTE EL ABISMO


Nada se puede comprender si no se tiene en cuenta el pavor cerval del que es presa no sólo Rajoy sino todo el P.P. Pavoro a que cualquier paso hacia adelante provocará tal castigo de las izquierdas picapiedra, que los puede abocar a la desaparición. La impugnación de la vicepresidenta, no por inacción sino por “sobreactuación”, es un ejemplo. La derecha se siente rehén de los Picapiedra, pero no por su debilidad parlamentaria, sino como consecuencia de asumir su derrota ideológica ante la opinión pública. El miedo al reproche de que pretenden desviar la atención de la corrupción es un motivo nada baladí de que el PP no ha hecho nada para detener el Procés. A nada se atreven sino van de la mano de Sanchez, ...mientras éste sólo espera el momento de dar “su golpe”.

Bien preocupante es que, por todas las señales, o la falta de señales, nada se mueva en el organismo del PP. Parecen haber asumido que ante la población son un partido corrupto y que esa imagen, sea verdadera o falsa importa poco, ya es una losa inconmovible. Así sólo pueden actuar a escondidas, sin nada que defender y sólo para defenderSE. Carecieron de reflejos, de claridad y de valor para depurarse ante la opinión pública y cerraron filas tras el principio de autoridad, como si descabalgar a Rajoy fuera a dar por bueno que son por naturaleza corruptos. La única gran habilidad de su líder ha sido manejar ese complejo y trasladarlo a su base social haciendo de SU miedo a la izquierda su principal baza electoral y propagandística. Es decir transformando su miedo ante la opinión pública en miedo de su opinión pública a la reedición del frente popular.

Pero aun es peor que se da carroña a la campaña picapedrera y separatista de que toda la culpa la tiene Rajoy. Porque ya la gente no va a discriminar entre la imputación picapedrera,( de que es culpable también de lo que pasa en Cataluña por “no dialogar” y no ofrecer lo que ellos denominan “soluciones políticas” , es decir reconocimiento del derecho de autodeterminación), y la imputación lógica de su inacción culpable. Los PPeros deben soñar que dos imputaciones antagónicas se anulan entre sí. Tal como en matemáticas uno menos uno es igual a cero. Vamos que guste o no a la gente, España sólo tiene al PP. Por eso que sólo se atreva a dar sopapos y collejas a Rivera a la menor ocasión.

Lo único que parece mover al PP es el instinto de supervivencia. Instinto que lo lleva a una loca huida hacia donde sea, para esconderse de rincón en rincón y de madriguera en madriguera. Únicamente cuentan con la esperanza de la división entre los picapiedra y entre los separatistas. En este caso la angustiosa espera de que el suflé de la sedición se desinfle por sus propias contradicciones.

Pero sin comerlo ni beberlo la inacción del PP ofrece razones a la izquierda picapedrera para actuar y echarlo. No ocurriría así si por ejemplo cumpliese con su deber ¿se atrevería llegados a este punto Sanchez a oponerse abiertamente a la aplicación del 155, por mucho que no lo apoye? Pero sin atreverse a ello y promoviendo hasta el final la desesperanza ¿no se predispone a la población a agarrarse a lo que sea que parezca que es algo? ¿no se justifica que vengan otros a “hacer algo”? Incluso podemos llegar al caso de que Sanchez se canse de esperar a que Rajoy “dialogue” con los golpistas para dar el paso.

Lo esperpéntico es que en un momento en que la mayoría de la opinión pública, espoleada por el discurso real y por las vergonzosas imágenes de humillación a que están sometidas la Policía y G.C., deja atrás los asuntos cotidianos, entre ellos la rabia contra corrupción, y empieza a atender a lo que hay que atender, la derecha oficial siga con su cálculo de supervivencia y también sea incapaz de liberarse de su pavor patológico. Vease Maillo o Perez de Vigo. Han creado unos mecanismos de autodefensa tan sofisticados como los de los faraones para proteger sus tesoros en su sepulcro. El faraón se ha de llevar con él a la tumba a toda su servidumbre y fieles.

Sin embargo ante el abismo, ya la inacción total tiene poco recorrido. A Rajoy se le presentan dos alternativas. O suspender la autonomía y encarcelar a los cabecillas del golpe o promover “el diálogo”, a la desesperada y con los Picapiedra a la espera. Lo curioso, lo patológico, es que es más propenso a creer que hay más posibilidades de que lo primero lo lleve a la tumba que lo segundo. Veremos.

jueves, 5 de octubre de 2017

UN VALIENTE ANTE UNA PARTIDA DE "VALIENTES"


Pobres conjeturas a propósito de lo que nos hace pasar lo que está siendo la Qataronia 

El discursazo fue doblemente real. Por quien lo dio y por asumir sin ambages la realidad, incluyendo el monarca su propia realidad y lo que se juega. Desde luego pretendió animar a la población desamparada e instar al gobierno a cumplir con su deber. Pero no es muy aventurado conjeturar que además pretendía desmontar lo que parece ser el plan gestado en los lares de Roures.Que de inicial entelequia debe estarse pasando de castaño oscuro. 

Como es sabido dicho (presunto) plan pretendería un gobierno picapiedra gestor de un referendum legal, o cuantos hicieran falta, se supone que a cambio de que los sediciosos dieran una tregua y pasasen a la espera. Había que contar con el otro picapredero, Sanchez. Por lo que parece este comparte la intención, pero ya no se atreve a descabalgar a Rajoy con una moción de censura. Sería su ruina. 

Pero la misteriosa actitud de Rajoy ante el golpe daría esperanzas de que este se avenga al “dialogo” y lleve a cabo la ingrata faena de consagrar un referéndum y el fin de la soberanía nacional. Después los Picapiedra de gobernantes podrán gestionar “a su pesar” algo tan ingrato. Que ya tuvo que gestionar De Gaulle, no menos a su pesar,la independencia de Argelia y no salió mal del todo. Claro con la pequeña diferencia de que Cataluña forma parte de España desde siempre que España es España y Argelia era una colonia.

Pues desde luego, bien mirado, como hay que mirarlo, Rajoy es sobre todo un misterio. Uno pensaba que lo era por el contraste que ofrece en estos lares, pero lo sería en cualquier parte del mundo. Sus designios son inescrutables e incluso es inescrutable si tiene designios. Podría ser un genio inconmensurable de beneficios tan inmensos para la historia de España, como Buda los tuvo para la historia de Oriente. Podría por el contrario, estar más próximo a los anélidos rastreros, convencido que lo mejor que ofrece el mundo está por debajo de la tierra y así acabará tragado por la tierra sin oficio ni beneficio. La opinión está dividida pues el personaje anima a que se mueva entre estos extremos.
Uno cree más bien que es un providencialista de los tiempos ilustrados, que ya es complicado. Que para él lo único cierto, más todavía en tiempos de mudanzas, es el expediente del momento que hay sobre la mesa, y que al final las aguas por muy desbocadas que esté siempre vuelven a su cauce. Que no hay que ilustrarse mucho, por eso es un ilustrado peculiar, porque la ilustración distrae de la atención al expediente. Y si lo más importante es al fin lo que nace de nuestras entrañas, para Rajoy “lo de Cataluña” debe ser otro expediente aunque un poco raro, qué se le va a hacer.

En cualquier caso y con toda coherencia, nada parece creer más profundamente que el suflé se ha de desinflar o explotar por si sólo y que intentar pincharlo lo fortalece y solidifica. Sabedor de que de hacer algo puede jugársela no esta dispuesto a hacer nada sin los socialistas. No vale la pena insistir en este punto lo decisivo que es su fidelidad a la conciencia de debilidad moral, en lo que a política se refiere, con la que la derecha está encadenada a la voluntad de las izquierdas en general.

Pero este silencio anima y paraliza a la vez al Picapiedra bis. Tal vez lo esté desesperando. Pues si Rajoy no activa la defensa del Estado de derecho, tendrá que “dialogar”, pensará Sanchez. Pero no pasa ni lo uno ni lo otro. Igual, podría temerse Sanchez, el mágico Rajoy juega a que el desmoronamiento de la dignidad y la física del Estado en Cataluña y los desmanes independentistas alarmen tanto a la población que no tenga más remedio que avenirse a dejarle hacer algo y respaldarlo.

Con esto ya cabe descartar otra variante. Si Rajoy pensaba que sería preferible dejar el tren en marcha y desbocado, aun proclamada la independencia, o no evitándola, para que se estrelle ante el muro de la U.E. , de Macrón y Merkel, es indudable que a estas alturas tanta sangre fría sería el suicidio definitivo. Aquí es claro que los Picapiedra tendrían un motivo suficiente para echarlo, con el fin de “dialogar” para salir del atolladero. Con la consecuencia “no querida” de que España pase a ser una curiosidad histórica, eso sí de las más simpáticas y coloristas, con su leyenda negra incluida ahora actualizada y catalanizada.

Nada debe dar más ánimos a los Picapiedra que lo que parecen pinitos, (¿sólo pinitos?) de la mediación eclesial vaticana. Podemos consumar a una versión secular y posmoderna del “credo quia absurdum” de Tertuliano (por si se necesitara una aclaración, que no creo, era un padre de la iglesia del II/III de nuestra era, no precisamente lo que su nombre indica): la defensa de la Iglesia en nombre del más furioso anticlericalismo; la Iglesia amparando a los anticlericales, y amparfándose en ellos, como si fueran sus verdaderos hijos.

Así Rajoy no se mueve sino le da la mano Sanchez; Picapiedra bis no da el paso diseñado si Rajoy no “dialoga”. Parece una partida de “valientes” que se dirigen al precipicio. En estas la “intromisión” real debe haber sido vista como la entrada del elefante en la cacharrería. Al respecto, en la Generalitat aullidos“¿Pero qué pasa en Madrit?”, “¿se “dialoga” o qué?”

De toda esta turbulencia sólo queda claro y salvo el honor del monarca. Veremos si de la ciudadanía española. Por ahora la influencia inmediata en incierta, el valor histórico seguro. Estamos ante la paradoja de que si la Monarquía cae lo hará con honor y si llega la República en estas circunstancias lo hará con infamia y vergüenza. Al menos P.I., el Picapiedra primero, ya no puede aspirar a proclamar su República como si esto fuera a ser la salvación de la patria, más bien lo contrario. Y no lo digo porque uno modestamente sea más monárquico que republicano, no es eso lo que ahora importa.

viernes, 29 de septiembre de 2017

TODO EMPEZÓ CUANDO...


Una guerra incivil, luego cuarenta años de dictadura y arrogancia, después cuarenta años de democracia y gilipollez.
La primera revolución nazicomunista en el cogollo de Europa y en una acreditada sociedad abierta y de bienestar.
Primer caso de desnacionalización de una nación ya sobradamentemente nación, aunque no todos lo sepan y a más de la cuenta les de asco.

Todo empezó cuando el pueblo creyó que democracia significa fiesta y las élites se pusieron a pagar la fiesta.

Todo empezó cuando las izquierdas creyeron que desnazificar significa desnacionalizar.
Cuando propalaron que patriotismo significa franquismo.
Cuando se embelesaron con los protonazis realmente existente como si fueran aliados progresistas y demócratas.
Cuando creyeron que el buen ciudadano ha de ser un sabueso de fachas y como mínimo llevar siempre disponible la palabra facha en la boca.

Todo empezó cuando las élites de derechas asumieron que resultaban sospechosos por existir.
Cuando se refugiaron en la ilusión de que la política es el arte de tramitar expedientes, apañitos de sofá y de vez en cuando hacer charletas de casino.
Cuando creyeron que no pasa nada aunque parezca que pasa algo.
Cuando creyeron que no pasa nada si a la gente se le convence de que no pasa nada.
Cuando creyeron que a la gente se les convence de que no pasa nada si hace como si no pasa nada.
Cuando creyeron que el pueblo sólo pretende llenar la barriga y que se le deje dormir en paz.
Cuando creyeron que los protonazis eran socios, aunque un poco pillos.
Cuando creyeron que la verdad es una provocación.

Todo empezó cuando las teles comprendieron que la explotación de la bronca y la camorra era el negocio más lucrativo. Que más la vemos cuanto más miserables, explotados y oprimidos nos creemos.
Todo empezó cuando los maquiaveliños despertaron el monstruo para que el pueblo, por miedo invencible, disculpase su corrupción o la pasase por alto.
Todo empezó cuando el monstruo se fue de cañas con los verdugos de la nación y la democracia.
Todo empezó cuando los “desnazificadores” creyeron que con la revuelta (“que no es una revuelta sire, que es una revolución”) se acaba con el maquiaveliño.
Cuando hicieron causa de que lo único que importa es acabar con el maquiaveliño.
Todo empezó cuando el maquiaveliño temió que el pueblo le hiciese pagar que se acabó la fiesta.
Todo siguió cuando el maquiaveliño creyó que si prorrogaba la fiesta no podía pasar nada.

Todo acabará cuando al pueblo le duela más quedarse sin fiesta que quedarse sin nación.

LOS COFRADES


Curiosa cofradía de la Iglesia y la derecha española. La Iglesia se ha refugiado tradicionalmente en la derecha y el Estado para conservar sus posiciones sociales y el valor de su tradición. Nada que objetar. El católico medio se ha confiado a la derecha para poder vivir en paz con sus creencias y evitar que el Estado sea presa de las ínfulas anticlericales. Normal.

La izquierda ha hecho de la presunta hermandad entre la derecha y la Iglesia causus belli. Es indiscernible si arremete contra la Iglesia para suprimir a la derecha o viceversa. Pero la derecha aguanta el tipo de un régimen de separación de Iglesia y Estado con respeto preeminente a la tradición católica. La Iglesia sigue acogiéndose a ese beneficio, medio privilegio, medio derecho (la historia y las costumbres mandan) y la izquierda sigue así el acoso contra la Iglesia por esa ambigüedad.

Pero en un mundo nihilista la Iglesia puede acabar, está acabando, en una ONG universal, eso sí de las más importantes. El temor al abismo la empuja a hacer política hacia donde sopla el viento. Como siempre, cabe añadir ¿recuerdan a Pio XII y los nazis?. Claro Juan Pablo II una excepción. Gran honra. 

Ya los creyentes de toda la vida son una rémora, los nuevos tiempos pasan por aquellos que llevan del ronzal a la opinión pública, mueven masas y son los héroes de la Tele y de la Red. La Iglesia anda sensible a la ley de la calle y ahora la “ley del cole”, que es parecido y además suena a colegueo. La Ley de verdad es discutida y discutible, todo ha de quedar sometido al “diálogo”, es decir a la ley del más fuerte.

La primera víctima la España constitucional y de toda la vida, convertida en “los pueblos del Estado”. Creyentes de toda la vida desamparados y apenas malrefugiados en la derecha, tal vez para que defienda a la Iglesia pero ya también para que los defienda de “su” Iglesia.

Y alguien de la derecha puede empezar a pensar ¿por qué aguantar el palo de una Iglesia que equidista entre la nación y quienes la destruyen? ¿por qué no aplicar a la Iglesia el programita podemita o cuanto menos socialista? Al menos la izquierda no podría despreciar a España o ponerla en cuestión en nombre de su anticlericalismo secular. Y además la izquierda ya carecería de uno de los principales reclamos con la que alimenta a su grey.

Pero también un problema nuevo e inaudito para el ciudadano medio demócrata, patriota y constitucional. ¿Cómo ser demócrata patriota y constitucional y no caer en la tentación de ser anticlerical o al menos antiobispal o antipapal? Lío y zozobra por doquier.

jueves, 14 de septiembre de 2017

¡NACIONES DEL MUNDO DESUNÍOS!


De los tres afluentes que nutren el río separatista catalán, el suprematismo urbanita de toda la vida, el criptocarlismo pagés quintaesencial y el de los revolucionarios autodeterministas, este último es el más reciente pero fluye repleto de aguas bravas, con las que se revitaliza, tal como hacían las bandas de la porra, lo que parecía definitivamente caduco. Adorna además al independentismo con la patina más preciada de los Shares mediáticos, la rebeldía antisistémica de los “incorruptibles” y “desheredados”. Pero no ha surgido de repente.

En una charleta cercana Tardá y Rufián afirmaban que la independencia de Cataluña no era un fin en sí mismo sino que era un medio para alcanzar la República y la igualdad social. Pero además no pretendía sólo el beneficio de Cataluña, sino salvar a España de Rajoy …y de paso de sí misma <me atrevo a apostillar>.

Tan peregrina idea no merece en sí misma mucho comentario, pero lo merece por lo que tiene de escasamente original, por lo que nos retrotrae a los tiempos lejanos de los estertores de la lucha antifranquista e incluso de mucho más lejos por supuesto.

Era común a la única oposición activa existente contra la Dictadura, el PCE y la dispar familia de grupos y grupúsculos comunistas, el cuidado de “la cuestión nacional”, es decir los nacionalismos reales o imaginarios. Predominaba la doctrina leninista/stalinista según la que la revolución socialista o popular conllevaría el ejercicio de tal supuesto derecho. Pero eso sí ejercido una vez realizada la revolución, con lo que ya se sabe por descontado cual sería el resultado. En teoría bien a través de una República “burguesa” como sostenía el PCE o bien ya en el marco del régimen revolucionario como sostenía otros, el resultado sería la restauración de los estatutos de autonomía de la II República y aquí paz y después gloria.

Se pretendía con el señuelo de la autodeterminación ganarse a las burguesías nacionalistas vasca y catalana, a quienes se les otorgaba sin mucha advertencia crítica la condición de impecables demócratas y progresistas. Seguro que además se alegrarían sobre manera al ver satisfechos sus derechos dentro de una República española democrática. Pero también y sobre todo se pretendía legitimar de esta manera el imaginario régimen alternativo, más tarde o temprano revolucionario, en el pasado de la II República.

Con la apuesta en favor de la transición el derecho de autodeterminación se adaptó al derecho a la autonomía. El PCE y otros como la ORT o Bandera Roja interpretaron que el derecho de autodeterminación tenía su satisfacción práctica con las autonomías y que, establecidas estas, ya quedaba amortizado.

Una excepción fueron algunos grupos extremosos, MCE, PTE, Trotkistas varios no digamos el FRA...etc, irrelevantes a escala general pero muy influyentes en ambientes muy sensibles como las universidades, algunos núcleos fabriles y el campo andaluz, por ejemplo. Imposible la ruptura y la revolución directa, confiaron en el banderín de enganche del derecho a la autodeterminación para iniciar un proceso revolucionario. Ya no sería un “derecho” ejercido al hacerse la revolución, sino una reivindicación que, o bien podía incendiar la chispa de la revolución o bien mantener encendida su llama.

Animaba a esta corrección estratégica la eclosión de movimientos nacionalistas y localistas de todo tipo en las diversas regiones. Se evidenciaba que las banderas disgregacionistas tenían mucho mayor empuje que los envejecidos slogans revolucionarios y que incluso resultaba lo más atractivo y movilizador. La apuesta por iniciar un proceso revolucionario nació muerta cuando la inmensa mayoría de la nación demostró su voluntad, pero la extrema izquierda inició un proceso de batasunización que contagió a su medula ideológica y que ha derivado en las más variadas manifestaciones y “mareas” al sostenerse en el tiempo, debido sobre todo a la cobertura que ha ofrecido el vigor de HB.

Por su parte la izquierda ya asentada en el sistema se vio expuesta a una imperceptible transformación ideológica de más profundo calado. Ya con el PSOE a la cabeza, del corazón socialista no pudo disiparse el prejuicio de que la única fuente de legitimidad posible de un régimen democrático era la II República. Así asumió racional y pragmáticamente, la transición y la Constitución, pero con el corazón partido. Esta esquizofrenia se moderó con el éxito de F. Gonzalez y la promesa de una victoria permanente sobre la derecha, pero no curó las heridas del corazón, es decir la nostalgia de una II República mas imaginaria que real. Porque cuanto más identificaba a la derecha con la herencia franquista más excitaba en el inconsciente de los suyos las ganas de saldar cuentas.

Las autonomías resultaron una válvula de escape hasta cierto punto inesperada. Al menos distraía, en principio, de la melancolía. Por supuesto no por lo que significaban de solución al problema que planteaban las reclamaciones insaciables de los nacionalistas, ni como solución administrativa más o menos eficaz, sino como fuentes de adhesión emocional alternativa a la sospechosa idea de España. Por extensión la clase política constitucionalista aprendió a fidelizar a la población a través de la lealtad prioritaria a propia autonomía evitando complicarse la vida con la defensa expresa de la, repito, incómoda idea de España.

Una deriva no menos influyente fue la que encabezó el PSUC, cuando interpretó la doctrina eurocomunista de acceso democrático al gobierno de la mano de la derecha democrática, el “Compromiso Histórico”, como medio para la creación de una hegemonía social y cultural de izquierdas en los términos de una estrategia para alcanzar un régimen de izquierdas en Cataluña. Lo relevante es que esto implicaba la apuesta por su plena catalanización en términos políticos e ideológicos. Pero en el sentido estricto de la palabra y no como mero reclamo retórica: Se instauraba la doctrina de que la única lealtad debida de los trabajadores catalanes es la nación catalana, mientras que la solidaridad y “fraternidad” con los demás “pueblos de España” es cosa de generosidad o conveniencia. El PSUC quedó marginado, pues corrió demasiado, pero señaló el camino al futuro PSC.

De estos retales se ha ido cosiendo el traje de la ideología pronacionalista de la izquierda en general, en un proceso que, por contradictorio y esquizofrénico en su raíz, es incurable y no puede tener fin. En especial la interpretación, que en esta domina, de que la pluralidad de España significa que España no es más que un conglomerado ocasional de pueblos cada uno hijo de su padre y su madre, una forma de unidad más o menos oportuna pero en el fondo extraña cuando no estrafalaria.

Ahora el procés resucita el viejo sueño de “a la revolución por la autodeterminación”. Mientras unos revolucionarios irredentos aspiran a la libertad de “su pueblo” los podemitas aspiran a la “libertad de los pueblos” mediante la conquista conjunta del Estado “centralista”. Se supone que P.I. es perfectamente consciente de que no puede quemar sus naves fiando la revolución al éxito de la independencia catalana. Su estrategia de aprovechar este empuje para legalizar de alguna forma el derecho de autodeterminación para “todos los pueblos de España”, carecería de sentido si se demuestra su complicidad con la sedición. Por eso ha de esperar hasta donde llega la rebelión sin parecer que la reprueba o que la acompaña, pero dejando clara la simpatía. Porque Sanchez va a dejarse querer en lo fundamental, mareado como está entre la nación y las naciones. Que para ser querido se ha mareado tanto.

Son episodios tácticos de la avanzada metamorfosis de la tradición marxista de toda la vida en multinacionalismo revolucionario y “fraterno” de nuevo tipo. Y ninguna experiencia como la del Procés para acelerar la deriva natural que sufre el revolucionarismo marxista. Su influjo convulsiona el ADN ideológico del nuevo marxismo, como ocurrió con los progres basatunizados. “¡Naciones del mundo desuníos!” Pero, dicho en su honor, conservando el espíritu esencial: se trata de hacer la revolución como sea y donde sea y en nombre de lo que sea. Para tal fin ha de servir y estar bien afinada la intuición infalible del buen revolucionario y del “hombre nuevo” de toda la vida, ante los vientos cambiantes de la historia.






martes, 12 de septiembre de 2017

LA PRUDENCIA




Hay razones evidentes en favor de la extrema pulcritud con que el Gobierno procede contra el Golpe separatista. Nada menos que la necesidad de cubrirse las espaldas, por si no tiene otro remedio que actuar más contundentemente, empezando por aplicar el 155. Pero se hace de la necesidad virtud.

El gobierno cree que no debe actuar más que como lo hace, es decir evitando la respuesta proporcionada que requiere el hecho consumado del desafío, para no provocar más victimismo. Pero la razón de fondo, lo que verdaderamente teme el gobierno es que la sociedad española no le siga ni le apoye e incluso se la haga pagar.

Aparece así esta prudente pulcritud como efecto y expresión de la incapacidad de los españoles de hacer frente unidos al desafío hasta sus últimas consecuencias, pero no es menos causa de ello, aunque el gobierno no lo pueda admitir. En su beneficio cabe pensar que no es que el Gobierno se disculpe, parapetándose detrás de esta deficiencia, sino que está convencido de que tal desunión es insuperable y decisiva. Sin duda espera el Gobierno que, de no tener más remedio que bajar a la arena, se reconozca que ha tratado de evitar algo tan indeseable. Pero incurre en un gran riesgo, del que no es claro que sea consciente.

Ha prometido que basta con las medidas judiciales y que todo está perfectamente controlado en todos sus pasos. De forma todavía más arriesgada ha dado a entender que en ningún caso haría falta llegar al extremo de sortear la línea roja, es decir tener que hacer valer la fuerza que detenta legítimamente el Estado, porque nunca el desafío alcanzaría una situación de no retorno.

Pero de esta manera provoca que tal medida se considere, de suceder, una especie de victoria moral de los golpistas. Y lo que es peor, que se considere algo ilegítimo, aunque fuera legal. El problema ya no es pues si harán falta medidas verdaderamente “proporcionadas”, justas y legítimas, sino si la sociedad española está en condiciones de comprenderlas y respaldarlas.

Sin comerlo ni beberlo y pretendiendo tal vez lo contrario es la misma dignidad del Estado, frase grandilocuente normalmente pero ahora verdadera y me temo que oportuna, lo que anda tan en entredicho, hasta tal punto que amenaza preceder a su propia desaparición, al menos como Estado español.

Narra S. Zweig cuando, en los inicios de la revolución francesa, se truncó la fuga de los monarcas franceses en Varennes, …

“Pero en realidad esos cinco días <los que transcurren de la huida de Paris al regreso humillante> han sacudido más los fundamentos de la Monarquía que cinco años de reformas, porque los prisioneros <los monarcas>ya no son testas coronadas (….)
Mas esto no parece conmover mucho a este hombre agotado. Indiferente a todo es indiferente a su propio destino. Con mano inconmovible, no anota en su diario más que: “Partida de Meaux a las seis y media. Llegada a París a las ocho, sin estancia”. Es todo lo que un Luis XVI tiene que decir sobre la más profunda humillación de su vida. Y Petión <comisionado por la Asamblea Nacional para devolver a los fugados a París> informa asimismo: “Estaba tan tranquilo como sino hubiera pasado nada. Se podría pensar que volvía de una partida de caza”. (María Antonieta. S.Zweig)

Sería sin duda desproporcionado ilustrar, de esta manera la actitud del Presidente del Gobierno, pero espanta pensar que hay razones para que tal caricatura resulte mínimamente verosímil. Sobre todo porque cabe la sospecha de que ha estado en todo momento convencido de que el desafío nunca se iba a consumar y todo se iba a reconducir en la debida forma, sin molestar a nadie. Como si actuando mansamente todo se amansaría, o simplemente que nunca podría ser para tanto pues vivimos en una sociedad civilizada.