viernes, 26 de diciembre de 2025

SOBRE EL DISCURSO REAL ANTE EL ABISMO

 

Como Sanchez sigue adelante, y seguirá hasta la victoria o la derrota definitiva, y como sólo los suyos lo pueden evacuar, toda su confianza está depositada en que ganará entre los suyos el instinto de victoria sobre el de supervivencia. Siempre y cuando, claro está, dé muestras el más Intrépido que ninguno, de que, con puño de hierro y corazón de hielo, está dispuesto a conducirlos a la victoria final. Pero el no menos Inmaculado está en el brete de que para ello tiene que desvelar sus planes y convocar a la masa "progresista" para la victoria final, la república confederal, y no está el horno para bollos. Porque si hasta el momento todo se fiaba a que "el Proceso destituyente" madure hasta que el espíritu constitucional se asfixie, ahora solo puede, él y los suyos, pensar en sobrevivir como sea.


En este contexto se sitúa el discurso real de Navidad. Técnicamente ha dicho la mayor cantidad de verdad que la Moncloa puede admitir. Como esa verdad es poca y genérica, como además está maquillada y lo mollar se sugiere muy sibilinamente, para la gravedad del momento, sin duda que su Majestad confía en la comprensión de los constitucionalistas y en el buen sentir del pueblo en general. A pesar de que lo equívoco de la referencia a "los populistas" y a la "desinformación" tiene que despertar suspicacias y levantar ampollas. Si de una concesión a Sanchez se trata ¿era necesario?. En este caso el fin de salvar la Monarquía no precisa de estos medios, si tal es la razón.


Pero como no puede ser de otra forma este fin ha guiado el contenido y la forma. Un contenido de buena voluntad constitucional que espera mantener la adhesión de la gran mayoría de la población. Una forma que sugiere poderío y determinación institucional, obviando,este año, el sentimentalismo de la noche. ¿Da de esta forma una idea de que estamos ante el abismo?


De momento, ¿agradecerá Sanchez el miramiento real ante sus fechorías? Es decir que no lo tratase siquiera como trató a Rajoy en un discurso pasado, mereciéndolo con mucho más motivo. Entiendo que la pregunta mueva a la risa. Es de suponer que don Felipe es consciente de que ahora Sanchez no puede echarle un órdago. A la vista de ello, ¿es entonces lo más sabio"no dar argumentos", como hacen los jueces en sus sentencias preventivas en vistas al TC, a quien se sabe que eso nada le importa, para hacer "lo que tiene que hacer"?.


Porque lo que ofrece más dudas es si en la Zarzuela se toma en serio que, de perpetuarse el gobierno del bloque de poder vigente, esto se llevará por delante a la Monarquía y la Constitución. ¿Se piensa en eso o sólo en salir adelante y evitar la erosión a la espera de que "todo se pondrá en su sitio"? ¿Se puede confiar en que la inercia constitucionalista de la mayoría de la población sea garantía suficiente para que la pesadilla acabe? En todo caso es encomiable de que, ante el abismo, se invoque el resplandor institucional en contraste con la resplandeciente indecencia del bloque del poder.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

LA MAFIA Y LA PICARESCA

 

Sanchez, que de cultura popular, y menos de cultura general , debe presumir que no le hace falta entender, al menos, a a la vista está, para salir bien librado de su negociado, debe "capiscar" el disfrute que le produce a los españoles la contemplación de las peripecias picarescas. En ello debe existir algo de envidia. Desde luego el episodio quijotesco de los galeotes debiera figurar en el frontispicio de la picaresca universal. ¿Quién, además de reírse del triste desenlace con el que los galeotes se ensañan con el pobre loco, no sonríe de contento con los argumentos "demoledores" que exponen contra la justicia los galeotes puestos a pícaros?


Darles la razón no es cosa de gente civilizada, "¡pero es que queda un regusto!", "¿no será que en el fondo tienen esos forajidos razón?" Nada más frívolo que adjudicar tal simpatía a un exceso de celo evangélico. Esta bien eso de "no juzguéis y no seréis juzgados" o la más contundente bienaventuranza en favor de "los perseguidos por causa de la justicia", pero para el cielo, o sea para la moral personal como norma de vida. ¿Pero para la moral pública? Que una cosa es la preservación de la parte divina del hombre, su ser persona, y otra distinta la preservación del patrimonio común de la civilidad.


Pudiera ser que para Sanchez, que lo olisquea todo y se las huele todas en lo que es de su conveniencia, haya reflexionado sobre el provecho político de esta enigmática complacencia popular, bien manipulada. ¿Hasta qué punto, para su imagen pública intramuros, no puede ver una ventaja exhibir picardía y desvergüenza en dosis apropiadas?


La sociología y la politología no puede apenas percibir el alcance político de esta influencia tan característica del "factor humano". Incluso ni siquiera puede pasarsele por la cabeza que eso pueda existir. Perdón con excepción del director del CIS, laboratorio de la picaresca oficial. Aunque sólo sea por "ejemplo" debe ser consciente de lo receptivo que puede ser el pueblo y en especial su gente.


El hecho es que no se puede desdeñar que la admiración popular por la picaresca tenga su efecto político y hasta que pueda ser un factor estético, en la estética publicitaria, de primer orden. Hagamos varias precisiones.


En primer lugar aunque este reflejo pudiera ser parte de la idiosincrasia hispana, en términos políticos sólo afecta por bandos, según les vaya. Alan Poe encabeza uno de sus cuentos, "El rey peste", con la siguiente cita:


"Los dioses toleran a los reyes

Aquello que aborrecen en la canalla"

(Buckhurst, La tragedia de Ferrex y Porrex)


Pongamos en lugar de "los dioses" "los nuestros", y en lugar de "la canalla" "ellos".


En segundo lugar la práctica picaresca resulta natural, por estos lares, en quienes dominan la propaganda, como ingrediente indispensable, y hacen de la propaganda su puntal para el dominio.


En tercer lugar dado lo incivil del aprecio público de la picaresca y artes análogas, este aprecio no puede ganarse de súbito, sino que se ha de incubar poco a poco, gota a gota, en el cerebro reptiliano.


Este goteo, en las presentes circunstancias, empieza por ver a los gangsters como pícaros. Metamorfosear el gansterismo en picardía es el salto decisivo de lo inmoral a lo familiar. ¿Acaso dentro de la familia, sea personal o grupal, no es todo comprensible?


Salvo capas desagregadas, en nuestros lares las prácticas mafiosas repelen hasta la nausea. Dejando aparte la insidiosa envidia que desvirtúa cualquier coherencia moral, para la hiperigualitarista cultura hispana la mafia es una versión más sofisticada de lo que se entiende por práctica normal de los ricos. ¿Qué rico no está, llevado por su codicia desmesurada? ¿a qué mueve la codicia sino a prácticas semimafiosas cuanto menos? Eso canta al menos la "piedad" tradicional y todavía más la "piedad" posmoderna.


¿Qué vínculo puede haber entonces entre la denostada mafia y la admirable picaresca, que permita ver la mafia como si fuera picaresca? ¿no es la picaresca el pellizco que los pobres se pueden permitir dar a los ricos?


La cosa cambia si la dialéctica entre ricos y pobres se ve como dialéctica entre los representantes de los ricos y los representantes de los pobres. Esos figurantes diversos tan imprescindibles. Las practicas mafiosas de los representantes de los pobres serán vistas, pasado el sobresalto y con buen aderezo, como prácticas de pícaro necesitado o incontinente. Los afortunados "representantes" saben de esta propensión subterránea y la cultivan hasta la extenuación. En cuestiones de todo o nada renta más el descaro que andar a escondidas. Al menos eso puede desconcertar al crítico y puede enfervorizar al adepto. Incluso la picardía puede llevarse al extremo. Pavonearse de logros tibetanos, a sabiendas de que todos saben que es una pose, es la más elocuente señal de determinación, audacia y poderío. ¿Qué mafioso puede llegar a tanto? ¿qué mafioso no tiene que ocultarse?

Además no hay picaresca sin chapucería. ¿Qué mafioso no trata de limpiar los rastros y de cuidarse con finura? Contra lo que pudiera parecer, una vez interiorizado que no es mafia sino picardía, la chapucería da a la picaresca un toque humano y familiar. ¿No es esto impropio de la mafia, siempre más matizada públicamente?


En suma, para las mentes bienpensantes, parece Mafia, pero no lo es. Nunca pensar que la picardía la mafia bien vista.

domingo, 14 de diciembre de 2025

CRÓNICA NAVIDEÑA

 

En el marco de la crisis de 1918, escribió el ilustre escritor mexicano Alfonso Reyes, en su estancia en España: "Por las calles, contra la venta de votos decían los carteles: "Vendes el voto: mañana venderás a tu hija". Herido por la grosería del concepto, Ortega y Gasset aseguraba que la venta de votos era, en todo caso, un camino de la democracia, y que no convenía ponerse solemnes."


Fue un desliz de un todavía joven Ortega, extrañamente comprensivo de la condición humana. Sin visos de participar de la finura y galanura del gran maestro, no es ironía, de la filosofía y la cultura española, pero con decisiva solemnidad, Sanchez viene a dar una vuelta de tuerca y a la vez una vuelta a la tortilla a tan pía comprensión ( que pensemos, con igual piedad, era una ironía). Muy en serio el Inmaculado enamorado tiene que convocar a los suyos para el auto de fe en el que todo se juega. A los suyos sin maquillaje, porque sabe que ni por descuido los suyos de conveniencia, sus socios,  dejarán de sostener al que es ya su monigote, hasta apurarle los huesos si hace falta. Aunque no lo parezca este depredador siempre ha dependido de verdad de la resiliencia, es decir de la falta de vergüenza, de los suyos. Digamos que del socialismo aguerrido y feminista. Como es imposible no saber lo que hay que saber, se impone el Do de pecho: "Somos saqueadores y guarros pero traemos el progreso y aplastamos a la ultraizquierda. Este es el camino del progreso. ¿Qué más se puede pedir, si todos somos humanos?", les emplaza.


El reclamo suena de ultratumba, porque, tatuada toda la piel socialista de feminismo, en este despacho ha saltado alguna chispa de rebeldía. Algo hasta ahora impensable. No deja de revelar que más allá del socialismo, el feminismo tiene vida propia. La única vida propia, cualquiera que sea su calidad, entre todos los prestamos woke. Y todo lo que tiene algo de vida propia puede llegar a ser temible para el sistema "realmente existente", a poco que alguna circunstancia se líe. Lo demás, lo propiamente socialista en la España constitucional, es supremacismo moral y político impostado e hipocresía ecléctica de poder total.


En este sobresalto, para que el incendio no alcance toda la Casa del Pueblo no basta encapsular la culpa en unos "golfos". Hay que andar más fino con el negociado feminista y elevar la mira filosóficamente. Hay que ponerse en lo que significa que "el machismo es la estructura social". Véase Beauvoir, Foucault o Derrida. Perdida la perspectiva genuinamente socialista, y "por tanto feminista", ¡no se haga de un "descuido" administrativo familiar el provecho más suculento para el enemigo de todos y todas!. Reflexionemos. "¿Quien sino el socialismo arrasará la estructura patriarcal?, ¿Qué esperan los "machirulos" sino que el socialismo se desmorone?".


¿Pero hasta donde puede llegar el canto de la hiena ahora posmoderna? De las brumas de la Ideas a la contundencia del mundo real el caso es que si no se sofoca el incendio las deudas pendientes y agravios colmarán la cocina en la que todo se guisa. El vómito de lo antes intocable lo hará todo irrespirable.


Si a esto se llegara ¿de qué valdrían las dos cartas que Sanchez espera hacer valer a la desesperada?. En el frente político, la carta de que Vox engorde hasta confundirse con el PP en los gobiernos regionales a la vista, para que se espabilen los adeptos socialistas que puedan estar escamados.


En el frente judicial, que ningún juez ose mandar la Guardia Civil a la Moncloa.


Pero ya por fin lo que parecía imposible, es posible. No sólo el PSOE se puede hundir con Sanchez y sus saqueadores, sus brutos y sucios, sino que puede hasta desaparecer, al menos como algo relevante. Los resilientes socialistas no tienen la piel para disquisiciones y escrúpulos morales, ni sobre el bien común. Se han empeñado en ser parte y aval moral de una maquinaria de poder que ahora se enfrenta a lo más triste, a la vista de las alturas a la que han llegado y están por llegar: tener que sobrevivir.


No pueden escabullirse de la responsabilidad. Ante el todo o nada, como un Kierkegaard infernal, Sanchez ha acabado emplazándolos, por la lógica de sus desmanes, aunque no lo quisiera de ninguna forma, ante la alternativa más elemental. Sostenerlo para que el PSOE sobreviva, ya sin visos de democracia y libertad para España, o echarlo a las fauces de la justicia para salvar al Partido. O dictadores o a disimular en la intemperie.


Pues Felices Navidades.

jueves, 4 de diciembre de 2025

LA TRANSICIÓN, EL" MALAJE" Y EL NIRVANA

 

A partir de la transición los historiadores coincidían en que España es un país normal homologable a cualquier país europeo y que así es también su historia. Pero coincidían sobre todo en la necesidad de divulgar ese mensaje. Como todo país, España tiene sus peculiaridades, vicisitudes y crisis, progresos y retrocesos correspondientes, pero globalmente seríamos homologables a los mejores. Lo único que podía desconcertar era la pasión con la que se denostaba eso de "Spain ist diferent", presunto emblema del franquismo. Chocaba también esta idea con el hecho de que la historiografía antifranquista daba por hecho la anomalía hispana según el guión de la Leyenda negra y la mitificación de la II República, único hito que habría puesto a España en la senda de la modernidad occidental. Es de reseñar en favor de la historiografía proveniente de la transición tanto la neutralidad ante el significado de la II República y la Guerra civil, como la desvinculación del guión de la Leyenda Negra, a la vez que de la patética retórica imperial del primer franquismo. La normalización histórica e historiográfica enfatiza así tanto el valor supremo de la reconciliación nacional, como el consiguiente merecimiento de ser parte de la civilidad democrática.


Para la gran mayoría social la homologación con la Europa moderna y desarrollada premiaba la reconciliación. La europeidad de España y la paz civil fue el vínculo con el que España se separó del franquismo, pero sin traumas ni ajustes de cuentas. Ahora el sanchismo, ¡maldición!, ha destapado señales alarmantes de anomalía y resucita el fantasma de un país condenado a la negrura. Con la particularidad de que ahora es la negrura del alma, el "malaje", y no tanto la reacción ciega a las apreturas materiales y morales que depara la historia.


¿Somos anómalos? ¿Es el sanchismo la versión de la anomalía que haría de España el "fuste torcido" de Occidente, para tiempos de globalización?¿Cómo es posible que ante la monstruosa y desvergonzada exhibición de desprecio al Derecho y la libertad saltándose todas las líneas rojas inimaginables pueda el sanchismo perpetuarse en el poder? El más mínimamente interesado en las cosas públicas supone que un ejemplo de este tipo sería inimaginable en cualquier democracia asentada, sin recibir un merecido castigo.


La pregunta surge de forma natural, pero conlleva una trampa que hay que sortear. El sanchismo es señal de que hay algo anómalo en la raíz de la convivencia política y por extensión en la medula de la sociedad civil. Pero es ficticio que lo anómalo sea el camino emprendido desde la transición, como si la democracia española estuviese cautiva del franquismo. El sanchismo avala esta ficticia anomalía como una profecía autocumplida: una vez provocado el caos y la normalización de la inmoralidad que hace la vida pública irrespirable, una vez provocada la confrontación y el desprecio hacia la política y los políticos, se hace responsable al "sistema". Es lo mismo que cuando se decía que no había terrorismo sino "conflicto".


¿Qué hay de verdad en que "somos anómalos",más allá de esta trampa? La cuestión llevaría demasiado lejos si la ponemos en relación con el ser y el devenir de España, aunque no estaría mal que se explorase esto "sin prisas pero sin pausas". Circunscritos más modestamente al estar actual, es decir al arco que viene de la transición hasta ahora, y retraídos a un simple bosquejo creo que llama la atención tres cosas.


Primero lo agrietado que parece estar el suelo moral común que sustenta todo proyecto colectivo o al menos proyecto de convivencia. Por supuesto que tal suelo sostiene el entramado institucional y la identificación social con la democracia y el derecho. Y tan agrietado parece que no es vana la sospecha de que se tratase de un espejismo contra todas las apariencias.


En segundo lugar la ausencia de personalidad de los políticos, por extensión los aledaños del poder. Es como si el que entra en la política tuviera que abandonar la libertad de expresarse y no menos la libertad de pensar. No parece sólo una molesta coincidencia que triunfe el modelo del aparatchik , extendido a los mediáticos e intelectuales y artistas. En España no se entiende el compromiso político personal sino el compromiso con la representación colectiva institucionalizada de la causa tenida por verdadero. Es un legado que parece indeleble de la forma de entender la relación del hombre con dios y de proveer a su salvación. No menos paradójicamente el socialismo ahora y antes el comunismo son los seguidores más fieles de esta forma de entender la política. Ningún socialista, como antes ningún comunista, duda de que el socialismo es el partido socialista. Para sus adentros como el socialismo es un término sacro, avant la lettre, lo verdaderamente sacro es el partido. Dado además que el modelo del aparatchik en España es un sucedáneo del modelo sacerdotal eclesiástico, que dota sus representantes de una relación especial con la gracia divina, no extraña que el sacerdocio socialista se sienta poseído de un estado de gracia prácticamente invulnerable en el terreno moral e incluso intelectual.


En tercer lugar aparte del credo político la actitud hacia la política es dispar en las sociedades occidentales. En España esta disparidad es extrema. Lo que en Europa es relativamente accidental , un juego episódico con papeles ya escritos, en España es sustancial, el día a día. Por una parte la derecha social, entiéndase la convención, tiende a la indiferencia y al apoliticismo, la izquierda está poseída por una estricta ultrapolitización. La derecha confía en la ley y el orden, la izquierda bien en la ley y el orden alternativo, bien en la alternativa a la ley y al orden. Esto no significa que la gente de derechas no se preocupe por la política y que no se haga una idea, incluso con sobrado celo, pero todo "queda dentro de casa", incluso las redes. La izquierda es fundamentalmente callejera y tiende a preocuparse únicamente de los mensajes y las señales que huelan a convocatoria. Pero aparte de esta diferencias lo anómalo es que estos reflejos están vivos, la forma de entender la política en lugar de dirigirse a una hermenéutica "convergencia de horizontes", se petrifica.


Las razones de tan asimétricas motivaciones deben ser muy profundas, por lo que no es cuestión de meterse en ello. Pero esta diferencia de actitudes ante la política encubre la siguiente paradoja. Que el ultrapoliticismo izquierdista contradice la civilidad política, mientras que el apoliticismo de la derecha respeta esta civilidad. Pues en efecto, el sanchismo ha ejecutado el giro del socialismo hacia el entendimiento totalitario de la política como una guerra entre amigos y enemigos; mientras que los presuntos herederos del franquismo la entienden como la gestión democrática de los asuntos públicos según los principios de libertad e igualdad. Estos a su vez creen en la existencia actual de un bien común que se trata de conservar o mejorar mientras los primeros creen que el bien común, de existir, está por llegar. No tenía porque haber sido así, no esta esta distorsión en el ADN de la socialdemocracia posterior a la IIGM, pero el socialismo español sobrevive como si fuera homologable.


Son vertientes que nos llevan a la historia y la filosofía política como mínimo, pero que presentan una evidente interdependencia. La polarización presente es contra natura, según los parámetros del bienestar social y de las costumbres de la convivencia existentes. La animadversión inducida ha tenido éxito porque había algo latente, pulsiones y reflejos que están a medias de la historia y la psicología. Si en el grueso de la sociedad que comprende a los bloques polarizados hay animadversión se eleva esta sobre un modo de vida y un campo de intereses semejantes según corresponde a lo estructural del bienestar. Que, entonces, media sociedad entienda, en una sociedad abierta, la política como una guerra entre amigos y enemigos, revela la debilidad del suelo moral común, en caso de que este todavía exista. Que este dogma bilioso haya encontrado la coartada de la angustia por la "ultraderecha" para acompañar, sin pesar ni vergüenza y con desapegada complicidad, el proceso a la tiranía liberticida, la "democracia perfecta e inmaculada", cuya llegada bien vale el aquelarre "invisible" de la corrupción y la mentira, indica que en el deterioro del suelo moral cuenta mucho la voluntad de no compartir los valores elementales de la convivencia política. Es decir que todos saben que esa coartada es falsa pero que hay que creerla para que sea verdadera.


El contraste entre esta animadversión y la fundamental similitud de la forma de vida y de posibilidades personales, en parámetros occidentales, obliga a extremar esa animadversión para vivirla con credibilidad. Así la dialéctica entre amigos y enemigos tiene por corolario la dialectica entre fieles y traidores. De la misma forma que la ausencia de una contestación contundente, y no digamos que sacrificada, en las filas liberticidas, evidencia negativamente el valor de la personalidad moral en política. Seguramente ese valor está de capa caída en toda Europa, pero aquí , presos de la dialéctica entre amigos y enemigos, ni está ni se le espera.


Por último la asimetría en las actitudes respecto a la política se traduce en una diferente forma de integrarse en la sociedad civil. La penetración dirigida al control de los nudos por donde discurren los intereses sociales y sus altavoces propia del ultrapoliticismo, se contrapone a la aplicada dedicación a los asuntos propios del personal apolítico en la confianza de que la ley funcione. Se dirá que esta indiferencia no deja de ser el caldo de cultivo de cualquier proyecto totalitario que se precie. Pero esto es equívoco. Fue así en la crisis de los totalitarismos de los años treinta. Nada que ver con la actualidad. Ahora más que indiferencia hacia la política las gentes de derechas carecen de sentido del compromiso personal en una tarea común. Lo fían todo a algo que parece en principio granítico, el funcionamiento institucional.


Visto retroactivamente había buenas dosis de ingenuidad en el diseño y puesta en práctica de la transición, pero esto era inevitable. Máxime cuando esta ingenuidad reproduce la fantasía nacional más elemental, ya acreditada en las Cortes, cuando por ley se decretaba que los españoles serán justos y benéficos. Tal vez la transición tuvo tanto brillo que ocultaba los motivos de perplejidad y preocupación. Desconozco si se ha estudiado o analizado por qué fue tan fácil cuando todo auguraba lo contrario. Veamos algo.


Las ganas de paz venían en gran medida del temor a la repetición de la guerra. Máxime cuando en el ambiente social estaba que se tenía mucho que perder. La expectativa del bienestar no era un mera ilusión, ya se contaba con algo de bienestar. Pero la conexión de la entrada en la sociedad del bienestar y la cultura política colectiva es en esto decisivo. En la Europa occidental el bienestar se forjó asociado a la democracia, en España los signos del bienestar precedieron a la democracia. Esto significa que la transición llegó sin aprendizaje democrático o político, bajo el manto de la atonía política que imponía la dictadura, mientras las democracias europeas fueron acomodando su sensibilidad y educación política al de la conquista del deseado bienestar general. No se valorará lo suficiente en qué medida la creación del Estado de bienestar tras la derrota nazi disuadió de la repetición de los experimentos totalitarios hasta nuestros días, dejando aparte, claro esta, la cuestión del totalitarismo comunista.


La sociedad española no pudo adecuar, por razones obvias, su sensibilidad política a la marcha de los asuntos comunes. La transición fue una zambullida súbita en esa empresa con el hecho notable de que esa zambullida no fuera calamitosa y apenas dio señales de peligro, a diferencia de Portugal por ejemplo. Su transcurso pareció equipararnos con ejemplaridad. Desde luego que cívicamente ¿pero con madurez política? En este caso ni el miedo, ni la improvisación permitían, contra las apariencias iniciales, apariencias legitimadas en lo que tenían de verdadero por la ejemplar resistencia al terrorismo, echar las campanas al vuelo. Por lo crítico del momento el pueblo apostó, como no podía ser de otra forma por su imaginario más elemental. Más bien por las ofertas, que podía intuir representaban lo más evidente de ese imaginario, en la conciencia de que ahora es "lo que tocaba". Desde entonces los bloques sociales de derechas, izquierdas y nacionalistas permanecen casi inmutables al menos cualitativamente.


Pero el imaginario no bastaba para erradicar reflejos funestos. Los más funestos atenazan a la izquierda. La derecha no ha superado su complejo porque, agraviada e indefensa ante la sospecha de ser la heredera del franquismo, se aferra su prejuicio más ingenuo. No entiende la política sino como el amparo de la ley y el orden de lo que ha de ser responsable el Estado.


Pero lo grave es que la izquierda se ha dejado despertar su instinto guerra civilista con toda la parafernalia ideológica que lo acompañó y cebando las nuevas sensibilidades por muy extrañas que sean a la original matriz del discurso revolucionario, la cuestión social. La fortuna y el éxito de ZP y especialmente Sanchez parecen sugerir que las masas vivían en un sueño a la espera del beso rescatador del Príncipe Rojo.


Pero en el fondo este quebranto de los postulados socialdemócratas aquilatadas tras la IIGM, aun en el autoengaño de estar en inequívoca fidelidad a los mismos, indica la dependencia de la sociedad de la calidad y catadura de sus líderes. Sin su autoridad y liderazgo no se puede ajustar algo tan delicado como la sensibilidad política, que incluye tanto el bagaje ideológico y doctrinal como el significado de las experiencias colectivas, y la realidad que se vive. Por desgracia en España parte de esta discordia se concreta en el hegemonismo ideológico de la izquierda y la pasividad ideológica y política de la derecha.


Tenemos en fin que la virtualidad del discurso hegemónico lleva consigo la vigencia de un mundo encantado, en una realidad paralela de la que no se puede escapar civilmente. Los resignados de las circunstancias que no se resignan a desaparecer, conscientes de la fuerza de este encantamiento, sobreviven ejercitándose en el Nirvana político, y a este paso tendremos que practicar el Nirvana civil.