jueves, 14 de septiembre de 2017

¡NACIONES DEL MUNDO DESUNÍOS!


De los tres afluentes que nutren el río separatista catalán, el suprematismo urbanita de toda la vida, el criptocarlismo pagés quintaesencial y el de los revolucionarios autodeterministas, este último es el más reciente pero fluye repleto de aguas bravas, con las que se revitaliza, tal como hacían las bandas de la porra, lo que parecía definitivamente caduco. Adorna además al independentismo con la patina más preciada de los Shares mediáticos, la rebeldía antisistémica de los “incorruptibles” y “desheredados”. Pero no ha surgido de repente.

En una charleta cercana Tardá y Rufián afirmaban que la independencia de Cataluña no era un fin en sí mismo sino que era un medio para alcanzar la República y la igualdad social. Pero además no pretendía sólo el beneficio de Cataluña, sino salvar a España de Rajoy …y de paso de sí misma <me atrevo a apostillar>.

Tan peregrina idea no merece en sí misma mucho comentario, pero lo merece por lo que tiene de escasamente original, por lo que nos retrotrae a los tiempos lejanos de los estertores de la lucha antifranquista e incluso de mucho más lejos por supuesto.

Era común a la única oposición activa existente contra la Dictadura, el PCE y la dispar familia de grupos y grupúsculos comunistas, el cuidado de “la cuestión nacional”, es decir los nacionalismos reales o imaginarios. Predominaba la doctrina leninista/stalinista según la que la revolución socialista o popular conllevaría el ejercicio de tal supuesto derecho. Pero eso sí ejercido una vez realizada la revolución, con lo que ya se sabe por descontado cual sería el resultado. En teoría bien a través de una República “burguesa” como sostenía el PCE o bien ya en el marco del régimen revolucionario como sostenía otros, el resultado sería la restauración de los estatutos de autonomía de la II República y aquí paz y después gloria.

Se pretendía con el señuelo de la autodeterminación ganarse a las burguesías nacionalistas vasca y catalana, a quienes se les otorgaba sin mucha advertencia crítica la condición de impecables demócratas y progresistas. Seguro que además se alegrarían sobre manera al ver satisfechos sus derechos dentro de una República española democrática. Pero también y sobre todo se pretendía legitimar de esta manera el imaginario régimen alternativo, más tarde o temprano revolucionario, en el pasado de la II República.

Con la apuesta en favor de la transición el derecho de autodeterminación se adaptó al derecho a la autonomía. El PCE y otros como la ORT o Bandera Roja interpretaron que el derecho de autodeterminación tenía su satisfacción práctica con las autonomías y que, establecidas estas, ya quedaba amortizado.

Una excepción fueron algunos grupos extremosos, MCE, PTE, Trotkistas varios no digamos el FRA...etc, irrelevantes a escala general pero muy influyentes en ambientes muy sensibles como las universidades, algunos núcleos fabriles y el campo andaluz, por ejemplo. Imposible la ruptura y la revolución directa, confiaron en el banderín de enganche del derecho a la autodeterminación para iniciar un proceso revolucionario. Ya no sería un “derecho” ejercido al hacerse la revolución, sino una reivindicación que, o bien podía incendiar la chispa de la revolución o bien mantener encendida su llama.

Animaba a esta corrección estratégica la eclosión de movimientos nacionalistas y localistas de todo tipo en las diversas regiones. Se evidenciaba que las banderas disgregacionistas tenían mucho mayor empuje que los envejecidos slogans revolucionarios y que incluso resultaba lo más atractivo y movilizador. La apuesta por iniciar un proceso revolucionario nació muerta cuando la inmensa mayoría de la nación demostró su voluntad, pero la extrema izquierda inició un proceso de batasunización que contagió a su medula ideológica y que ha derivado en las más variadas manifestaciones y “mareas” al sostenerse en el tiempo, debido sobre todo a la cobertura que ha ofrecido el vigor de HB.

Por su parte la izquierda ya asentada en el sistema se vio expuesta a una imperceptible transformación ideológica de más profundo calado. Ya con el PSOE a la cabeza, del corazón socialista no pudo disiparse el prejuicio de que la única fuente de legitimidad posible de un régimen democrático era la II República. Así asumió racional y pragmáticamente, la transición y la Constitución, pero con el corazón partido. Esta esquizofrenia se moderó con el éxito de F. Gonzalez y la promesa de una victoria permanente sobre la derecha, pero no curó las heridas del corazón, es decir la nostalgia de una II República mas imaginaria que real. Porque cuanto más identificaba a la derecha con la herencia franquista más excitaba en el inconsciente de los suyos las ganas de saldar cuentas.

Las autonomías resultaron una válvula de escape hasta cierto punto inesperada. Al menos distraía, en principio, de la melancolía. Por supuesto no por lo que significaban de solución al problema que planteaban las reclamaciones insaciables de los nacionalistas, ni como solución administrativa más o menos eficaz, sino como fuentes de adhesión emocional alternativa a la sospechosa idea de España. Por extensión la clase política constitucionalista aprendió a fidelizar a la población a través de la lealtad prioritaria a propia autonomía evitando complicarse la vida con la defensa expresa de la, repito, incómoda idea de España.

Una deriva no menos influyente fue la que encabezó el PSUC, cuando interpretó la doctrina eurocomunista de acceso democrático al gobierno de la mano de la derecha democrática, el “Compromiso Histórico”, como medio para la creación de una hegemonía social y cultural de izquierdas en los términos de una estrategia para alcanzar un régimen de izquierdas en Cataluña. Lo relevante es que esto implicaba la apuesta por su plena catalanización en términos políticos e ideológicos. Pero en el sentido estricto de la palabra y no como mero reclamo retórica: Se instauraba la doctrina de que la única lealtad debida de los trabajadores catalanes es la nación catalana, mientras que la solidaridad y “fraternidad” con los demás “pueblos de España” es cosa de generosidad o conveniencia. El PSUC quedó marginado, pues corrió demasiado, pero señaló el camino al futuro PSC.

De estos retales se ha ido cosiendo el traje de la ideología pronacionalista de la izquierda en general, en un proceso que, por contradictorio y esquizofrénico en su raíz, es incurable y no puede tener fin. En especial la interpretación, que en esta domina, de que la pluralidad de España significa que España no es más que un conglomerado ocasional de pueblos cada uno hijo de su padre y su madre, una forma de unidad más o menos oportuna pero en el fondo extraña cuando no estrafalaria.

Ahora el procés resucita el viejo sueño de “a la revolución por la autodeterminación”. Mientras unos revolucionarios irredentos aspiran a la libertad de “su pueblo” los podemitas aspiran a la “libertad de los pueblos” mediante la conquista conjunta del Estado “centralista”. Se supone que P.I. es perfectamente consciente de que no puede quemar sus naves fiando la revolución al éxito de la independencia catalana. Su estrategia de aprovechar este empuje para legalizar de alguna forma el derecho de autodeterminación para “todos los pueblos de España”, carecería de sentido si se demuestra su complicidad con la sedición. Por eso ha de esperar hasta donde llega la rebelión sin parecer que la reprueba o que la acompaña, pero dejando clara la simpatía. Porque Sanchez va a dejarse querer en lo fundamental, mareado como está entre la nación y las naciones. Que para ser querido se ha mareado tanto.

Son episodios tácticos de la avanzada metamorfosis de la tradición marxista de toda la vida en multinacionalismo revolucionario y “fraterno” de nuevo tipo. Y ninguna experiencia como la del Procés para acelerar la deriva natural que sufre el revolucionarismo marxista. Su influjo convulsiona el ADN ideológico del nuevo marxismo, como ocurrió con los progres basatunizados. “¡Naciones del mundo desuníos!” Pero, dicho en su honor, conservando el espíritu esencial: se trata de hacer la revolución como sea y donde sea y en nombre de lo que sea. Para tal fin ha de servir y estar bien afinada la intuición infalible del buen revolucionario y del “hombre nuevo” de toda la vida, ante los vientos cambiantes de la historia.






martes, 12 de septiembre de 2017

LA PRUDENCIA




Hay razones evidentes en favor de la extrema pulcritud con que el Gobierno procede contra el Golpe separatista. Nada menos que la necesidad de cubrirse las espaldas, por si no tiene otro remedio que actuar más contundentemente, empezando por aplicar el 155. Pero se hace de la necesidad virtud.

El gobierno cree que no debe actuar más que como lo hace, es decir evitando la respuesta proporcionada que requiere el hecho consumado del desafío, para no provocar más victimismo. Pero la razón de fondo, lo que verdaderamente teme el gobierno es que la sociedad española no le siga ni le apoye e incluso se la haga pagar.

Aparece así esta prudente pulcritud como efecto y expresión de la incapacidad de los españoles de hacer frente unidos al desafío hasta sus últimas consecuencias, pero no es menos causa de ello, aunque el gobierno no lo pueda admitir. En su beneficio cabe pensar que no es que el Gobierno se disculpe, parapetándose detrás de esta deficiencia, sino que está convencido de que tal desunión es insuperable y decisiva. Sin duda espera el Gobierno que, de no tener más remedio que bajar a la arena, se reconozca que ha tratado de evitar algo tan indeseable. Pero incurre en un gran riesgo, del que no es claro que sea consciente.

Ha prometido que basta con las medidas judiciales y que todo está perfectamente controlado en todos sus pasos. De forma todavía más arriesgada ha dado a entender que en ningún caso haría falta llegar al extremo de sortear la línea roja, es decir tener que hacer valer la fuerza que detenta legítimamente el Estado, porque nunca el desafío alcanzaría una situación de no retorno.

Pero de esta manera provoca que tal medida se considere, de suceder, una especie de victoria moral de los golpistas. Y lo que es peor, que se considere algo ilegítimo, aunque fuera legal. El problema ya no es pues si harán falta medidas verdaderamente “proporcionadas”, justas y legítimas, sino si la sociedad española está en condiciones de comprenderlas y respaldarlas.

Sin comerlo ni beberlo y pretendiendo tal vez lo contrario es la misma dignidad del Estado, frase grandilocuente normalmente pero ahora verdadera y me temo que oportuna, lo que anda tan en entredicho, hasta tal punto que amenaza preceder a su propia desaparición, al menos como Estado español.

Narra S. Zweig cuando, en los inicios de la revolución francesa, se truncó la fuga de los monarcas franceses en Varennes, …

“Pero en realidad esos cinco días <los que transcurren de la huida de Paris al regreso humillante> han sacudido más los fundamentos de la Monarquía que cinco años de reformas, porque los prisioneros <los monarcas>ya no son testas coronadas (….)
Mas esto no parece conmover mucho a este hombre agotado. Indiferente a todo es indiferente a su propio destino. Con mano inconmovible, no anota en su diario más que: “Partida de Meaux a las seis y media. Llegada a París a las ocho, sin estancia”. Es todo lo que un Luis XVI tiene que decir sobre la más profunda humillación de su vida. Y Petión <comisionado por la Asamblea Nacional para devolver a los fugados a París> informa asimismo: “Estaba tan tranquilo como sino hubiera pasado nada. Se podría pensar que volvía de una partida de caza”. (María Antonieta. S.Zweig)

Sería sin duda desproporcionado ilustrar, de esta manera la actitud del Presidente del Gobierno, pero espanta pensar que hay razones para que tal caricatura resulte mínimamente verosímil. Sobre todo porque cabe la sospecha de que ha estado en todo momento convencido de que el desafío nunca se iba a consumar y todo se iba a reconducir en la debida forma, sin molestar a nadie. Como si actuando mansamente todo se amansaría, o simplemente que nunca podría ser para tanto pues vivimos en una sociedad civilizada.

jueves, 7 de septiembre de 2017

LA PROPORCIONALIDAD


Es justo y correcto actuar con proporcionalidad, disculpen la redundancia. Pero los que invocan la proporcionalidad, dando a entender así lo que NO van a hacer y no lo que van a hacer, debieran explicar cual es el término de la proporción, es decir el proceder justo, en el caso de un Golpe de Estado. 

Como sin duda se trata de una cuestión política y no meramente una cuestión jurídica ordinaria, sin duda lo pertinente, es decir proporcional, sería someter a los golpistas, respetando y aplicando el Estado de Derecho que estos pretenden suprimir. Hay legislación suficiente en la Constitución y en el código penal que viene como anillo al dedo. Pero según los cálculos de los que invocan la proporcionalidad, el Gobierno y los partidos constitucionalistas, esto sería desproporcionado. 

Como no cabe duda de la buena voluntad del Gobierno, en especial, seguramente que esta paradójica conclusión obedece a un cuarteto de temores básicos.

El temor a que los sediciosos la armen con ganas y que atraigan para su causa a tantos y tantos catalanes confundidos que se sentirían agraviados.

El temor a que las izquierdas, en esto no hay distingos, cierren filas responsabilizando al gobierno por “la falta de diálogo”, ausencia de reformas e incapacidad de “seducir” a los catalanes. Que rizando el rizo las extremas izquierdas “nacionales” aprovechen para extender la revuelta en toda España.

El temor a que la gente sencilla y potenciales seguidores descubra que había algo muy gordo cuando se le aseguraba que no pasaba ni podría pasar nada y le reproche consecuentemente que trata de endilgarles lo que debiera resolver y ya estar resuelto.

El temor más trágico posible de que en caso de que los plasmas se calienten la opinión pública mundial tome cartas en el asunto y le reproche la represión y la violación de los derechos humanos de los catalanes.

Se trata así de hacer lo que se pueda pero con estas “limitaciones”. Proceder enérgicamente pero sin provocar ni alarmar.

Quizás sea esto lo razonable, según el grado al que se ha llegado. Pero sería un abuso seguir con el eufemismo de la fortaleza del Estado de Derecho. Igual que se ha demostrado abiertamente la catadura moral de los separatistas desde el atentado de Las Ramblas hasta el remate del Akelarre del Parlament, se ha evidenciado la debilidad ideológica y política de la sociedad española que ha de sostener al Estado de Derecho. No llamemos pues fortaleza a lo que es profunda debilidad e impotencia. ¿Permitiría una sociedad consciente y comprometida con sus derechos y de los fundamentos de su convivencia el Procés, el Preprocés y ahora el Posprocés? ¿De donde vienen pues esas “limitaciones” que el gobierno piensa que no tiene más remedio que respetar?

Seguramente si el Gobierno y de paso la clase política constitucionalista diera una muestra de fortaleza haciendo un ejercicio de humildad, es decir mostrando la gravedad de lo que está en juego, muchos españoles podrían empezar a despertar de la modorra.




martes, 5 de septiembre de 2017

¿CORRUPCIÓN Y MENTIRA EN CATALUÑA? YA NO TOCA.


Ni la manifiesta corrupción engendrada en la entrañas del sistema nacionalista catalán, ni las mentiras flagrantes que han envuelto el atentado, han despeinado un ápice a las élites y huestes que persiguen el separatismo. Pero tampoco ha mermado el sometimiento de la sociedad catalana potencialmente antiseparatista. Lo primero no mueve a sorpresa alguna. Lo segundo debiera hacerlo.

El separatismo ya es un movimiento de masas perfectamente cuajado, que se atribuye el derecho moral sobre el Estado de Derecho, con la ventaja de que carece de resistencias ideológicas y hasta ahora legales. Las masas quieren unirse más de lo que están unidas y expulsan o regurgitan para su engorde lo que se le opone o molesta. No necesitan justificar su mala conciencia por ser cómplices de la corrupción de su Govern y Partit, al consentirla, alimentarla, o justificarla, porque no tienen asomo de mala conciencia. No les parece ni bien ni mal, ni justificado ni injustificable. Es evidente que existe y lo saben. Tampoco se lo ocultan. Lo asumen como si hubiera caído un chaparrón en medio de la carrera. Corremos mojados pero seguimos corriendo, ya se secará.

Cuando uno, que teme que se le considere un imbécil, proclamaba en el Parlamento que quieren una República catalana para acabar con la corrupción, las masas ni se lo creen ni se lo dejan de creer. De la misma forma que tampoco se lo creía o dejaba de creer el mismo orate. Sólo por un prurito de honor, a la vista de la estupidez proclamada, trató de apartar de sí el cáliz de la imbecilidad.

Estamos en el punto en que lo que no mata engorda y, como ocurre en lo sueños y en la magia, todo sucede de cualquier manera con tal de que sirva para el efecto deseado. Como dejó dicho Kierkegaard, y por lo demás es evidente, a nadie que vive de su ilusión se le puede disuadir con razones. “A más” cuanto la ilusión más quimérica sea, se podría añadir. (Por cierto quisiera aclarar. La quimera no es la posible independencia, la quimera es que eso signifique bien alguno y no conlleve una gran catástrofe).

Según esto, es lícito pasar de la incongruencia de achacar a la corrupción de “Madrit” todos los males y reclamar por ello la independencia y buscar en la independencia la garantía de impunidad por la corrupción propia. Instalados en el sueño no hay contradicciones. La única lógica que en la contestación impera es que “ahora no toca”. Es decir “nuestra” corrupción da igual que exista como que no exista. En todo caso es un problema “nuestro”.

Pero tampoco los antiseparatistas han reaccionado, al menos según la ocasión lo pide y permite. El gran éxito histórico del separatismo ha sido exorcizar de raíz cualquier atisbo de crítica u oposición que pudiera poner en cuestión ya no las posiciones conquistadas sino la tendencia general del movimiento. Aunque en su origen (tiempos de la transición, Felipe Gonzalez..etc), no predominase una voluntad decidida de buscar la independencia, más que nada porque las fuerzas y la actitud de “Madrit” eran inciertas, los separatistas de corazón, es decir nacionalistas en general, tuvieron la intuición de identificar cualquier motivo de disconformidad que pudiera atravesarse y cuestionar su presunta supremacía moral. Esta dicta que la lealtad a Cataluña no sólo está por encima de todo, sino que conlleva imperiosamente la deslealtad a España.

Por esta y otras razones que no vienen al caso los ciudadanos potencialmente ajenos al imperio nacionalista, al menos el sesenta por ciento de los catalanes, han quedado anulados y diseminados políticamente. Pero sobre todo intoxicados. Lo primero de todo es ser “buen catalán”, es decir no contradecir al nacionalismo. Aceptada de inicio la premisa de que el nacionalismo era una fuerza democrática y de progreso, el espíritu antinacionalista se refugiaba en ser de izquierdas y cuanto “más rojo” mejor, pretendiendo así ser tan democrático y progresista como el nacionalismo. Ser de izquierdas era la mejor forma de ser buen catalán, pero no nacionalista. Durante un tiempo la población hispanocatalana creía que estaba permitido ser leal a Cataluña y a toda España a la vez(solidaridad se llama eso) y sin contradicción alguna. El espejismo se deshizo y ahora hay que corroborar ser de izquierdas con ser nacionalista en el sentido estricto de la palabra.

Tratando de huir de esta fatalidad “los buenos catalanes y de izquierdas”, que seguramente constituyen la mayoría entre la población no separatista de la sociedad catalana, se han cobijado tras Colau y Podemos. Parecía ante todo un aval de que se es buen catalán, cosa incompatible con ser de derechas no nacionalista. Esperan caer simpáticos a los separatistas y escapar a la vez de sus fauces. Pero el Colaupodemismo se atiene sobradamente al guión que ya asumió el PSC en su tiempo. Cree que la furia contra la derecha (del “Estado” por supuesto) les exculpa de su escasa fe separatista. Cree que todo lo cura un gobierno de izquierdas. En el Estado un gobierno de izquierdas para acabar con la corrupción. En Cataluña un gobierno de izquierdas a pesar de la corrupción. En Madrit la lucha contra la corrupción es cuestión de vida o muerte y de justicia divina. En Cataluña es cosa fea la corrupción pero luchar contra los corruptos ahora “no toca” a mayor gloria de un gobierno de izquierdas. Es el matiz diferencial entre Cataluña y “el Estado” desde la perspectiva de “todas las izquierdas”.

Con estos fines comunes todas la combinaciones son posibles. Resulta secundario si el gobierno de izquierdas catalán sucede a la independencia o la precede. También es secundario si es palanca para el gobierno de izquierdas en “el Estado” o si un gobierno de izquierdas “estatal” es el paso necesario para el catalán. Habrá quienes se conformen con un gobierno de izquierdas sólo en Cataluña y quienes lo quieran también para “el Estado”. Antes que despejar esas dudas lo único que parece tener claro el Colaupodemismo es que la colaboración con el independentismo no pica y además es imprescindible. Por lo visto esto conforma e ilusiona a las huestes de los “incorruptibles”, porque pase lo que pase vendrá algo tan mágico como un gobierno de izquierdas,... o dos.





viernes, 25 de agosto de 2017

LA MAESTRA DE ESPAÑA Y DE SUSO DE TORO


Del reverente y entusiasta artículo de Suso del Toro “Dos países, dos realidades” (que adjunto integro) me quedo con lo siguiente, sin menoscabo de muchas otras ligerezas dignas de ser confrontadas:

“Un país envidiable. Hace años deseaba que Catalunya fuese la maestra de España, evidentemente ya es imposible y solamente queda a unos la envidia y a otros la admiración.”

El nacionalismo catalán siempre se ha justificado por la presunta superioridad de Cataluña sobre España. Ha tenido la habilidad de mezclar el presunto liderazgo de la modernidad y el europeísmo con el carlismo agrario y carpetovetónico de la terreta. Pero con ello se demuestra que esta creencia en la presunta superioridad en nada se debe a que objetivamente sea más moderna o sea menos antigua de lo que debiera, según se deriva de los ingredientes de esta pócima. Tiene vida propia y sin duda complejos profundos. Este alarde de superioridad ha sido emblema dirigido no a “catalanizar España”, sino a “desespañolizar Cataluña”, pero en lo fundamental no ha tenido más función que sostener el mito de que España y Cataluña son realidades extrañas entre sí y que además España es un obstáculo para el despliegue de la potencialidad de Cataluña.
Ahora que no se puede dudar de la europeidad y modernidad de España, la presunta superioridad de Cataluña se retroalimenta de las mismas corrientes ya re-adaptadas. La de los que reclaman la independencia para que Cataluña sea “verdaderamente” moderna y europea, y la que promete con la independencia librar a Cataluña de los males de Europa, la modernidad y en suma “el sistema”. Que ambos presuntos antagonistas ideológicos converjan, como anteriormente lo hizo el liberalismo y el carlismo nacionalista, sin ningún problema, salvo ciertos desajustes estéticos, demuestra que el afán independentista no guarda relación alguna con las razones que se alegan. Si se objetivaran, esas razones caerían como un castillo de naipes.

Ya se hace el Sr Suso digno de habitar el Parnaso político cuando alega en favor de la independencia la presunta competencia de las instituciones catalanas y más aun tomando como ejemplo la gestión del atentado. Competencia que, si fuera cierta, las instituciones catalanas han podido desarrollar y ejercer dentro de España sin ningún problema, y que sino fuera tal, como así resulta más verosímil pensar a la luz de los hechos, no es debido a la falta de prerrogativas y poderes propios, sino seguramente a su afán de despreciar la adecuada colaboración con las instituciones nacionales.

No confundamos los términos. La escalada nacionalista ha distorsionado gravemente la competencia de los servicios públicos, cosa que en términos de la crudeza política no importa, si se ve capaz de sacar rédito político. Sólo se requiere habilidad modular la propaganda: unas veces toca destacar las dificultades que sufre la población como producto de la intromisión del centralismo, otras veces toca destacar el éxito de las autoridades como prueba de que se esta preparado para la independencia. Porque en realidad lo que permite la independencia, y ofrece la preparación necesaria, es tener fuerza suficiente para imponerla, venga de donde venga. Por eso Kosovo o Somalia están “preparados” para la independencia y la soberanía.

En términos humanos no es fácil saber si se empieza creyendo una mentira y luego se lanza o si se lanza la mentira y quien la lanza acaba creyéndosela. Por lo visto el Sr. Suso ha creído siempre en esa superioridad integral de Cataluña y es dudoso que en algún momento creyera en serio, como deja entrever, que eso debiera conllevar “la catalanización de España”. El Procés le ha debido convencer de que lo pertinente es la “desespañolización de Cataluña”. Es decir que la independencia de Cataluña es posible y está a la mano, y que cuando se está en esas hay que echar una mano o unas letrillas.
Es peculiar de los independentismos hispanos que se nutran y encuentren multiple afinidad y simpatía en todo el territorio español. Antes porque dolía el retraso de España, ahora porque debe doler su prosperidad, en términos de los países desarrollados. Tal vez ocurra porque la fuerza y la motivación de los nacionalismos sea una reverberación de las disfunciones mentales de la sociedad española en su conjunto. Pero es otra cuestión.

Al fin y al cabo la idea del Sr. Suso me ratifica en la sospecha de que lo que mueve al resentimiento de los nacionalistas catalanes contra España no es tanto que la sociedad española desprecie la diferencia y singularidad de Cataluña, sino que la aprecie, reconozca y respete suficientemente, pero sin llegar al extremo de apreciar y reconocer su presunta superioridad. ¿No debiera mover este aprecio a cuestionarse esa presunta superioridad y "maestría"? Porque una nación “libre igual y unida” (en feliz expresión de un navegante que no tengo la fortuna de recordar) es el mejor instrumento para que todos seamos maestros de todos y aprendamos de todos. ¿O acaso algunos no necesitan aprender de nadie?




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Dos países, dos realidades

Los atentados han tenido un efecto inesperado para cualquiera: han aflorado las estructuras de un estado
SUSO DE TORO
    Hace falta que pase tiempo para que una comunidad, a través de las instituciones que tenga, pueda ir reconstruyendo una realidad. Nunca será la misma, siempre habrá algo cambiado, un roto aquí, una pieza fuera de sitio allí, pero esa reconstrucción global permitirá que cada miembro de esa comunidad pueda reconstruir también su sentido de la realidad.
    Los atentados en Catalunya hay que enmarcarlos en la geoestrategia, la utilización que hace Arabia Saudí principalmente del wahadismo como un instrumento de poder en el mundo. Es monstruoso pero debemos aceptar que los amos de los terroristas son los aliados de nuestros amos. No es una paradoja, es una perversión política.
    Aunque la conexión de la célula organizada en Catalunya con los centros de decisión terrorista sea laxa, el atentado que preparaban tenía un contexto político local, seguramente pretendía incidir en una herida, en el conflicto entre el Estado y Catalunya que afronta semanas decisivas. Pretendía desgarrar la carne donde hay rozadura y herida, sin poder predeterminar si movería a la sociedad en una dirección o la contraria sí que pretendía aprovechar el conflicto político, parasitarlo, apropiarse de la jornada. Han asesinado y mutilado, han hecho daño a mucha gente pero una oportuna explosión los puso en evidencia y los obligó a precipitarse y matar fuera del contexto previsto.
    No podemos saber si los atentados moverán el ánimo y la opinión de las personas que van a celebrar su Diada nacional y votar el 1 de Octubre en un sentido u otro, sin embargo sí que han tenido un efecto inesperado para cualquiera: han aflorado las estructuras de un estado. Han catalizado las partículas del ambiente en el que ya estaba viviendo la ciudadanía catalana, lo que era gaseoso o líquido se ha hecho sólido.
    La evidencia va contra la política centralista de Rajoy, el de las 500.000 firmas, y Soraya, la del 10 a 0
    La población catalana acaba de comprobar que ya vive dentro de un país propio, perfectamente delimitado: durante una jornada trágica en que sentían que peligraba cada persona y el propio país Catalunya ha estado sóla, contando únicamente con sus propias fuerzas. Y sóla se ha enfrentado a sus enemigos, los ha combatido y los ha vencido con eficacia. La ciudadanía catalana ha vivido en esa jornada histórica la experiencia de la soledad, de la independencia, del valor cívico y, sobre todo, han conocido la evidencia de que en la práctica ya tienen un estado. Los catalanes reconstruyen sus días, su realidad desde si mismos, no precisan de virreyes coloniales.
    Esto lo ha vivido la sociedad catalana y lo hemos visto, desde fuera, cualquier ciudadano español que no esté completamente intoxicado por sus medios de comunicación. Catalunya es otro país, con sus estructuras y sus gobernantes; un país que, además, funciona ejemplarmente con profesionalidad, seriedad y eficacia. Un país envidiable. Hace años deseaba que Catalunya fuese la maestra de España, evidentemente ya es imposible y solamente queda a unos la envidia y a otros la admiración. Pero se impone la evidencia de la seriedad de la nación catalana, que ha sido retratada con burla, desprecio y mentiras por los políticos españoles y los medios de comunicación al servicio del IBEX. Esa evidencia entre la opinión va contra la política centralista de Rajoy, el de las 500.000 firmas, y Soraya, la del 10 a 0, una política seguida por el resto de los partidos estatales que le cuestionan a esa sociedad el derecho a votar y decidir.
    Los servidores de ese imperio de fantasía que sueñan en la corte madrileña creyeron que Catalunya era una autonomía suya, un país pequeñito, pero acaba de mostrarse a si misma y a los demás desnuda como lo que es, una nación adulta y capaz que por ahora carece propiamente de un estado.
    Los medios madrileños ocultan sistemáticamente la actuación de la policía catalana, los mossos, por “la policía”, cuando a diario se deleitan nombrando a la Guardia Civil y Policía Nacional
    Es cierto que una violencia tan brutal hace que aflore lo peor y lo mejor en la sociedad. Lo mejor se ha impuesto a lo peor. Lo peor ya era conocido, que algo tan terrible haya ido acompañado de un nuevo afloramiento de odio a lo catalán era previsible, por mucho que se quiera ignorar esa xenofobia a lo catalán está muy extendida en la población española, la extienden los partidos y los medios. Unos medios madrileños que, como en toda ocasión en los últimos tiempos, han actuado de forma casi unánime al servicio del PP y el Estado, ya confundidos ambos en una única cosa. Repitiendo como loros de “ Yes, we can” o “ Imagine” son incapaces de repetir “ No tinc por” necesitando traducirlo. Ocultando sistemáticamente la actuación de la policía catalana, los mossos, por “la policía”, cuando a diario se deleitan nombrando a la Guardia Civil y Policía Nacional. Esa perversidad, esa manipulación constante del lenguaje es indicativo de lo que ha regido hasta hoy: la ocultación, la negación y la exclusión de la realidad nacional catalana. Los españoles ignoran, porque sus medios se lo ocultan, que este Gobierno ha excluido a los Mossos de la información estratégica sobre terrorismo que recibían de otros gobiernos, cuando Catalunya era un objetivo principal del terrorismo. Esa muestra de autoritarismo antidemocrático, de colonialismo y de irresponsabilidad criminal es algo inaudito. Los españoles no serán informados de ello pero como los lectores de este periódico sí lo saben no insisto en lo sabido.
    Mariano Rajoy y la política española en estos momentos está tragando un sapo muy grande y los españoles asimilando una nueva realidad: bajo este estado hay más de un país y la foto con el monarca no es más que un imperdible obligado por la circunstancia extrema. En esa nueva realidad, quienes armados de la Justicia del estado como arma particular pretenden el encarcelamiento y el embargo de políticos catalanes ¿todavía sueñan con encarcelar a Puigdemont cuando la ciudadanía sea convocada a votar? ¿Con qué autoridad lo haría? ¿Qué autoridad tienen ante la ciudadanía catalana esos políticos que dejaron sus vacaciones para aparecer en una tierra y un país que le es más extraño que nunca? Frente a la autoridad colonial sólo cabe la autoridad de la ciudadanía, la que vota libremente.


jueves, 24 de agosto de 2017

SOBRE EL RADICALISMO Y LA RADICALIZACIÓN YIHADISTA.


Al explicar la radicalización política, especialmente yihadista, se suele incurrir en dos errores, con la consiguiente desvirtuación del fenómeno:

1.Se confunde con los procesos comunes de asimilación sectaria convencional, de carácter fundamentalmente religioso/heterodoxo pero marginal. En estos casos lo fundamental es el factor psicológico y de necesidad de pertenencia grupal. El sectario atiende fundamentalmente a la necesidad de darle un sentido a su vida pero en forma estrictamente personal, a compartirlo vitalmente dentro de una comunidad creyente, pero palpable, y por último a sentirse diferente y libre de un mundo que siente irremediablemente corrompido. Encuentra por ello en la diferencia y la marginalidad un signo de distinción y de superioridad moral.

Sin embargo en la radicalización política, política/religiosa en el caso del yihadismo, predomina fundamentalmente el afán de protagonismo histórico, sentirse protagonista y creador de los destinos de una sociedad y, cada vez más, de la globalidad del mundo. Su afán delirante no es tanto la salvación personal, ni llevar una existencia auténtica, sino redimir el mundo de sus males. En la medida que el abducido se sacrifica por esa tarea considera amortizados sus vicios y defectos personales, pero no porque desaparezcan sino porque ayudan a la causa.

Conviene puntualizar que el hecho de que los abducidos tanto por la sectarización convencional como por el radicalismo político tengan carencias y deficiencias psicológicas y sociales (marginalidad, pobreza,etc) no significa que esa sectarización sea producto de estas carencias. Todos los humanos somos deficientes y nuestro equilibrio es profundamente inestable e incierto. Pero también tenemos sueños e ideales, que no tienen porque ser en su esencia una sublimación de esas carencias psicológicas,afectivas o sociales. Esas carencias se tornan enormemente peligrosas cuando se consumen al mezclarse con afanes idealistas delirantes si falta el bagaje moral e intelectual suficiente que permita contrarrestar la manipulación de los “impulsos nobles o idealistas” de que son objeto. Nada es más manipulable que el idealista que respira en la atmósfera del nihilismo y del fanatismo, aunque este sea potencial.

2.Esto lleva a lo que es más importante, la confusión de entender el adoctrinamiento como un proceso de inoculación de ideas extrañas al ámbito de vivencia de los afectados. Estamos más bien ante la excitación y el calentamiento de ideas latentes ya instaladas en el universo cultural y vital de una determinada comunidad o sociedad como resultado de un proceso histórico complejo. De no entender esto hay que recurrir al pensamiento mágico.

En el caso del Islam resulta secundario si en abstracto se trata de una religión de paz o de guerra. No hay una relación directa entre el contenido doctrinal del Islam y la acción que se lleva acabo en su nombre. Lo importante no es la doctrina en sí, abierta a múltiples interpretaciones, sino la forma predominante de vivirla y de entenderla. Pero no oficial y externamente, sino de corazón.

El Islam histórico plantea a este respecto un problema especial ya resuelto por el cristianismo a fines del edad media: la dicotomía entre la lealtad a la nación y la ley civil y la lealtad a la comunidad religiosa, pero no en el terreno moral privado (como ocurre en cualquier religión) sino en el terreno público. En su fórmula extrema la religión ha de regir todos los aspectos de la vida y del orden social y sólo es aceptable un estado islámico e islamista. Esto significa en la practica que cualesquiera que sea su grado de integración, asimilación o como se quiera decir, las comunidades islámicas tienen por referencia la imaginaria comunidad islámica universal y el destino del Islam en su conjunto, mientras que entienden su participación en las sociedades occidentales como una adaptación por motivos de conveniencia, más o menos temporal y provisional. Naturalmente esto no significa estar contra Occidente, sino mantener una distancia moral respecto a Occidente como un todo.
Sobre esta base cabe considerar lo excitables y manipulables que pueden ser muchos individuos que participan de ciertas ideas latentes aunque en su origen apenas tengan conciencia de las mismas. Ideas y mentalidades como:

-que el Islam tiene una superioridad moral absoluta, pero además innegociable. Lo primero es común a las diferentes religiones, ya no lo segundo. Es decir la línea que separa moralmente a los fieles de los infieles es absoluta. Desde un punto de vista humano se es fiel o infiel. Se es obediente a Dios o un obstáculo a los designios divinos. Llevado a sus últimas consecuencias se desprende el derecho e incluso la obligación de que el Islam se extienda hegemónicamente por todo el mundo, lo que no significa el derecho a hacerlo violentamente, pero tampoco lo excluye.

-el sentimiento de derrota y humillación histórica por Occidente, derrota que se considera injusta e inaceptable. Igual que cualquier forma de occidentalización resulta una traición a la esencia del Islam, la vida colectiva no se puede desprender tan fácilmente del ánimo de venganza o restauración histórica. Por supuesto este sentimiento de decadencia y de victimismo histórico es de origen complejo, pero es evidente que la cuestión palestina y la revolución iraní, además de los intereses expansionistas de las monarquías del golfo, lo han reavivado en carne viva.

-por último el ambiente de autonegación común de occidente, lo que cabe considerar a grosso modo como nihilismo, refuerza las tendencias y argumentos en favor de la perversidad intrínseca de la sociedad occidental. Aunque paradójicamente las fuerzas que animan el malestar dentro de occidente esgrimen “razones” en muchos aspectos opuestas a lo que los radicales yihadistas estarían dispuestos a admitir, esto carece de importancia en términos estrictamente políticos, donde decide el odio al enemigo común. Los potencialmente radicales islamistas arriman el ascua a su sardina de las denuncias de los antisistema que tienen a Occidente por el reino de la represión, la corrupción, el despilfarro, la desigualdad y la hipocresía. No importa tanto la verdad de esto sino el aval que ofrece a la imagen de caos y abyección moral en la que presuntamente viviría occidente.

El terrorismo islamista es un fenómeno político/religioso. Es justo llamarlo islamista y yihadista porque además de que se reclaman los auténticos defensores del Islam, obran en nombre del Islam y dicen emprender la Yihad, tienen dentro del mundo islámico un predicamento suficiente para poder perdurar y desarrollarse. Deben las comunidades islámicas ajustar cuentas sobre si están manipulando y denigrando al Islam. Pero es claro que por encima de sus justificaciones y reivindicaciones ideológicas el terrorismo islamista emprende su acción en clave esencialmente político/militar, dentro de la que es clave el sometimiento de las comunidades islámicas. Con sus peculiaridades siguen el manual básico del terrorismo. No tratan de alcanzar inmediatamente el poder, porque es obviamente imposible, sino crear una situación de crisis permanente, de poder inaccesible y oculto que conduzca al silencio, beneplácito y por fin a la complicidad colectiva. Es parte de su peculiaridad que los ataques a Occidente no sólo tienen por fin debilitar directamente a occidente sino reforzar su poder en las comunidades islámicas, dentro y fuera de occidente. El terror es sobre todo una señal de fuerza y así se quiere que lo perciban tanto los fieles como los infieles. El sometimiento de las poblaciones islámicas no occidentales también se realiza por el terror.

Porque en definitiva lo que excita el delirio y el afán de poder y protagonismo de los más receptivos no son las ideas que les ofrecen, sino la sensación de fuerza y de poder de la que creen participar. Y convendría tener claro que esta sensación suele ser inversamente proporcional a la sensación de poder y de fuerza que transmiten las instituciones y las sociedades que tienen enfrente.

Naturalmente estas consideraciones esquemáticas son ajenas al tema fundamental de la relación del Islam con el mundo y la humanidad, pero conviene no olvidar que la adhesión a una causa en el escenario de una guerra, por muy poco convencional que sea, proviene de las posibilidades que la misma guerra ofrece a quienes se comprometen con ella. Es decir el delirio que lleva a creer que sólo al servicio de lo absoluto se puede demostrar la verdadera valía.

miércoles, 12 de julio de 2017

NOSTALGIA DE ERMUA


La conmemoración del espíritu de Ermua es sin duda un acto de nostalgia. El dolor por lo que pudo y debiera haber sido, pero que se fue segando nada más nacer. Al irrumpir la ciudadanía de forma imprevisible, súbita, espontánea y visceral, quedaron paralizados los ancestrales reflejos cainitas todavía latentes. Sobre todo el tabú de que izquierda y derecha no podían ir juntos a ninguna parte, porque no compartían valor alguno. Se produjo una situación en la que era posible que la unidad contra el terror se proyectase a la unidad frente a las tendencias separatistas y centrífugas en defensa de la Constitución. Esto alteraba el guión imperante, pero no escrito, según el cual una parte de la sociedad tenía derecho a sospechar de la sinceridad democrática de la otra parte y esta a tener que justificarse para desautorizar esa sospecha.

Pero a la gran movilización siguió la desmovilización controlada. En realidad la incipiente posibilidad de la unidad democrática espoleó la imaginación para renovar la dialéctica de las dos Españas. El pacto de Estella y a su estela el “discurso del método”, “la hoja de ruta”, la manipulación del 11M, el “cordón sanitario”...etc, son episodios de esta refundación del cainismo.

Pudo haber sido de otra manera de haber existido más claridad y menos torpeza en quienes, en la izquierda y la derecha, eran favorables a fortalecer la unidad, pero hubiera hecho falta subsanar el talón de Aquiles del movimiento social antiterrorista. Me refiero a que éste no llegó a comprender ni poner en primer plano la conexión esencial entre el terrorismo y el independentismo. No la conexión abstracta sino la concreta y efectiva. Por supuesto “todo el mundo” era consciente de que la ETA pretendía la independencia mediante el terror. Incluso se era consciente, o se sospechaba con bastante convencimiento, que los nacionalistas de todos los pelajes empezando por el PNV se dedicaban a obtener los mayores beneficios posibles a la sombra del terror. Pero imperó la doctrina de que una cosa es el terrorismo y otra distinta el derecho de propugnar la independencia si se hace por medios pacíficos y legales.

De esta obviedad se hizo bandera para desvirtuar el significado del terrorismo. Se olvidó lo que el terrorismo supuso para la expansión y consolidación del nacionalismo y luego del separatismo. Pero sobre todo se olvidó que el terrorismo no sólo era terrible por cruel e inhumano, sino también por formar parte de una dinámica poderosa que conducía a poner en riesgo la democracia y la unidad de España.

En el fondo no se quería reconocer la existencia de ese riesgo. Tal vez sea una de las pocas coincidencias en la percepción de las izquierdas y las derechas. La carga está en la izquierda política, social y sobre todo intelectual. Han interpretado siempre la denuncia del peligro separatista como una añagaza de la derecha. No puede la izquierda desprenderse de la idea de que el peligro no son los separatistas, sino “los separadores”. E incluso muchos en el fondo sienten que el separatismo es una reacción legítima y justificada, aunque “tal vez equivocada”, contra la que imaginan omnipotencia de los separadores. La evidencia de que las autonomías dominadas por los separatistas son de facto pequeños Estados a los que falta el reconocimiento exterior y un ordenamiento jurídico ad hoc no basta para deshacer este prejuicio inveterado y en el fondo a corto plazo interesado.

Es más compleja la desmovilización de la derecha. Reaccionó contra la hoja de ruta y la legalización del brazo político del terror por motivos humanitarios y de justicia. Advierte también el peligro que sufre la democracia y la unidad de España. Pero ante todo cree que el Estado y las instituciones son tan poderosos que el peligro separatista no puede pasar de ser una molestia. Con ese flanco cubierto, sólo le preocupa en la práctica el temor a la soledad, quedar descolgada de la opinión pública, sino se adapta a la técnicas seductoras de la izquierda. Lo que significa evitar a toda costa la imputación de provocar. Fantasea así que, ante el golpe separatista, mientras nadie desde la derecha dé un paso adelante, la izquierda no encontrará motivos suficientes para unirse con los separatistas y se verá obligada a defender, aunque sea nominalmente, la Constitución. Suficiente para que el Estado con sus resortes automáticos frene el golpismo de forma limpia y sin necesidad de causar daños colaterales.

De esta forma se ha instaurado la opinión de que el episodio terrible de ETA es algo separable de la dinámica política de la que forma parte. Se esgrime que el Estado no haya cedido en las reivindicaciones políticas de ETA, salvo la legalidad de su brazo político, como prueba de que ETA ha sido derrotada política y militarmente. Aunque, eso sí, falta “el relato”. Pero el hecho decisivo es el fortalecimiento político del secesionismo frente a la retracción ante el peligro independentista, cosa incomprensible sin que el Síndrome de Estocolmo ya instalado en la sociedad vasca no haya contagiado a gran parte del resto de la sociedad española. Como si la explosión colectiva contra el terror hubiera agotado las energías colectivas y creara una inmensa resaca. Como si se pudiese vivir en paz, siempre y cuando no se provoque a quienes sólo quieren destituir el orden constitucional. En este sentido la conmemoración del asesinato del M. A. Blanco parece una molestia. Como si expusiera públicamente la imposibilidad de ocultar la falta de unidad en torno a lo que debiera unir.